Exposición Individualjun 2003 - ago 2003· Por Argelia Castillo

José Clemente Orozco

Museo de Arte Carrillo Gil

De innegable interés resultó la perspectiva de tiempo y lugar brindada por la exposición José Clemente Orozco en Estados Unidos, 1927-1934, puesto que contribuyó a profundizar el conocimiento y enriquecer la reflexión sobre la obra del eminente muralista mexicano.

Habría que señalar, de entrada, la pertinencia de la aproximación espacio-temporal propuesta, en virtud de que se trata de un período de transición pleno de sugerencias dentro de la producción orozquiana y, acaso, de uno de los menos explorados.

Dando cuenta extensa y sistemáticamente de la labor desarrollada por Orozco durante los siete años de su estancia en el vecino país del norte, la exposición reunió alrededor de 120 obras, entre dibujos, litografías, pinturas y bocetos de murales. Un conjunto importante no sólo por su cantidad, sino también porque permitió el acceso a numerosos trabajos procedentes de colecciones privadas y públicas de Estados Unidos.

Exposición Individual: José Clemente Orozco — imagen 1
José Clemente Orozco. Los muertos, 1931. Óleo sobre tela. 11 x 92 cm (4 ⅕× 36 ⅕ pulgadas).

El resto de las obras en papel y lienzo presentadas provino sobre todo del valioso acervo en la materia del Museo de Arte Carrillo Gil (MACG) que, del 23 de enero al 14 de abril del año en curso, albergó esta exposición, la cual fue organizada por el Hood Museum of Art, del Dartmouth College, institución académica de New Hampshire cuya biblioteca conserva uno de los murales que el artista, nacido en 1883, realizó precisamente durante la etapa abordada en la muestra.

Bajo la curaduría de Renato González Mello y Diane Miliotes, la exposición ocupó las dos primeras plantas del MACG, donde el agrupamiento de las obras respondió a criterios de cronología, técnica y tema. Esta disposición favoreció que el espectador se involucrara de manera creciente en el recorrido seguido en esa época por Orozco, itinerario revelador de la distancia entre el creador de las pinturas murales de la Escuela Nacional Preparatoria, concluidas poco antes de su salida a Nueva York, y el autor de Catarsis y de los célebres murales de Guadalajara, emprendidos a su regreso de Estados Unidos.

El punto de partida expositivo recogió los dibujos pertenecientes a Los horrores de la Revolución, serie que el artista inició en 1926, cuando se hallaba aún en México, y que concluyó en 1928, año en el que comenzó a producir obra gráfica, de la cual se mostraron también abundantes ejemplos. Entre los trabajos incluidos en ambos apartados, resultaron ilustrativos de la enorme calidad dibujística entonces alcanzada por Orozco las tintas El ahorcado y Bajo el maguey, 1926-1928, y la litografía El réquiem, 1928.

A continuación, la sección denominada “El círculo délfico” iluminó la relación entre el artista oriundo de Jalisco y los miembros de ese movimiento (Retrato de Eva Sikelianos, 1928, óleo sobre tela), con quienes compartió intereses de carácter esotérico —que, por cierto, había anunciado ya en su mural Omnisciencia, 1925, Casa de los Azulejos— y de naturaleza cultural, adoptando elementos de una iconografía derivada de la Antigüedad, tales como bustos marmóreos y ánforas (Maniquíes, 1930, óleo sobre tela).

El discurso museográfico acertó al evidenciar cómo estas y otras obras correspondientes al período revisado se convirtieron en el espacio donde Orozco se confrontó con las lecciones del arte universal y, en especial, con los postulados de fondo y forma de las vanguardias internacionales —como aquellos del expresionismo y hasta del surrealismo—, con los cuales entró en contacto a través de sus recurrentes visitas a las galerías y museos neoyorquinos.

Tal como pudo apreciarse en la exposición, el artista recuperó asimismo en sus pinturas diferentes aspectos de la gran urbe: desde la cultura popular citadina (Coney Island Side-Show, 1928) hasta el paisaje urbano (Puente de Queensborough, 1932), con especial énfasis en las contradicciones del entorno social provocadas por la quiebra comercial de 1929 (Gente afortunada, 1931), llevando al extremo su visión pesimista y crítica de las bondades de la modernidad en la intensamente dramática composición de Los muertos, 1931.

Por último, la exposición dio cabida a una nutrida colección de los bocetos elaborados por Orozco para los murales que ejecutó en Estados Unidos: en el Pomona College, en Claremont, California, en 1930; en la New School for Social Research, en Nueva York, en 1931, y en la Biblioteca Baker del Dartmouth College, en Hanover, New Hampshire, en 1932-1934. Este cúmulo de esbozos en grafito sobre papel ofreció al espectador no sólo pautas adicionales en materia del desarrollo estilístico y temático en la obra del artista (el mito prometeico, el “mesianismo civilizatorio”, la impugnación del poder, la representación de aspiración universal), sino también indicios de otra transición, a saber, la que parte de la concepción e intención iniciales del creador (el trazo del detalle, el estudio anatómico, la construcción espacial, el bosquejo de la relación entre la parte y el todo, el esquema compositivo) y que habrá de sufrir adaptaciones y modificaciones en la obra terminada, derrotero esclarecedor del propio proceso plástico de Orozco.

ARGELIA CASTILLO

José Clemente Orozco, por Argelia Castillo | artnexus