Exposición Individualjun 2003 - ago 2003· Por Laura Gil

Fernando Varela

Lyle O’ Reitzel Arte Contemporáneo

La espléndida exposición de pintura de Fernando Varela  que se exhibió en la Galería Lyle O’ Reitzel de Santo Domingo no es sólo un testimonio de la línea ascendente en que se desarrolla en estos últimos años la obra de este artista, sino, sobre todo, un hito de la pintura dominicana, en tanto que pintura de ideas, con un nivel que no había vuelto a alcanzar desde la época en que Fernando Peña Defillo creara su excepcional serie sobre La materia y el espíritu o sus exposiciones Ánima mundi y mundos paralelos.

Unos trabajos que por sí mismos bastarían para desmentir el rumor —que algunos quieren hacer correr— de que la pintura dominicana está muerta, y que sólo a través de expresiones como la fotografía y la instalación— ciertamente cada vez más vitales, y a las que se están consagrando sin duda talentos sobresalientes—, encontraremos planteamientos genuinamente contemporáneos, visiones del mundo suficientemente complejas y sofisticadas para mostrarnos el mundo de hoy, y realizar en nosotros la necesaria catarsis de los demonios de la era postindustrial.

Exposición Individual: Fernando Varela — imagen 1
Fernando Varela. De la serie, 2002. óleo sobre tela. 142,2 x 167,6 cm (56 x 66 pulgadas).

Lo mítico, lo místico, lo filosófico, informan un arte que no deja, pese a su complejidad intelectual, de apelar a los sentidos, sino que, al contrario, sobresale por su depurado sentido de la forma, la factura, la composición y el color. Varela es en toda regla un artista, no un filósofo. Pero tampoco un ilustrador , sino alguien que maneja con rigor y profundidad los recursos propios del pensamiento visual, que es, por otra parte, y precisamente, el  que, operando con imágenes, alcanza las más altas cotas de creatividad.

Del mismo modo en que estableció una auténtica ritualidad espacial en aquel fantástico Altar del Miedo que presentó como instalación en el Centro Cultural de España, la mitología del viaje, resemantizada en el contexto caribeño con las connotaciones geográficas, históricas, étnicas y culturales de las innumeras migraciones que componen y recomponen nuestro universo insular, asume los caracteres del símbolo, del mito y del arquetipo a través de una esencialidad formal que nos acerca al pictograma, al origen común de la pintura y la escritura. En algunos de los cuadros más interesantes y logrados, el artista ensaya una gestualidad, una nueva libertad de las formas que extrae de la pureza y la claridad racionales una renovada espontaneidad, esquivando el riesgo de sequedad intelectual.

Pero son dos excepcionales pinturas, dedicadas a ejemplificar los mundos del hombre, creados por sus propios sistemas de pensamiento y lenguaje, el verbal y el matemático, las que mejor resumen las búsquedas más interesantes de Varela en los últimos tiempos, en tanto su indagación plástica sobre la condición humana coincide con algunos de los más profundos planteamientos que, de Heidegger a Lacan, se han procurado esclarecer, situando al lenguaje en el centro de toda consideración psicológica, humanística,  antropológico-filosófica o existencial.

Desde el punto de vista puramente formal, ésta es la exposición en la que Fernando Varela, a lo largo de todo su historial de investigación plástica y de exposiciones, ha logrado una mayor soltura de facturación, aunque siempre se adivina un sobrio y sólido entramado compositivo que sostiene internamente las imágenes, un orden implicado que asegura la inteligibilidad visual de las formas más desdibujadas y de las cursivas, los trazos, los manchados. Un lenguaje compositivo que tan pronto se sirve del ritmo y de la serialidad como del movimiento concéntrico, del contraste entre la forma y el fondo, o la pura entropía de la superficie plana, además de convertir al dibujo, antes que nada, en un elemento de composición espacial, de definición de vectores de fuerza, de sistemas cerrados de energía, del mismo modo que las letras y los números son tanto un recurso de la serialidad compositiva y plástica como un referente simbólico.

No obstante, letras y números son signos autorreferenciales del lenguaje, pues más que a un sonido o un significado ajeno al propio significante, atribuido por convencionalismo lingüístico, aluden a la cualidad lingüística como un poder activo, y no una cualidad pasiva,  de la mente, como un instrumento de la conciencia, una red de coordenadas para captar el mundo, para construirlo incluso. Un conceptualismo lingüístico-tautológico llega así, parafraseando la caracterización heideggeriana de la poesía de Hölderlin, a poetizar la esencia de la poesía, en tanto que  poiesis  es, en el más amplio de los sentidos, todo arte, toda creación.

LAURA GIL

Fernando Varela, por Laura Gil | artnexus