De lo que soy/Of What I am

María Magdalena Campos-Pons. Anidaje I, 2000. Cuatro Polaroids. 84 x 262 cm (33 x 103 pulgadas). Cortesía: Howard Yezerski Gallery.

Colectivajun 2003 - ago 2003· Por Claudia Calirman

De lo que soy/Of What I am

Lehman College Art Gallery

De lo que soy/Of what I am fue una exposición colectiva que abordó temas de mujeres e identidad. Había 35 obras de 22 artistas contemporáneas cuyas raíces se ubican en 12 diferentes países de Latinoamérica y el Caribe. Dramáticas referencias al realismo mágico, la madre tierra, sufrimiento y dolor, sincretismo, símbolos precolombinos, maternidad, sexualidad e identidad transcultural fueron exploradas en diversidad de medios que incluyeron pintura, escultura, dibujo, video, instalación, fotografía, arte en fibra y grabado.

La exposición fue organizada por Susan Hoeltzel, directora de Lehman Art Gallery, y la curadora independiente Patricia Stevens, y se enfocó en puntos de vista actuales del autorretrato femenino y obras autobiográficas. La fuerza de la exposición radicó en su interesante y cohesivo enfoque temático y en el diálogo susceptible de variadas interpretaciones que surgió de las diversas obras. La delicada tarea cuando se trabaja con este género es evitar los clichés y estereotipos que abundan en la autorrepresentación femenina. La influencia de artistas icónicas como Frida Kahlo y Ana Mendieta pudo sentirse con fuerza en la exposición. La exploración de Kahlo del dolor, la traición y el sufrimiento, y el vínculo emocional que Mendieta establece entre su propio cuerpo y la naturaleza se reflejaron en muchas de las obras expuestas. En algunos casos, las artistas rindieron un homenaje directo, y en otros, desafiaron los parámetros establecidos por estas figuras canónicas.

Colectiva: De lo que soy/Of What I am — imagen 1
Mónica Castillo. Casi hiperrealismo, 2000. Imagen digital montada sobre fibra de vidrio. 134,6 x 125,7 cm (53 x 49 ½ pulgadas). Cortesía: Robert Miller Gallery.

Una instalación escultórica de la puertorriqueña Marina Gutiérrez retomó temas explorados por Kahlo. A pesar de que Gutiérrez no trabaja el autorretrato en una forma tradicional, sí utiliza, como Kahlo, la experiencia personal para hacer énfasis en el dolor y el sufrimiento. Su pieza Disillusionment Gown (1997) se refiere a la pérdida del amor. Su cara en papier mâché aparece cubierta con el texto escrito del poema de Pablo Neruda “Los versos más tristes”. El corpiño del vestido es metálico y parece una armadura, y la falda, hecha de malla metálica para gallineros, está adornada con pequeñas jaulas en forma de casa dentro de las cuales hay objetos que representan los símbolos (y las patrañas) de la vida doméstica, tales como bebés, cosméticos y muebles. La instalación estaba suspendida de un gancho para colgar ropa, como un artículo comercial colgado en un perchero de un almacén.

El legado de Frida Kahlo también era evidente en la obra de Mónica Castillo. Su pieza desafiaba el mito de Kahlo tan profundamente arraigado en su nativo México. La cara y el torso de Castillo, vaciados en fibra de vidrio, no revelaban en modo alguno los sentimientos de la artista, debido a que ésta los cubrió con desechos como colillas de cigarrillo, tapas de gaseosa, insectos, papel desechado, cáscaras de naranja y follaje, cuestionando el supuesto común de que un autorretrato debe revelar nuestra imagen. Otra artista que le hizo eco a Kahlo fue la colombiana Esperanza Cortés, en el sentido de que combinó las nociones de maternidad y naturaleza. Cortés empleó arcilla en bajo relieve para representar a una indígena embarazada contra un fondo azul al encausto. Venas que irradiaban de su vientre la transformaron en un árbol de vida que la conectaba a la tierra. La escultura estaba instalada como un retablo, con un tazón de metal con agua bendita a sus pies, lo cual sugería el renacimiento a través de la maternidad, tema que también fue explorado por la mexicana Tatiana Parcero. En su fotografía Nuevo Mundo # 10 (1998-2000), la artista sobrepuso una transparencia de su estómago en embarazo sobre la imagen de uno de los primeros mapas del Nuevo Mundo, dando la ilusión de una piel tatuada. Exploración y conquista se convierten en metáfora para nuevos comienzos y posibilidades.

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Matilde Marin Itinerario ( versión 2), 1993- 2000. Fotografía reproducida en 2002. 300 x 300 cm (118 x 118 pulgadas). Cortesía: Galería Casas Riegner Gallery.

La identidad transcultural se reflejó a través de diversos enfoques y medios, brindando un subtexto para varias de las obras de esta exposición. En la instalación (up) rooted (1997) de Annalee Davis, se emplearon raíces en una forma literal para tratar temas de identidad cultural. En su pieza, una pequeña casa de madera suspendida del techo estaba conectada al piso de la galería mediante largas lianas. Los orígenes de la familia de Davis están en Barbados, pero ella ha vivido en muchos países, entonces su obra sugería que su hogar está con ella dondequiera que ella viaje. La idea de llevar con uno su propia casa también fue explorada en el grabado en medios mixtos de la brasilera Josely Carvalho, en el cual una tortuga representaba el alter ego de la artista.

