La exposición tenía la sensación de esterilidad —la precisión reservada, fría, como de laboratorio, típica de muchas de las obras de Manglano-Ovalle— aunque confusa e insegura de sí misma: como si alguien bien vestido y decente estuviera dando tumbos, como un borracho, por una calle hiper-realísticamente limpia. ¿Se ha convertido Purgatory en un laboratorio de investigación llamado arte porque los experimentos van más allá de la razón; un virus transmitido por la vía del blanco ruido de la sensatez tecnológica? Se dice que el Purgatorio es un lugar para la limpieza de pecados menores de almas que van camino al cielo; Dante lo llamó una Comedia, porque tiene un final feliz. Pero abandonado estoy, sin un Virgilio que me guíe. ¿Es esto a propósito o porque la exposición parecía más un bosquejo que partes bien concebidas?
El espectador bien informado encontraba varios de los conceptos de Manglano-Ovalle manifiestos allí en las cinco obras: tiempo y repetición, sonido y duración, referencias a los grandes ciclos cósmicos escondidos dentro de lo efímero y lo micro, un olorcillo de lo ominoso, una pizca de desespero y una gran dosis de intención artística.
Sus nubes aparecían en tres de las cinco piezas. Manglano-Ovalle ha declarado las nubes como una de sus varias metáforas para lo efímero de un viaje sin límites, el sueño de los desplazados por la promesa de un mundo postmoderno ilimitado. El problema es que el postmodernismo —sus promesas— ha sido pospuesto indefinidamente debido a un descarrilamiento del tren en algún lugar del trayecto, como nos lo dice Manglano-Ovalle en Cloud Painting, un pequeño mundo pintado en grado mínimo de azul y tenues nubes blancas con una inscripción: “Esta nube asfixia…” Pero la promesa, grande y brillante, en forma de detalle de una enorme nube, una pequeña parte de un territorio de 30 kilómetros abarcado por la tempestad, se presentó allí en otras dos obras.
Dominando el espacio de la galería estaba Cloud Prototype No. 1, la estrella o, por lo menos, el mejor púgil de la exposición, suspendida del techo aunque sin moverse, con sus contornos irregulares (¿sus músculos y/o sus vapores?) envueltos en trozos rectangulares, regulares, de brillante papel aluminio, la precisión mecánica de la ingeniería aplicada a la tempestuosa bioforma de la naturaleza, un poco como las losas del transbordador antes de su destrucción.
A la derecha de su galería estaba un DVD de su nacimiento titulado Store Hangar, una animación virtual que duraba dos minutos, hecha por Douglas Garofolo, del detalle de una nube en un espacio cerrado, cuadriculado, como un hangar, que el espectador veía en rotación lenta a 360°, desde primeros planos hasta retrocesos. Verlo era como caminar en redondo para inspeccionar el Hindenburg aparcado en New Jersey, esperando salir en busca de su destino, o la sección por debajo de la superficie de un iceberg, y parte de los carriles de embarque de la vida. Un sonido vibratorio le daba forma a la ominosa naturaleza a medida que se agrandaba y se desvanecía: una de las verdaderas fortalezas de Manglano-Ovalle es crear espacios sonoros; el espacio se mezclaba del parlante contiguo: el sonido formaba la travesía.

En la sección siguiente, directamente por detrás de la animación de la nube, había otra pantalla de plasma, arreglada físicamente para recordarnos que los conceptos pueden pasar y, en efecto, lo hacen, a través de simples muros: uno de los supuestos problemáticos de la intención artística y el constante acto de equilibrio que demanda el arte conceptual. Allí, en un video de cuatro minutos titulado Accelerator, el motivo del hangar continuaba en tiempo real a medida que personas invisibles hacían girar sobre el piso de concreto de una enorme bodega los restos de un automóvil volcado. Un niño hacía rebotar una pelota rítmicamente, a un lado, interrumpido al azar. ¿Significado? ¡Ahora le toca a usted! Esta duración indefinida es una constante incorporada a la estética de Manglano-Ovalle.
A la izquierda, otra pieza tipo cartel titulada Time, una frase pintada en sánscrito, tomada del Bhagavad-Gita, el texto sagrado de los hindúes sobre la lucha épica que hizo que sus dioses se manifestaran en forma humana. Estaba allí para recordarnos otro de los temas del artista, el tiempo en una escala épica. El texto seleccionado decía: “Yo soy el tiempo, destructor de mundos”. El letrero nos decía que corregía a Robert Oppenheimer, el físico estadounidense que supervisó el desarrollo de la bomba atómica en su país, quien citó incorrectamente el Gita (“Ahora me convierto en muerte”) y que, sin embargo, formuló la aniquilación nuclear en apropiados términos épicos. El artista se mete en la bata de laboratorio del científico como catastrófico adivino: orbita a la vez en forma calculada con precisión y bamboleándose como un borracho, como bombas sobre Bagdad.
Como exposición, a Manglano-Ovalle no le fue muy bien con ésta. No estaba bien afinada: la intención artística era muy dispersa y no estaba enfocada, a pesar de la placentera y continua reorganización de sus temas y la sensación de duración indefinida que le brindaba al espectador. Tampoco puede la propiedad de dispersión de las nubes —o la intención artística— brindar una excusa, simplemente una promesa vaga a aquellos de nosotros cuyas moléculas están más estrechamente ligadas y presentadas en tiempo real, de que veamos pasar sobre nuestras cabezas, lejos de nuestro alcance, las moléculas menos compactas. Pero él acertará, la Comedia que es. Recordemos que la parte Divina fue un grafito agregado varios cientos de años después de la muerte de un autor que vivió en el exilio y soñó.
RICHARD LESLIE
