Daniel García (Rosario, 1958) es artífice de una provocadora obra que traduce toda su pasión por la pintura. En cierto modo, Bondage, desplegada en dos salas del Museo Nacional de Bellas Artes, se vincula con Viajes, citas y otros compromisos, que fuera presentada en la Galería Ruth Benzacar unos meses atrás. Ambas muestras son notables puntos del itinerario de este artista —que comenzó con su primera muestra en 1982 y que incluye su participación en el envío argentino a la Bienal de Venecia en 1997—, sembrado de consideración artística e intelectual.
Según el diccionario, en castellano bondage se traduce como cautiverio, servidumbre, sometimiento. Imágenes de correas de cuero, manoplas de hierro, cadenas y collares con púas de metal son parte de la imaginería exhibida en este conjunto que nombra una ausencia. Las pinturas sobre tela y los dibujos sobre papel aluden a objetos destinados a cubrir y a mortificar un cuerpo ¿social; personal? que no se muestra.

Frente a las pinturas de García es posible sumergirse en un espacio invisible y en un tiempo irreal. Extrañas, pero contundentes, las imágenes anticipan el maltrato y la destrucción. En su mayor parte, parecen salidas de un catálogo de objetos para sadomasoquistas y remiten al dolor, lo profano y la opresión. La violencia que sugieren las telas se halla también acentuada por las veladuras y tachaduras realizadas en la pintura de los fondos. Austera en número de obras y de impecable realización, Bondage resulta una despojada y despiadada vidriera —¿de la actualidad; de la pintura?— que evidencia una vez más el talento del artista argentino.
Los dibujos, compuestos a manera de módulos que constituyen una estructura mayor, fueron realizados sobre fragmentos de material utilizado para empapelar paredes. Los dulces motivos —delicadas flores, suaves franjas de colores, bucólicos paisajes— del empapelado son el soporte de una amenazante cadena que no tiene principio ni fin. El contraste entre la amable decoración del fondo y la pesada forma del instrumento de sujeción es evidente. Pero García no indica qué se habrá de amarrar o quién es el sujeto a vigilar y castigar.
A Daniel García siempre le interesó lo que se aparta de la normalidad. En pinturas anteriores, insinuó sonrisas que se congelaron, ojos que se cegaron, rostros que se borraron, cuerpos que se doblaron, sangre que se derramó, pero también camillas (literalmente, fueron soporte de una serie) que aguantaron.
No suelen existir representaciones inocentes. García alguna vez pintó vendajes, cabezas sin rostros y pañuelos sin nombres, que en un país como Argentina con 30.000 desaparecidos quiere decir un montón de cosas; entre otras, significa que la memoria existe. Ahora, sus pinturas parecen apuntar a los males recientes de una comunidad que recuerda con nostalgia un pasado de esplendor, que padece inesperada e indeciblemente su presente empobrecido y que imagina un futuro esclavizado. Si antes reflexionó sobre el síntoma y la enfermedad social, acerca de la declinación de las ideologías, la muerte de las utopías, bien puede pensarse que ahora el artista vuelve a interesarse por la sociedad, por la desolación que lo rodea.
Pero las obras de Daniel García no tienen una clara intención narrativa; provocan un contacto emocional, un acercamiento sensible antes que intelectual. Ofrecen una experiencia estética, también disparadora de ideas, tensión y ambigüedad. Ante las presencias inasibles de sus pinturas, el observador se encuentra absolutamente libre de recurrir a evocaciones y asociaciones propias; a sensaciones y recuerdos arbitrarios.
Los arneses de cuero y los aparatos de metal, que pueblan estas pinturas, se hallan suspendidos en el medio de la nada. Los collares con púas de Abstracción lírica, por ejemplo, parecen flotar mágicamente; no poseen referencia alguna. Algunos espectadores quizá vean en estas representaciones los instrumentos de sus fantasías y opciones sexuales. Mientras que otros, acaso, encuentren que las imágenes destilan la segura promesa de la servidumbre y del sometimiento. ¿A qué; a quién? ¿La obra alude a la brutalidad doméstica, privada, o se refiere al cepo económico del FMI (Fondo Monetario Internacional) que tiene capturada a la cosa pública? ¿Cuánto tiene de masoquista el discurso del argentino corriente que se flagela indagando el origen de la actual desgracia nacional? Repletas de interrogantes, las obras de Daniel García comprometen al ojo del que mira.
VICTORIA VERLICHAK
