El año pasado terminaba mis comentarios sobre la edición 2002 de ARCO comparándola con un magnífico video del artista español Martí Ansón en el que el instante justo anterior al tiro de un penalti quedaba para siempre suspendido generando una situación de incertidumbre y angustia que, según me pareció entonces, se hacía eco del ambiente general de la primera edición de la feria post-11S. Este año ARCO se llevó a cabo en el contexto de una situación política y económica mundial incluso más incierta y desequilibrante. Desde la inauguración y hasta el último día se pudo constatar el reclamo de buena parte de los visitantes y de alguno que otro participante en contra de la inminente guerra contra Irak. La situación objetiva del mundo no ha mejorado en nada y sin embargo la tensión se ha vivido en esta ocasión de un modo distinto.


Para continuar con el ejercicio comparativo, este año la Mizuma Art Gallery de Japón presentó un video igualmente cargado de tensión y en el que se representaba otro momento detenido. En For Every Daydreaming (2002), Koki Tanaka convocó a un millar de niños junto con sus padres a un estadio en donde se les entregaron más de un millar de enormes globos de colores azul, rosa, rojo, amarillo, verde. En el video se percibe un gigantesco y bellísimo arco iris formado por los globos y los miles de rostros, y en el fondo se escuchan los gritos y risas de los niños listos a recibir la indicación para soltar el globo y dejarlo volar. Pero esta indicación no llega nunca. En su lugar la imagen se alterna con la de un hermoso cielo azul. Del mismo modo, la feria de este año prefirió asumir con optimismo la inminente crisis que amenaza con ni siquiera manifestarse y quedarse ya, como una especie de desasosiego omnipresente.


No cabe duda pues, que este optimismo vino de la mano de la presencia de Suiza como país invitado. Hemos de recordar que el país centroeuropeo se ha caracterizado, particularmente durante la última mitad del siglo XX, por darnos artistas tan excéntricos y maravillosamente imaginativos como Yves Klein, Daniel Spoerri, Niki de Saint Phalle, Thomas Hirschhorn o Pippilotti Rist. Además es la cuna de algunas de las galerías y colecciones de arte moderno y contemporáneo más importantes del mundo, por no hablar ya de la feria de Basilea, paradigma absoluto de este tipo de eventos. No cabe duda de que ARCO estuvo a la altura, y eso significa que desde la organización pero también desde las propuestas de las galerías participantes, se contó con un nivel de calidad y profesionalismo renovado. Una de las estrategias de parte de la organización fue asegurarse la presencia de las galerías suizas Krugier o Beyeler, con lo que automáticamente disparó el nivel de calidad de la oferta, particularmente en el pabellón 7 más centrado en las primeras vanguardias del siglo XX. Quizá era en este ámbito en donde fue más visible la aportación de piezas de primera línea a la feria. Curiosamente, esto dio también lugar a una saludable confrontación entre la vanguardia europea y la latinoamericana, ampliamente representada por obras de primer nivel. El resultado fue un diálogo interesantísimo entre dos aspectos de un momento de la historia del arte en el que hay más coincidencias que desencuentros. Aquí destacó y por mucho, la presencia de la Galería Jorge Mara-La Ruche, que hizo un despliegue del arte concreto argentino de un altísimo nivel que seguramente sorprendió a más de un visitante poco familiarizado con el arte moderno latinoamericano. La buena acogida de su propuesta fue generalizada y el contexto lo daba la presencia de algunas galerías de América Latina especializadas en obra de este período, como la brasileña Dan con obras de Alfredo Volpi, la uruguaya Galería Sur o la también argentina Del Infinito Arte.


