El título Tropicales fantásticos resulta apropiado para la más reciente exposición de óleos y collages sobre tela de la reconocida pintora panameña Teresa Icaza. Sorprende por la espontaneidad de sus formas y colores, y por la ausencia de los árboles y bosques que han constituido el centro de sus pinturas durante los 10 últimos años. Hoy, una serie de lienzos de composiciones y colores exuberantes, casi explosivos, reflejan un paso liberador en el proceso creativo de esta pintora que ha desarrollado un inmenso cuerpo de trabajo a lo largo de tres décadas.
El desarrollo de la pintura de Teresa Icaza ha estado marcado por etapas bien definidas en su enfoque y temática, conectadas por su énfasis particular en representar la luz, factor evidente en sus abstracciones iniciales que permanecería constante en su obra a través de los años. Viendo las obras actuales, se intuye que el proceso que se inició con la abstracción pura está completando el círculo, al acercarse nuevamente a ella, aunque con un idioma visual radicalmente distinto al de su obra inicial.

Si las composiciones de aquellos años eran meditativas y casi monocromáticas (o por lo menos muy limitadas en su gama de colores), las del nuevo siglo se distinguen por su intensa expresividad, la fuerza y variedad de sus colores, y una técnica laboriosa que impacta por su aparente espontaneidad. Los trazos de pintura y los cientos de recortes de papel aplicados a manera de collage surgen, se encuentran, se entrelazan y se despliegan como en llamaradas. Como en una presentación de danza moderna, dan la impresión de fluidez y ritmo fácil, pero son el producto de años de ensayos y dedicación.
Es precisamente ese ritmo el que hace que estas composiciones constituyan un momento crucial en la carrera de Teresa Icaza. Si estudiamos el desarrollo de su obra, encontramos a una artista autodidacta que creó para sí misma un camino estético a través de la disciplina, la lectura, y una necesidad interior de expresión de su personalidad. Sus primeras obras de fines de los sesenta se relacionaban con la abstracción lírica que caracterizó gran parte de la producción de los artistas panameños en la época. Luego su fascinación con la literatura de ciencia ficción sirvió de ímpetu para dar un paso hacia la descripción pictórica de una realidad imaginada, de formas que flotaban en el espacio sideral, casi incoloro, pero siempre caracterizado por una misteriosa luz. Parecían paisajes extraterrestres y solitarios, de grises y marrones, con formas y texturas que variaban desde superficies rocosas de grueso impasto pictórico hasta áreas completamente lisas de colores tornasolados. Al final, las ideas que expresaban las obras tenían que ver tanto con la ciencia ficción y el fenómeno de la exploración del espacio como con las emociones, los seres humanos y sus vivencias, combinando el tema de la naturaleza con la expresión de lo íntimo.
Los paisajes pasarían luego a estar ocupados por lunas y planetas en cielos oscuros y profundos. Eran imágenes silenciosas y atemporales que reflejaban un interés en representar ideas abstractas como el concepto del tiempo. En los años ochenta, se produjo un momento de libertad emotiva en la obra de Teresa Icaza, en cuyos lienzos los planetas parecían explotar, disparando asteroides que irradiaban su propia luz. Fue en esa época que la artista empezó a utilizar el collage con papel. Las formas flotantes, cada vez mayores, en espacios bañados de luz ocuparían a la artista hasta fines del siglo, cuando ella atravesó una transformación fundamental en su obra, volcándose hacia el color. Experimentó con la magnificación de una sección pequeña de sus obras pasadas, descubriendo un mundo multicolor de texturas, lo que introdujo una etapa de gran creatividad, de muchísimo colorido y de entrega al mundo abstracto.
Este momento de renovada creatividad abriría el paso paulatinamente a una nueva figuración en su obra que estuvo caracterizada por paisajes de bosques, arboledas, manglares, a menudo con la iluminación del ocaso. Este cambio venía aunado a una inquietud por la ecología y el trópico húmedo tan típico en la naturaleza panameña. Los paisajes luminosos pero también sombríos fueron realizados con una técnica que la artista desarrolló utilizando capas coloridas de papel de seda aplicadas sobre una base de pintura al óleo. Nuevamente, pasaba de la abstracción a la figuración, pues las imágenes alguna vez descritas como “paisajes mentales” no dejaban de representar formas descriptivas del mundo natural.
Este vistazo al desarrollo de Teresa Icaza muestra un patrón interesante. Una y otra vez, después de trabajar intensamente un tema y una técnica, con sus variantes, las obras empiezan a parecerse y la artista a saturarse, lo que abre paso a lo que he descrito como momentos de estallido creativo. Esto se dio en ella cuando ya no podía pintar más círculos míticos y nuevamente cuando alcanzó un límite con los asteroides y menhires lunares. Lo mismo ha ocurrido ahora, en esta obra en la que ella ha vuelto a cruzar, con valentía, hacia el otro lado de una frontera pictórica.
Las obras de la exposición de Tropicales fantásticos muestran un rompimiento con el mundo natural y un cambio hacia un nuevo expresionismo abstracto que aunque guarda la línea del horizonte, se ubica completamente dentro de lo no objetivo. Las formas en estos cuadros de colorido intenso parecen reflejos de pensamientos inconscientes, que se disparan en diversas direcciones, desapareciendo a veces bajo capas de color, como en Ramas entrelazadas, o surgiendo hacia un espacio superior infinito, como en el lienzo titulado Hasta el cielo.
Llaman la atención los trazos atrevidos y la enorme variedad de tonos que Icaza introduce en cada lienzo, dando un “salto de fe” de los bosques tranquilos hacia estos nuevos espacios fantásticos de llamaradas, viento y luz. Rompe también con la superficie lisa de sus obras anteriores, ya que aquí, con un sano abandono, nos permite ver sus brochazos y los papeles arrugados, pintados por encima y por debajo. En contraste con sus trabajos anteriores, nos encontramos ahora frente a composiciones de colores estridentes y ritmos sonoros, como estallidos dramáticos de música, de tonalidades conscientes y subconscientes, de tonos e ideas profundas en el trasfondo, junto a rasgos expresivos y reveladores en la superficie. Al distanciarse del preciosismo anterior, la artista introduce una expresión propia más carnal, más real. Es como si finalmente nos revelara su fuego interno.
MÓNICA E. KUPFER
