La exposición Comer o no comer, o las relaciones del arte con las cuestiones de la comida, aborda los modos en los que los artistas se han enfrentado al fenómeno, el problema e incluso la anécdota, de cómo es el comer. El proyecto presentado en el Centro de Arte de Salamanca (España) ha sido dirigido por Darío Corbeira, contando con un equipo curatorial que individualmente se ha encargado de las diversas secciones: "Artificios vivos", que abarca el período comprendido entre finales del siglo XVII y el final del impresionismo y aborda la consolidación de las naturalezas muertas o los bodegones, curada por Carlos Reyero; "Estados alterados", que estudia el período entre las primeras vanguardias y finales de la década de 1960, curada por Carlos Jiménez; "Comer, crear, pensar, disfrutar", a cargo del propio Darío Corbeira, que abarca las últimas tres décadas de arte contemporáneo; y finalmente un ciclo de cine y video seleccionado por Eugeni Bonet.
La muestra, a partir de esta estructura que ocupa la totalidad de este museo de reciente creación, propone una revisión sobre el tema más conceptual que exhaustiva, pero sobre todo abre una sugerente exploración de los ámbitos de la representación de las órbitas culinarias, alimenticias y gastronómicas, que muy frecuentemente se han considerado erróneamente colaterales.

Comer o no comer ofrece, como título de exposición, un planteamiento político y social que resume más que ningún otro posible, el dilema de nuestro tiempo: marca la diferencia y la desigualdad básica, pone de relieve la suprema injusticia en la que se basa el orden de la globalización actual y socava cualquier proyecto de emancipación que no tenga en cuenta este mínimo común denominador que establece la supervivencia. Frente a la comida, en un dilema entre comer o no comer, el ser o no ser hamletiano puede ser solo un “después” de la afirmación básica e irrenunciable de la condición humana. Evidentemente, problemas como terrorismo, seguridad, libertad económica o de opinión, pasan (aunque sea sólo temporalmente) a un segundo plano. Y desde un planteamiento racional de sensatez y prioridades, resolver ese dilema entre poder comer o cómo comer y no comer podría ser un primer paso para resolver los siguientes dilemas, que por estar en una posición sucesiva en la cadena no son menos importantes, pero son subsidiarios del “comer o no comer”.
Ante las desigualdades sociales, la violencia política o delictiva, la inseguridad, las catástrofes, la ausencia de libertad política, e incluso la pobreza o la miseria, el arte es un arma y una herramienta que “alimenta” y dignifica, pero frente al hambre, el arte, como cualquier otra cosa, salvo la comida, no es nada, o si acaso sólo es poca cosa.

Sin embargo, la exposición es otra cosa y esta cuestión que consultar como fondo, como formulación del hambre, sólo es abordada de un modo colateral, cuando es pertinente, y es probablemente uno de los momentos más impactantes de la muestra: el compromiso de diversos artistas alemanes (Käte Kollwitz, George Grosz, Otto Dix, Otto Nagel, Völker y Johansson) en la carpeta gráfica titulada Hambre realizada en la depauperada Alemania de 1924. Curiosamente el hambre y sus efectos no han sido ni el tema ni la preocupación de los artistas. Por el contrario, las maneras del comer, sus aspectos contradictorios, sus inversiones y perversiones, así como su carga metafórica desplegada desde una visión crítica, han sido puntos focales de atención que introducen en la exploración de lo cotidiano y sus significados simbólicos.
El trabajo de documentación de la exposición es enorme, tanto en el plano expositivo como en la selección de textos del catálogo. Sin embargo, se tiene la impresión de que la documentación se basa y apoya muy frecuentemente en la presencia en cada obra del referente comida o del propio acto de comer, que de este modo permite establecer un catálogo de nombres importantes internacionales. La crítica que podría hacerse a esta exposición responde a la inclusión de obras que circulan de manera muy paralela al tema abordado, como la silla de Kosuth que figura por su propia celebridad de accesorio, y también a la ausencia de obras de artistas de menor celebridad pero quizás más incisivos en el tema, como el Livro de carne de Artur Barrio o ciertas performances de Tania Bruguera, por poner sólo dos ejemplos. No obstante, como resulta imposible y desmesurada cualquier pretensión de totalidad para una exposición, aunque esa estrategia abre hacia una dispersión, nos situamos frente a una exposición de referencia que establece líneas de actuación que rebasan el arte dedicado a la comida y conecta sensibilidades muy distintas. Hay hilos conductores, no tanto narrativos cuanto conceptuales, de tensión o de diálogo entre las diversas piezas.