La presencia Suiza, orquestada por el comisario Martín Schwander y desplegada ampliamente incluso fuera de la feria en exposiciones y eventos alojados en museos y centros de arte madrileños, dejó también otras lecciones. Aprovechando el impacto mediático de la feria, las galerías y exposiciones paralelas dedicadas al país helvético volcaron sus esfuerzos en sus artistas menos mediáticos, de modo que los nombres como Hirschhorn o Rist no proliferaron particularmente. Todo el evento se convirtió en una auténtica promoción del arte suizo más contemporáneo y menos accesible, incluso para los asiduos del mundo del arte. La excepción la marcó quizá la omnipresente Sylvie Fleury. Con todo, el programa del País Invitado parece cada vez más obsoleto dentro de un sistema del arte caracterizado por la movilidad geográfica y por la creciente globalización del mercado y de sus estructuras de difusión. Es quizá el momento de empezar a repensar este programa del mismo modo en el que la organización de la feria revisó y reestructuró con fortuna secciones como el Cutting Edge y los Project Rooms, que este año dieron paso a los programas Art Unknown y Futuribles. Ambos programas parecen mucho más acordes a la manera en que se está desarrollando el arte actual y a los nuevos conceptos galerísticos a los que está dando lugar. Así, en estas secciones se incluyeron algunos de los trabajos más interesantes dentro de la feria: Pierre Huygue en colaboración con Philippe Parreno presentaron en Marian Goodman Gallery su modelo de lámpara arborescente dentro de un stand cuyo piso estaba cubierto por la pieza 06.00pm 2000, una alfombra sobre la que se proyecta la silueta de otro lugar. En Vous Etes Ici, Dressens & Verstappen presentaron una obra casi invisible: el recorrido dentro de una larga vitrina de un pequeño trozo de acero que se convierte sucesivamente en llave, en figura, en peón de ajedrez o en un cacahuete. También llamaron la atención las propuestas de LA Raeven en la galería de Ellen de Bruijne, en donde presentaba la otra realidad de un grupo de adolescentes dedicadas al ballet clásico. Finesilver Gallery contó con los últimos trabajos de Thomas Glassford, una serie de magníficas esculturas realizadas a partir de la manipulación de materiales prefabricados como láminas de aluminio o cremalleras. Precedido por el éxito que el año pasado causó su juego de futbolín, para esta edición Nelson Leirner presentó con la galería Brito Cimino su genial instalación O Armazém (Almacén), en la que una vez más introduce la imaginería popular contemporánea de un modo corrosivo en el contexto del arte. Otras presencias latinoamericanas con propuestas novedosas en estos dos programas incluían a Yoshua Okón en Chac Mool Gallery, Claudia Fernández en Iturralde Gallery, César Martínez en Marco Noire, las propuestas de las galerías Punto Gris de Puerto Rico, la Sala Alternativa Elvira Neri de Venezuela, La Casona y Catálogo de Cuba, la galería dominicana Carmen Rita Pérez, las galerías chilenas Animal y Forum y las brasileñas Nara Roesler con obra de Artur Omar, Casa Triângulo y Laura Marsiaj Arte Contemporáneo además de la costarricense Klaus Steinmetz.


