Lejos de la grandilocuencia, tan común al arte actual en Cuba, estuvo la exposición Realidades mágicas de la artista Glenda León (La Habana, 1976), presentada en el Centro de Arte 23 y 12. La suya es la poética de lo sutil; su discurso,la recuperación de lo nimio, el lente enfocando, haciendo un zoom de los detalles de la existencia, una y otra vez pasados por alto, obviados en su aparente intrascendencia.
En esta ocasión, Glenda León reforzó intencionalidades ya enunciadas con anterioridad. Por un lado, el sentido del tiempo, su relación con lo abstracto y lo minimalista, junto a la preeminencia del conceptualismo. Esta exposición proponía un viaje hacia el centro del detalle y ponderaba esa condición que Marcel Duchamp definiera como “infraleve”. Al mismo tiempo, había un escarceo con lo que se dio en llamar en los años sesenta nuevo realismo, en particular con la postura de Yves Klein.
La muestra tuvo tres cuerpos o líneas narrativas fundamentales. La primera, relacionada con lo tenido como abstracto a partir de pequeños sucesos o detalles de la vida cotidiana; otra en la que se subvirtió la condición y sentido primario de ciertos objetos, y una tercera encaminada hacia la manipulación de la realidad por medio del vídeo.

Las de Glenda León son siempre obras donde el gesto es protagonista, ya sea éste instintivo o consciente, sin que trascienda para la artista el hecho de distinguirlo como parte de lo natural o lo artificial.
Una de las líneas de Realidades mágicas, ilustró lo que ella ha denominado “performances de segundo grado de intensidad”, en los cuales el acto creativo exalta el resultado, obviando la documentación del proceso (o procesos), y que casi por norma tiene un carácter vivencial. Es aquí donde quedaban ubicadas, en un primer nivel, las tres piezas que formaban parte de la serie Ideas masticadas, en las que utilizó goma de mascar de diferentes colores y en cuya producción intervino un grupo de amigos mascando el material que luego quedó dispuesto sobre las cartulinas, en un caso convertido en una línea, y en los otros extendido sobre el mencionado soporte cual “pinceladas” informales.
Un segundo nivel en relación con lo anteriormente apuntado, lo ocupaba la instalación Cada forma del tiempo. La misma estuvo compuesta de 20 cuadros de pequeño formato donde la artista había “dibujado” sobre papel adhesivo diferentes formas, caprichosamente manipuladas, con el material aportado por la muda de su propio cabello. Esas hebras de pelo —desechables— cobraban otra vida y otro tiempo; sentidos nuevos, abiertos no sólo en esa instalación, sino también en Hay cosas que nacen de una muerte, donde una cana pasa a ser el tallo de una flor. Estas dos obras refirieron no sólo un sentido de abstracción máxima, sino que también prefiguraban la predisposición de la artista a subvertir el minimalismo de un estado macro a una operatividad micro, y viceversa.
En otra dirección estuvieron las piezas que simulan una cierta labor arqueológica, dispuestas de modo tal que parecían formar parte de una sección de un museo. Los objetos fueron colocados en vitrinas con textos complementarios en la pared (decisivos para la completad de las obras). Cada objeto fue intervenido de manera que su sentido primario de existencia quedó desvirtuado, así como la vida propia del mismo y su historia, aunque no había ocultamiento de los fines para los que éstos fueron diseñados.
Tal vez, el mayor mérito de este segmento, reunido bajo el título Objetos mágicos encontrados, estaba precisamente en ser una alusión directa al hecho de que todavía hoy en nuestro país sean considerados artistas plásticos sólo aquellos graduados en las academias de arte, y se mire, con mucha suspicacia, a los que se insertan en este territorio desde otras disciplinas1.
La propuesta de Glenda León, no se limitaba o reducía a este tema, sino que por el contrario intentaba, de manera un tanto sarcástica, mostrarnos otra manera de ver. Su laboratorio de ideas remueve las nociones que tenemos del conceptualismo desde la delicadeza, el maridaje con la poesía, lo femenino, y también una buena dosis de ironía.
Objeto mágico encontrado # 3 presentaba dentro de urnas, por una parte, una brocha y, por otra, un conjunto de pinceles alineados y de diversos calibres. Las cerdas de todos ellos habían sido intervenidas tras colocar en sus puntas flores en miniatura, convirtiéndolos en instrumentos ya inútiles para la pintura, pero valiosos para el juego lúdico y para el sesgo conceptual y poético.
