En Saint-Valéry en Caux, pequeño puerto de la Alta Normandía, la artista venezolana Gabriela Morawetz (Polonia, 1956) expone sus últimos trabajos. La exposición titulada No ser que presenta la Maison Henri IV, edificación preservada —restaurada en el siglo XVI—, resulta interesante por varios aspectos. En primer lugar, por su despliegue encerrado en cuatro pequeñas salas donde se encuentran reunidas sesenta y un piezas, que van desde la instalación El tiempo era un río tranquilo, pasando por varias obras sobre papel, en diversos formatos y técnicas (fotografía, emulsión y dibujo); sus intervenciones sobre vidrio y piedra; varias telas en distintos tamaños, hasta llegar a su instalación de prendas infantiles suspendidas en el espacio. En segundo lugar, por la fuerte presencia de la edificación, tanto por su arquitectura medieval como por sus piezas oscuras de piedra dura donde predomina un sílex burdamente tallado con tonalidades negras y grises, tanto en los muros como en algunos pisos. Un verdadero desafío para este montaje en el que las obras debían sin embargo encontrar su lugar y respirar. Frente al “white cube” impecablemente frío o a los baldíos industriales devastados, un lugar como esta casa (antigua residencia de un rico armador de la época) ofrece la ventaja (o desventaja, según se mire, para el artista y para el curador) de tener que pensar la exposición en su relación con la imponencia de una construcción cargada de historia. Por último, en esta última exposición de Morawetz, encontramos más que una simple adecuación entre el espacio y la obra. Existe la creación de un diálogo, de una simbiosis, que hacen sugerir un discurso tanto visual como emocional, donde interfieren el agua, la oscuridad y la luz. También el sentido del oído es solicitado ya que, por momentos, se desliza el canto lejano de las gaviotas que anuncian la proximidad del mar.

La exposición que Morawetz intituló No ser [en donde la artista establece un juego de palabras entre el vocablo francés naître (nacer) y el neologismo n’être que tiene la misma sonoridad y que expresa la negación del verbo ser, lo que en español traduciría el juego entre el “nacer” y el “no ser”] responde a esa dialéctica que la artista mantiene desde hace años entre el hecho de conjugar materiales y técnicas (pintura, grabado, dibujo y fotografía) con diversos soportes —con una marcada predilección por el vidrio— y el de interrogar al hombre y su relación con el mundo en esa fusión “volcánica” que fundamenta la esencia de su obra. Sus últimas exposiciones, como Materia prima (Varsovia y Cracovia, 2001) y Variations of the double (Maya Polsky Gallery, Chicago, 2002), mostraron una naturaleza desgarrada y atormentada en donde la figura humana se encontraba aún muy presente. Tal parece que hoy en día la evidencia se volvió transparencia y la elección tanto plástica como reflexiva y conceptual le concede una nueva libertad de pensar su espacio. La textura intensamente física, en donde la artista sugiere más que dice, no busca aquí imponer un mundo eruptivo en constante mutación sino más bien invitar a la meditación. La exposición de Saint-Valéry en Caux responde a este proceso de depuración tanto de la imagen como del contexto y de la materia, en donde la preeminencia del objeto inscribe la obra en una nueva relación con el tiempo y con el mundo. Choque de épocas, intrusión de una dentro de otra, coexistencia o cohabitación de una historia y de varias memorias, el tiempo es interrogado, desviado, re-visitado, revivificado por medio de una prenda infantil. Asistimos a la pérdida intencional de puntos de referencia.
Pretexto, desviación o manipulación, el objeto ha sido el punto central del arte desde comienzos del siglo XX. Mistificado, metaforizado, ritualizado, éste actúa —a través de la otra mirada que él mismo induce— sobre nuestro mundo imaginario y nuestro inconsciente y permite construir o deconstruir la trama de nuestro pensamiento. Hace ya varios años que Gabriela Morawetz recoge objetos cuya historia prefiere dejar de lado con el fin de apropiárselos mejor. El punto de partida de su reflexión, tanto intelectual como pictórica, es el tiempo. El inmaculado traje infantil —escogido como objeto de búsqueda plástica y también como vector simbólico— viene entonces a insertarse de manera natural en este concepto para cristalizar, en metáfora de lo sensible, tanto la presencia como la ausencia, tanto el ser como el no-ser. Privilegiando todo lo que sea huella o indicio, Gabriela Morawetz examina y declina plásticamente su objeto en un ritmo de secuencias casi cinematográfico. Ella realiza su mise-en-abîme (imagen dentro de la imagen) a través de situaciones, formatos y técnicas diferentes, etapas en el curso de las cuales imagen y no-forma se complementan y se responden antes de experimentar la incertidumbre del espacio.
El universo plástico de la artista se inscribe en una intensa proximidad a la materia-tierra (negros, marrones, ocres), trabajada, amasada durante años, respuesta viviente a la figura humana y a sus orígenes. Pero esta última se ha desvanecido aquí para ceder su lugar al vestido, cubierta transitoria y protectora, memoria de un ritual extinto. La omnipresencia de una capa de cera sobre la superficie de casi todos sus soportes crea una distancia al mismo tiempo que una mediación entre el objeto y quien lo observa. Su opacidad neutraliza la realidad demasiado imponente y, en esta especie de inquietante borramiento que ella sugiere, el tiempo parece ya no existir.
Es dentro de esta misma perspectiva que la artista utiliza, desde hace muchos años, la fotografía en sus telas, esculturas o dibujos. El dominio de esta técnica, unido a un agudo sentido de lo pictórico, le permite constituir esa especie de “piel”, de “cosmos” en donde se mezclan principios de aire, agua y tierra. Esta trilogía fundadora construye, en dialéctica, la naturaleza y profundidad de un discurso visual y conceptual que no busca, sobre todo aquí, la nostalgia de la infancia sino que cuestiona, a partir del vestido-testigo y junto con él, esas zonas de sombra y de luz en donde se suceden los azares de la vida.
Es según otro principio recurrente en la obra de Morawetz, el de la circularidad, que se efectúa, evocada por la puesta en escena teatral, la ronda ritual y fantasmagórica que parece arrastrar los objetos. El descubrimiento de zonas oscuras en la tela, especie de aberturas que aspiran la mirada, nos conduce al punto de partida de su reflexión existencial, hacia “esos lugares en los que la energía está más concentrada”. En cuanto a los redondos de fotografías, de donde emergen ojos o rostros raros, y a los espejos incrustados en pleno corazón de las prendas, éstos hacen eco, tanto plástica como conceptualmente, a las aberturas de sombra. La blancura inmaculada en suspensión rompe con la pesadez de la tierra e introduce una respiración en ese ciclo eterno que es al mismo tiempo “nacer” y “no ser”.
Gabriela Morawetz se habrá demorado en dar nueva “vida” a esos vestidos y abrigos uniformemente blancos, en piqué bordado, adornados con encajes; intrigada por ese otro mundo, esa otra infancia, esos otros juegos para vestidos de sexo indefinido que el azar depositó en su historia. No obstante, es con mucha sutileza y fineza que la artista propone perderse y encontrarse en ese laberinto fetichizado, para lograr comunicarnos mejor con el paso inevitable del tiempo. Por primera vez, ella protagoniza este desafío y muestra su rostro, aunque se trate de un rostro fragmentado o parcialmente oculto. Ella aparece y desaparece al capricho de los deseos del otro y esta súbita interrupción de lo real nos permite aprehender con mayor conciencia la esencia de su viaje iniciático.
CHRISTINE FRÉROT