En el programa general de galerías también se incluyeron obras interesantísimas como la variedad de trabajos de Julian Opie, presente en varias galerías, aunque quizá fuera Lisson quien contaba con algunas de las mejores piezas, especialmente las pinturas de formato mediano que se alejaban de sus figuras humanas para centrarse en temas menos evidentes dentro de su trabajo como el paisaje o el mar. Christopher Grimes incluyó en sus propuestas una magnífica serie de Allan Sekula, uno de los artistas más interesantes actualmente. La Galería Isabella Brancolini descubrió las instalaciones pictóricas de Leta Peer y la OMR hizo un excelente despliegue de trabajos, entre los que destacaba una enorme impresión digital de Pablo Vargas Lugo retomando el motivo de los satélites atrapados entre las ramas de un árbol, y que funciona inmejorablemente a gran escala. La Galería Mario Sequeira contó con una impresionante pieza de Pedro Cabrita Reis que, junto con la escultura y dibujos de José Pedro Croft en Quadrado Azul, demuestran el interés de las propuestas portuguesas actuales. Otra obra impactante y probablemente también hasta cierto punto invisible era la instalación de hojas de maguey de Abraham Cruzvillegas en Kurimanzutto. La simpleza del gesto de clavar nueve enormes hojas sobre el muro y dejarlas envejecer, de hecho fosilizarse, era de una potencia inesperada. Esta galería además presentó obras importantes de Damián Ortega. La galería Ruth Benzacar presentó una vez más las inmejorables propuestas de Jorge Macchi, en esta ocasión planos de ciudades calados (Città Aperta), de forma que sólo queda la red de calles formando un encaje de papel a la vez poético, y como siempre en el caso de Macchi, de una fuerte carga conceptual. Otro artista a seguir es Luis Macías, con obra en la jovencísima galería madrileña Garaje Regium. Por su parte, las fotografías de Montserrat Soto en Helga de Alvear la perfilan como una de las fotógrafas más interesantes de su generación, algo que a veces puede parecer difícil de discernir en un ámbito en el que prolifera cada vez más la fotografía de gran formato anodina y con muy poco que aportar. La Galería Deewer Art presentó una pieza de Panamarenko que resultó ser de lo más espectacular dentro de la feria, si no tomamos en cuenta los chill outs.


Éste ha sido quizá uno de los puntos de discusión más álgidos dentro de la feria. Por las propias características de los pabellones del Parque Ferial Juan Carlos I aunado a la altísima afluencia de público, el proyecto arquitectónico y espacial de ARCO toma especial relevancia. El resultado de este año es quizá uno de los más logrados si no tomamos en cuenta la sección dedicada a las revistas y publicaciones —en donde la única revista latinoamericana presente era ArtNexus, que era un franco despropósito (¿dónde quedaron las mesas blancas simples y funcionales? ¿La iluminación mínima necesaria para la lectura?). Los pasillos de la feria se ensancharon, la disposición de los stands les daba una mejor y mayor visibilidad, la feria en general parecía más concentrada y se alivió muchísimo el tránsito del público. Los espacios de descanso, sin embargo, convertidos en propuestas de megadiseño y patrocinados por diversas empresas privadas, no tuvieron gran aceptación, especialmente de parte de los galeristas cuyos stands se encontraban cerca. No era el caso, sin embargo, de los cientos de jóvenes que no dudaron en apropiarse de estos espacios. Conceptualmente es importante integrar en un evento de estas dimensiones la idea y la posibilidad de confort, pero también parece que no es necesario convertir dichas áreas en espectáculos por sí mismos; finalmente, quienes más necesitan de vez en cuando un respiro son los profesionales que se encuentran ahí trabajando y no necesariamente el público que asiste a la feria de turista.


A los pocos días de abierta la feria, se comentaba que ARCO se situaba con esta edición como la segunda feria del mundo después de Art Basel. Desde luego y como se ha mencionado más arriba, la oferta era prácticamente inmejorable. Siguen, sin embargo, abiertos los debates en torno a la manera de incorporar y promover mejor al coleccionismo tanto español como internacional. Quizá el programa de país invitado debería estar dirigido a la presencia de coleccionistas y no de galerías. También siguen pareciendo demasiado accesorias las mesas de debate que se multiplican año tras año. Tal vez una oferta más limitada en cuanto a temáticas y más estructurada en cuanto a contenidos y logística podría convertir esta parte de la feria en un auténtico encuentro de referencia para los profesionales de la crítica, la teoría y la curaduría del arte contemporáneo. El Foro de Teoría del Arte que se llevó a cabo varios años paralelamente a la Feria de Guadalajara en México es un modelo mejorable pero que no ha de desdeñarse.
Parece que hoy ARCO se encuentra en un momento óptimo para lanzarse y llevar a cabo esos pequeños ajustes que en nada pueden empañar la trayectoria de una feria de arte contemporáneo con todo el futuro por delante.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
Historiadora de arte, especialista en Arte Contemporáneo y teoría del Arte. Actualmente cursa el doctorado en la Universidad Carlos III de Madrid.