Por ejemplo, a partir de la idea de la mesa como lugar de la comida se han reunido obras de gran relieve: El invitado (1986-1990) de Joan Brossa, en la que un garrote vil —sistema de ajusticiamiento vigente en España hasta el final del franquismo en los años 70— preside una mesa para un comensal aderezada con todos los elementos precisos para un refinado refectorio; Analogía IV (1972) de Victor Grippo, en la que se enfrentan un plato de papas de vidrio y uno con papas auténticas; Table and Chairs (1962-1963) de George Brecht, en la que unos naipes se enfrentan a un plato, copa y cubiertos; Bacinelle (1975) de Luciano Fabro, en la que se exhiben diversas bandejas de vidrio; Gourmet Experience (1974) de Martha Rossler; Deep Throat (1996) de Mona Hatoum, desde cuyo plato frente a una silla un video nos transporta al interior de una garganta y un estómago; o finalmente la pieza que abre la exposición en el vestíbulo del museo, El hombre de ébano y sol (2001) de César Martínez, pieza comestible que reproduce la figura de un hombre de chocolate.
A pesar de su aparente literalidad, una de las obras que en esta línea resulta más incisiva, desde mi punto de vista, es la instalación de Isidoro Valcárcel Medina, No necesita título (1990), que reproduce un comedor de beneficencia en todos sus detalles con el menú del día. En la exposición, mesas, manteles y cubiertos pertenecen a uno de los comedores sociales de Salamanca y los platos que naturalmente contienen comida real son sustituidos cada día; de este modo, el ambiente cobra la credibilidad de una recreación a través también del olor.

En otras obras como Extensión—segunda versión— (1980-1981) de Rosemberg Sandoval, en la que una tela conserva las huellas de café y orines, la idea de la comida deriva hacia el cuerpo y hacia sus funcionamientos fisiológicos. Ese es el mismo deslizamiento que aparece en la obra de Teresa Margolles, Secreciones (2002), donde grasa de origen humano tiñe una de las paredes que conduce hacia el restaurante del museo, y que resulta especialmente pertinente para comprender los nexos que el accionismo vienés mantiene con la comida en su vertiente ritual y caníbal a través del cuerpo.
La exposición es un laberinto que remite a los esquemas de matriz del cuerpo frente al arte, de la representación en conflicto con la realidad: el cuerpo frente a sus alimentos reproduce la estructura básica del proceso artístico como una forma estrábica/ disfuncional /metafórica y, finalmente, deconstructora de una incesante alimentación y retroalimentación de ideas. La comida y sus formas múltiples están imbricadas con el arte de la misma manera que el sexo, aunque en un modelo más complejo y a la vez más básico, como supervivencia: el arte responde a una estructura-comida (un modo de devorar y de digestión incesante, sin límite) que refleja modelos mientras los devora y los digiere. Precisamente, los aspectos más básicos remiten a la mayor complejidad, no tanto por las contradicciones que proponen sino por el modo en que sintetizan y resumen las diversas esferas de la existencia y de las exigencias de la condición humana. La síntesis que se propone se resuelve como una digestión y a la vez como un goce siempre trágico.
La exposición consigue transmitir la importancia que adquiere, algo aparentemente tan banal como la comida, en el eje complejo de los procesos creativos: el proceso en sí mismo es la comida o finalmente comer o no comer.
SANTIAGO B. OLMO