La pieza que respondía al título Objeto mágico encontrado # 4 y #5, de enfático lirismo, tenía, indistintamente, como protagonistas una máquina de escribir de principios del siglo XX y un documento —supuesta carta de amor— que constituía la prueba del funcionamiento de la primera. En el lugar que ocupaba cada letra en los percutores de la máquina fueron colocadas pequeñísimas flores de diversos colores. La carta, que no era otra cosa que una abstracción, tenía la virtud de confirmar parte de ese divertimento que estaba en el texto que acompaña a los objetos y “demostraba” la utilidad del artefacto al ”convertir las letras en pétalos, las palabras en flores y las líneas en jardines”.
Glenda León sabe de la crueldad del mundo, y su modo de abstraerse no es en ningún sentido ingenuidad ni evasión, sino recurso de defensa y resistencia. Por eso, su Jardín interior es, de hecho, el que ella se (nos) inventó, tomando lo que desechamos; esos lazos colocados al centro de la ropa interior femenina injertados en tallos que luego había “sembrado” en la tierra. Esos lazos se truecan en flores, tras magnificar un detalle de la documentación de este gesto, dándoles valor a las cosas ínfimas e insignificantes de la realidad, que es el material con el cual la artista trabaja.
La mayor ironía estuvo en Alivio temporal, espejuelos que llevaban en el centro de cada cristal una pequeña flor violeta. La leyenda que lo acompañaba refería que ése era, dentro de los objetos, el más codiciado, pues tras su uso se experimentaba “un radical cambio en la visión de la vida propia y del mundo”. Glenda León los ofrecía como un filtro, un recurso de sobrevivencia, una tabla de salvación.
Otra manera en que hacía inmersiones en el tiempo se relacionaba con los tres videos que completaban la exposición: Cada respiro, Destino y Suspensión. Los dos primeros bien resueltos, no así el último, cuya idea quedó lastrada por la ineficacia de los efectos especiales.
El video le permite a Glenda León un mayor nivel de manipulación de lo real. La tecnología digital hace que lo fantástico o mágico tenga una mayor credibilidad. Fue en Cada respiro dónde lo anterior se verificaba tácitamente. La banda sonora intensa ponía el énfasis en el ritmo respiratorio de la propia artista, mientras que la utilización de un zoom out va abriéndose a partir de paisaje con flores (el vestido de Glenda León) hasta mostrarnos cómo una de ellas crecía en el espacio de esa propia respiración. El alejamiento iba dejando al descubierto el cuerpo que yacía sobre la hierba, hasta que éste se convertía —tras la precisa sincronía entre el vigoroso sonido de la respiración y el desplazamiento del punto focal con que dio inicio el mismo— en múltiples descentramientos de la vivencia; cada uno proponiendo un nuevo, y a la vez, mayor paisaje. Este video, de exacerbado lirismo, es una obra que no se desplaza en el sentido convencional, sino que transcurre en el tiempo.
Aunque la sencillez y la sobriedad distinguen el discurso de esta artista, que no se aparta del texto poético, del componente literario, así como del don femenino, no puede confundirse su relato con el de la ingenuidad, ni tampoco verse su postura como un gesto de ocultamiento de la realidad. Por el contrario, la suya es una propuesta liberadora, desprejuiciada y plural, insistiendo siempre en que existen otra(s) manera(s) de ver. Ése es su escudo, su talismán, en tanto esgrime una postura que cuestiona ciertas nociones de lo tenido como obra de arte.
Hay mucha suspicacia en lo que hizo y dijo (incluso en sus silencios). En la atmósfera recreada se sentía que de algún modo ella ocupaba un territorio que es resultado de una purificación intelectual. En el texto que erige hurgando en los intersticios, sin que haga distinciones de valor entre artificio y naturalidad, entre acción y texto, lo realmente importante para ella es lo que sucede en esa conjunción, en su convivencia. Su proceder, performático, sin duda, nos hace volver sobre la idea de Octavio Paz: “El artista no es un hacedor; sus obras no son hechuras sino actos"2.
Glenda León participó durante algo más de un año, de la experiencia singular que fueron las acciones de Galería DUPP (Desde una pragmática pedagógica), proyecto de René Francisco Rodríguez, artista y profesor del Instituto Superior de Arte (ISA). Ella figuraba en la nómina de los que integraban dicha “galería” cuando recibieron en el año 2001 el Premio UNESCO para el fomento de las Artes. Ahora, es una de las artistas que representará a Cuba en la VIII Bienal de La Habana. Los que han ido tras las pistas de ésas, sus ideas incesantemente masticadas, reconocen que de modo gradual ha demostrado lo que es una de sus premisas fundamentales “Primero es necesario saber descubrir la realidad más inmediata... Entonces sabremos experimentar otras realidades”.
NOTAS
1. Se graduó en 1999 como Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.
2. Octavio Paz, Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp, ensayo, Editorial Era, México, D.F., 1985, p. 33.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
