Hasta esta exposición, la obra del recientemente fallecido artista español Jorge Oteiza era poco conocida en los Estados Unidos, excepto por sus clamorosos admiradores que incluyen a Richard Serra y Frank Gehry. La influencia de Oteiza fue producto de sus esculturas así como de su poesía, escritos filosóficos y proyectos arquitectónicos. Nacido en 1908 en Orio, región vasca de España, se trasladó con su familia a Argentina en 1935, en donde expuso sus esculturas y dio conferencias sobre la relación visual entre escultura modernista y arqueología precolombina. En 1948 regresó a España y se convirtió en uno de los líderes de la escuela vasca de artistas, enunciando con claridad un discurso sobre la abstracción en su escultura, en las comisiones arquitectónicas, y en la poesía y sus polémicos escritos sobre la estética.
Muchas de sus esculturas datan de la década de 1950, un período que revela el desarrollo de sus inquietudes artísticas. Hacia 1959, el artista vasco declaró con característica provocación que había terminado con la escultura, que había investigado tan ampliamente el espacio que había terminado con las manos llenas sin escultura, sólo espacio. Entre las 10 piezas de mesa en hierro y alabastro presentadas en esta exposición, se reconocía la asombrosa habilidad de Oteiza para tallar, resguardar y sugerir el espacio con formas trabajadas en metal doblado y piedra labrada.

En Previous Stage to the Disoccupation of the Spehere, 1957, el artista vasco caracterizó las dimensiones del espacio con dos barras de hierro negro entrelazadas y dobladas que forman círculos abiertos proyectados hacia el exterior en ángulos divergentes a partir de un círculo interior más pequeño que flota horizontalmente. Es como si hubiera abierto la esfera permitiéndonos ver el vacío dentro de ella. Dada la similitud visual de esta pieza, por ejemplo, con el constructivismo que para entonces gozaba de popularidad en Brasil, no es de sorprender que Oteiza fuera galardonado con el prestigioso Premio Internacional de Escultura en la Bienal de São Paulo de 1957.
En Tribute to Galíndez, 1957-1958, las barras metálicas en forma de medios círculos evolucionaron para transformarse en planos que se curvan y se expanden con fluidez como brazos que envuelven el espacio circundante. Dos planos verticales se juntan, creando un ángulo agudo que emplaza la pieza, mientras que planos curvados de hierro que salen de la base se despliegan hacia arriba y hacia el exterior. La escala íntima de esta escultura, similar a las demás de la exposición, atraía al espectador para dejarse abrazar por ella.
Los collages sobre papel de Oteiza, de la década de 1940, expuestos allí por primera vez, eran una ventana para observar el proceso de trabajo del artista. Visualmente, nos recordaban las pinturas del artista ruso suprematista Kazimir Malevich, con sus austeras y simples composiciones de formas nítidas colocadas con precisión sobre un fondo blanco. Un examen detenido nos revelaba que Oteiza exploró la estratificación de las formas y colocó papel pálido sobre las formas oscuras, creando un tono intermedio entre el fondo blanco y el tinte marrón de las figuras ricamente coloreadas. Así, creó el efecto de varias profundidades dentro del espacio de la pintura; las formas más oscuras parecen anidarse con profundidad en el espacio, los tonos medios se expanden justo por debajo del fondo y las formas de colores más claros brillan tenuemente sobre la superficie de la pintura.
Estas obras articulan el volumen del espacio que Oteiza describió físicamente en sus esculturas de metal como Open Construction A, de 1958. En ella, los planos de metal curvados están cortados en diferentes tamaños y formas y colocados luego en ángulos de modo que se intersecan y empujan unos a otros, creando una panoplia de planos en movimiento, repletos de la energía espiritual que el artista se esforzó por articular esculturalmente. La áspera y oxidada superficie de hierro parece contener la fuerza dentro de cada pieza.
Hacia finales de la década de 1950, Oteiza esculpió el espacio mediante una estricta expresión estética, como en su Tribute to Leonardo, de su serie Metaphysical Boxes, de 1958. Esta simple caja negra permite que hermosas cintas de espacio enmarquen tres lados del cuadrado. Es una forma enigmática que resguarda el vasto vacío interior.
Figura controversial hasta el final, Oteiza, junto con su compatriota vasco el artista Eduardo Chillida —con quien discutió hasta meses antes de la muerte de este último—, lideró el movimiento modernista vasco. Oteiza desempeñó un papel prominente en la vida cultural española, criticando abiertamente el régimen represivo de Franco, las tácticas violentas del grupo separatista vasco (ETA), el diseño de Gehry Guggenheim y los planes del gobierno regional de hacer un museo para su obra. En última instancia, sus opiniones fueron ampliamente conocidas, pero fueron expresadas en forma más elocuente en las piezas que concibió, sus silentes espacios y planos intersecantes que desafían la premisa misma de la escultura.
MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ
