En las salas de exposiciones de la Embajada de Francia, una muestra de Luichy Martínez Richiez presenta tallas realizadas en París en las décadas de 1960 y 1970, y varias pinturas. Hace años que el artista no exponía individualmente, pues si la actualidad artística de Santo Domingo se destaca por su fertilidad en exposiciones de jóvenes, no es igual para los consagrados. Hay que lamentarlo: los maestros ya son historia del arte dominicano moderno, cuando no enseñan al mismo tiempo propuestas contemporáneas. A esa estirpe de artistas con excelente formación —hoy inexistente— y rigor —tampoco exigido— pertenece Luichy Martínez Richiez.
En Santo Domingo nadie ha tomado el relevo de su trabajo de la madera. Sabiduría, pasión, precisión, llevadas por el control perfecto de la mano y de las herramientas, producen texturas incomparables. Más allá del dominio volumétrico y formal, el labrado de la superficie hace “sentir” cada volumen secundario, cada plano de detalle, cada punto de la obra al fin. Las piezas de madera preciosa transmiten su sensualidad y piden que las apreciemos físicamente. Sucede un fenómeno muy especial de comunicación, que incluye el tacto.

Luichy Martínez Richiez, nacido en 1928, ingresó, apenas adolescente, a la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1942 —cuando se fundó— ¡y a los tres años le nombraron profesor! Luego de una pasantía y de exposiciones en Buenos Aires, el precoz artista se estableció en París, participando en su primera exposición internacional importante, el “Salon de l’Art Libre”, en 1953, a los pocos meses de haber llegado. Hoy en día, Luichy Martínez sigue siendo el único artista dominicano que ganó el Primer Premio de una Bienal Internacional: Bienal de París, 1959.
Exposiciones —colectivas e individuales—, participaciones en eventos de alto prestigio, muchos de ellos en Francia, se sucedieron en su carrera, hasta el retorno definitivo a República Dominicana en 1979. El artista dominicano tuvo como amigo, mentor y protector al crítico y curador francés de escultura más reconocido entonces, Denys Chevalier, que le escribió muy bellas páginas. Una fiesta de premios marcó el regreso, y Martínez Richiez recibió la invitación cimera de una escultura para el Jardín de Esculturas de las Olimpíadas del Arte en Seúl, 1988.
Luichy Martínez Richiez no ha dejado de crear y de exponer. Su mayor satisfacción ha sido el regreso, muy reciente, de obras capitales, concebidas y ejecutadas en París, durante las décadas de 1960 y 1970. Una se ganó la publicidad del escándalo en el “Salon de la Jeune Sculpture”, en París, removida, trasladada, escondida por las autoridades en un matorral de los Champs-Elysées. Cuando la vemos en esta exposición, parece inverosímil que, en el 1979, hayan censurado una obra que sólo pecaba por barroquismo excesivo y una lección de anatomía femenina.
En dos salas, Luichy Martínez Richiez presenta 11 esculturas —seis prestadas por el Museo Bellapart— y 13 pinturas. Él se ha entusiasmado también con la pintura. En el ensayo para el catálogo, el poeta José Marmol afirma al respecto que “…el artista dominicano encarna aquella virtuosa dualidad que George Braque explicaba como satisfacción estética de una necesidad de espacio táctil junto a otra necesidad de espacio manual”.
La obra escultórica no se parece a la de nadie, aunque preserva, dentro de la modernidad, un legado ancestral: según María Rosa González1, él repiensa las formas taínas, quitándoles todo arcaísmo, y preserva su magia de origen. Tampoco tiene imitadores: no lo permitiría su ciencia y sutileza de la talla directa, tesoneramente desarrollada, perfeccionista hasta en su erotismo. La exposición, al escoger piezas sobresalientes, destaca esos rasgos distintivos.
Si Luichy Martínez Richiez también labra con virtuosidad el mármol y el bronce, es un artista casi exclusivo de la madera, enamorado del roble, el ébano y la caoba. No se inspira en las formas naturales ni les saca partido, salvo la verticalidad de una viga o el ancho de un tronco. Su virtud reside en la metamorfosis: ataca el material bruto, organiza cortes, saca volúmenes, multiplica texturas.
Con excesiva frecuencia, se insiste en la calidad erótica de la obra, en la reproducción —a veces realista, otras meramente alusiva— de las partes sexuales del hombre y sobre todo de la mujer. Si es la primera lectura que propone la obra (Luichy Martínez se inventó la autodefinición de “erótico-fantástica”) —una autodefinición permanente—, la vertiente figurativa inmersa en la forma pura no debe postergar la apreciación de cualidades plásticas excepcionales.
Cincel rima con pincel. Luichy Martínez Richiez se encontraba en París mientras era todavía centro mundial de la pintura, allí florecía la abstracción entre expresionismo e informalismo, priorizando ritmo y color. Están expuestos dos óleos de los años 70, que se creerían de un pintor de dedicación exclusiva. Luego, la presentación pictórica salta hasta el año 2000, y las telas recientes no parecen del mismo artista. Obras de mediano tamaño, ejecutadas en acrílica, rebosantes de luz y sensualidad, Luichy Martínez rinde homenaje a la mujer, con un esquema de figuración muy personal. Formas curvadas insisten en colores vivos, verdadero fuego artificial de tonalidades. Las espaldas y los traseros burbujean alegres, el trópico lujuriante del cromatismo hace inconfundible el origen geográfico de esta pintura.
Único escultor dominicano reseñado en el Nuevo diccionario de la escultura moderna2, Luichy Martínez Richiez recibe este elogio: “Con sus líneas rectas, sus volúmenes geométricos, sus tallas francas, la concisión de su estilo, tienen muy naturalmente su lugar en la escultura moderna”. Por cierto, una pieza admirable, de altura mediana y forma depurada, tallada en caoba africana, parece transcripción escultórica de la referencia.
NOTA
1. Nouveau Dictionnaire de la Sculpture Moderne. Varios autores, Fernand Hazan, Paris, 1970.
2. Ibid.
MARIANNE DE TOLENTINO