El concepto de transcultura y sincretismo fue explorado de manera similar en la obra de la cubana María Magdalena Campos-Pons. En su obra de cuatro paneles en Polaroid, Nesting I (2000), se presenta a sí misma con el cabello trenzado y tejido con cuentas para semejar un nido, con la imagen de pájaros sobre su cabeza. Flanqueando esta imagen dual había dos pinturas de pájaros norteamericanos. Las cuentas africanas y las marcas amarillas pintadas en la cara de la artista sugieren la práctica de la santería, un ritual con raíces en el catolicismo y las religiones yoruba. Las diosas aztecas Tonatzin y Coatlicue, la Virgen de Guadalupe y la Virgen María eran invocadas en las pinturas de Lydia Negrón y Marina Gutiérrez, y en los dos colchones para cuna pintados de rosado de Scherezade García.

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Tatiana Parcero. Nuevo mundo #10, 1998-2000. Acetato e impresión a color. 30,4 x 47 cm (12 x 18 ½ pulgadas). Cortesía: Grapa Studio of Art.

La idea del cuerpo como una marca en el paisaje, un concepto profundamente arraigado en la obra de la cubana Ana Mendieta, también estuvo presente en la composición fotográfica a gran escala de la argentina Matilde Marín y en las obras en medios mixtos de Patricia Villalobos Echeverría. Itinerary (2003), de Marín, constaba de 31 fotografías de su sombra sobre una lámina de espuma, creadas durante varios años, en muchos países y a diferentes horas del día. Distribuidas sobre una rejilla, estas imágenes daban forma física al paso del tiempo. La obra de Patricia Villalobos Echeverría trataba de su experiencia del terremoto de 1972 en Managua, Nicaragua, en una serie de fotografías en medios mixtos titulada Epicentro I-IV, de 1997. Su imagen yacía en el epicentro de gráficas sismológicas, con el cuerpo atado con alambre y los ojos y su actitud tenían la apariencia unánime, frágil e impotente de una persona en el centro de un cataclismo.

El paisaje que muestra las heridas de la historia es el tema de Septiembre 10, 2001, Uno nunca muere la víspera (2001), el video de cinco minutos de Mónika Bravo tomado desde la ventana de su estudio en el piso 92 del World Trade Center la noche anterior a la destrucción de las torres. Esta pieza examina la ciudad en fotografías con tomas a intervalos prefijados durante siete horas, y está dedicada a la memoria de Michael Richards, un artista que pasó la noche en su estudio y murió a la mañana siguiente. Es una evocación sencilla aunque dramática de ese evento. Curiosamente, la de Bravo era la única obra de la exposición que trataba de la memoria y la historia sin un subtexto latinoamericano.

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Patricia Villalobos. Epicentro I-IV, de la serie Terremoto, 1997. Detalle. Óleo y serigrafías sobre impresiones en gelatina de plata. 122 x 122 x 8 cm (48 x 48 x 3 pulgadas).

Otra obra de video de la exposición exploraba problemas de autoridad y dinámica transgeneracional por medio de una relación padre-hija. En The Apple of His Eye (2003), Kukuli Velarde, quien creció en Perú, presentó una imagen de su padre hablando de su deseo de que ella siga sus pasos como pintor tradicional. Sin embargo, Velarde escogió trabajar con medios no tradicionales, contradiciendo el deseo de su padre. En la exposición, el monitor de video estaba rodeado de dibujos hechos directamente sobre las paredes, empleando imágenes que Velarde hizo cuando era niña.

El feminismo y la sexualidad fueron temas que tocaron Mari Mater O’Neill, Sandra Bermúdez, Elba Damast y Anaida Hernández. La litografía a gran escala de Mari Mater O’Neill presentaba a dos heroínas de las tiras cómicas trenzadas en una batalla. La lucha se resolvió en un sensual abrazo y un beso de las dos protagonistas. La sensualidad también fue el tema de dos fotografías en forma circular de Sandra Bermúdez de unos brillantes y muy seductores labios rojos, tituladas I Want You/I Miss You (2001). En su pintura This is the Way I Feel (2002), la venezolana Elba Damast se presentó a sí misma como una Hidra multicéfala con dientes amenazadores, fumando cigarrillo y sacando la lengua. El cuerpo estaba encerrado por una cerca de alambre de púas, pero las cabezas, que también se interpretaban como corazones, estaban libres y tenían aspecto salvaje, en referencia al poder seductor y destructivo de la femme fatale. La instalación interactiva de Anaida Hernández titulada Multiples (2003) consistía en 50 pequeños espejos de mano de color rosado adheridos mediante imanes a una pared de acero galvanizado. Cada espejo tenía al respaldo, dibujado mediante plantilla, un símbolo que tenía que ver con cuestiones de fortuna y suerte, y se animaba al espectador para que los manipulara. Vanidad, destino, narcisismo y deseo eran temas reflejados en esta humorística pieza.

Muchas posibilidades promisorias se abrieron con esta exposición. Fue un conjunto de calidad y bien desarrollado de obras variadas, provocadoras y a veces conmovedoras. A pesar de que muchos conceptos relacionados con la autorrepresentación fueron tratados y explicados en detalle, tanto visual como temáticamente, quedan muchos otros por explorar. Sería interesante ver cómo las artistas latinoamericanas y latinas continúan presionando los límites de lo que ya ha sido aceptado como parte del discurso común sobre las mujeres y la identidad.

CLAUDIA CALIRMAN

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