El medio de Vargas Suárez-Universal (Ciudad de México, 1972) es el espacio, en ambas acepciones de la palabra. Su exposición en la galería Thomas Erben de Chelsea consistió en la presentación de grandes pinturas de pared, básicamente realizadas en blanco y negro, en las que se reconstruyen enormes secciones de aeropuertos, bancos, museos, y otros lugares que en su totalidad asemejan un híbrido entre complejas naves espaciales salidas aparentemente de la Guerra de las Galaxias, el contorsionismo blanquinegro de Guernica, y fotografías de satélites de paisajes vistos desde el espacio, representadas en formas que podrían recordar la iconografía espacial de la era atómica que proliferó en la cultura popular de los años cincuenta y sesenta.
La obsesiva representación de formas de Vargas Suárez-Universal obedece, según el artista mismo menciona, a haber crecido cerca de la estación de la NASA en Houston, un elemento narrativo en su biografía que, junto con la adición de la palabra “Universal” a su nombre, de hecho encaja como un aspecto más de la obra y contribuye a completar la percepción de mitología espacial que el artista se especializa en representar.

A esto hay que añadir que el artista ha incluido en las pinturas fragmentos de su propia sangre diluida en alcohol, lo cual agrega una dimensión particularmente personal al material.
Los murales, que se extendieron de la pared norte a la del lado este de la galería, mostraban los planos del Museo Tate Modern, el Fleet Bank en Londres, y el aeropuerto de Kuala Lumpur, conectados entre sí por diferentes líneas horizontales y verticales. Los tres elementos, que son ilustrativos de la manera en que funciona el mundo del arte hoy en día —el museo, la economía, y el ámbito global— se podrían interpretar como una reflexión sobre las complejas estructuras que se entretejen para fabricar la cultura internacional.
Y, sin embargo, las obras de Universal adoptan formas híbridas que no se concretan necesariamente en promulgar una metáfora o hacer una pronunciación intelectual en particular, ni tampoco creo que necesariamente buscan replicar la maquinaria compleja de una nave espacial o de un plano arquitectónico como fin en sí. Las obras, en su gran amplitud y con toda su complejidad, en cierta manera oscilan entre la ilustración científica, el cómic de ciencia ficción, el expresionismo y la composición abstracta. Por su parte, sus formas, que podrían ser reminiscentes de una arquitectura utópica o de una fantasía de ciencia ficción, están hechas de una manera que pueden generar más de una interpretación por parte del espectador.
A fin de cuentas, reflexionar sobre la fantasía espacial que representan estas obras —e insisto en lo espacial a pesar de que las bases de los dibujos corresponden a modelos de construcciones terrestres— nos hace pensar que dentro de toda su ficcionalidad, las obras de Vargas Suárez-Universal nos resultan representaciones convincentes de nuestra comprensión general del espacio. Esto es porque, después de todo, ¿qué es lo que uno realmente sabe acerca del espacio? La reciente e incomprensible explosión del transbordador Columbia nos ha recordado lo poco que comprendemos acerca de lo que existe fuera de la Tierra y de nuestro limitado control sobre éste, y a fin de cuentas, los modelos de entendimiento para una persona promedio acerca del universo no se basan en imágenes reales, sino en diagramas más o menos complejos que son representativos del espacio, que si bien no tienen como objetivo mostrarnos algo que es inmostrable —el infinito—, sí nos producen al menos imágenes que suplantan aquello que es visiblemente inconcebible o inabarcable. De aquí la enorme posibilidad de elaborar una estética espacial. Vargas Suárez-Universal juega con estas mismas percepciones para elaborar su obra, que es simultáneamente autoconsciente de su inventiva y obsesiva dentro de su propia actividad artística.
PABLO HELGUERA
