Exposición Individualabr 2003 - jun 2003· Por Elena Oliveras

Mariano Sapia

Centro Cultural Borges

Interesado por los hechos de la historia reciente, Mariano Sapia (Buenos Aires, 1964) sitúa su narración figurativa a fines de 2001 en Argentina. Diciembre fue el título que eligió para su última muestra integrada por 22 pinturas que recordaban lo acontecido durante ese mes, cuando se cerró una era ficticia de convertibilidad (un peso igual a un dólar) y el país descendió a niveles insospechados de decadencia y pobreza, cuando hasta resultó inútil hablar de “riesgo país”, habiendo prácticamente desaparecido los dispuestos a arriesgar algo en él. El diciembre de 2001 argentino tuvo una triste notoriedad. Ocupó la primera plana de la prensa internacional por la ola de cacerolazos, saqueos, cortes de ruta, cambios de presidentes, represiones desmedidas. Fue, para muchos, el comienzo de un nuevo país, el “país cartonero”. Si, hasta hace poco, el trabajo de cartonero ocupaba a unos pocos, son miles ahora los que recurren a la basura buscando alimentos, cartones, papeles y otros elementos de desecho que luego serán vendidos. 

Al dato histórico reciente se suman, en la obra de Sapia, tempranas vivencias personales como habitante de un heterogéneo barrio porteño. “Yo vivía en una casa llena de libros y de cuadros, en una calle de lo más común, parecida a muchas calles de la ciudad. Pero en unas pocas cuadras alrededor se apiñaban extensos barrios de monoblocks, villas miserias, vastos complejos fabriles, barrios acomodados de chalets. Con el tiempo descubrí que no era tan común vivir en un barrio tan heterogéneo.” 

Exposición Individual: Mariano Sapia — imagen 1
Mariano Sapia. Cartonero Dance, 202. Acrylic no paper. 27 ½ x 33 ¼ in. (70 x 85 cm).

De esa heterogeneidad barrial él retiene los avatares de grupos marginales. Pero, contrariamente a lo que podría suponerse, su visión no es trágica ni pesimista porque el humor y, sobre todo, el asombro encuentran siempre un lugar, como sí lo extraordinario no estuviera en lo lejano sino en lo más próximo. Observaba Hamlet: “Más cosas hay en el cielo y en la tierra, Horacio, que las que sueña tu filosofía.” 

Apartándose de los modelos del realismo crítico, Sapia descubre, sin ideologismos, que la marginalidad puede ser también sinónimo de vitalidad, alegría, festejo. De allí que los protagonistas de sus obras no sean seres grises, vencidos por las circunstancias. Cubiertos de colores cálidos, intensos, están por lo general en movimiento, atentos a veces a un acontecimiento inminente o al accidente que amenaza y puede desarmar toda la escena. Podemos imaginarlos guiados por la necesidad de inventar, día tras día, nuevas formas de supervivencia. Hoy se llaman “cartoneros” o, en su versión más violenta, “saqueadores” o “piqueteros” que cortan rutas y accesos para llamar la atención de la sociedad. Se trata, en parte, de una nueva clase empobrecida, un sector de la (ex) clase media argentina. 

En la épica suburbana de Sapia, las calamidades del presente no opacan la capacidad de acción como tampoco la sensación estimulante de estar uno junto al otro. Nadie está solo en las escenas que él construye. No sólo se comparte la organización de un piquete o de un saqueo. También se participa en un baile, en un picado o en una reunión junto al fogón. En sus atmósferas nocturnales encontramos, asimismo, algo del encantamiento del realismo mágico. Se origina éste en las sugerencias de una pincelada virtuosa, generadora de masas cromáticas inquietas, saturadas, luminosas, que delinean sombras y contornos blandos en figuras apenas discernibles de sus fondos, lo que obliga a una lectura atenta del espectador. Asimismo, hay símbolos reiterados que requieren decodificación: banderas argentinas—que acercan la idea de patria y de unión—, puentes, atmósferas turbulentas, cielos tormentosos, lunas. 

Sapia no sólo pinta la marginalidad. Él mismo desarrolla una estética, de alguna manera, “marginal”. Cuando afianza su posición, en los años 80-90, no adhiere a ninguna de las tendencias en boga. Fue siempre fiel a la tradición de la pintura, confiando más en la empatía que en la parodia o en la ironía. Su dicción es el fruto de una conciencia rebelde, distante tanto del pathos expresionista como de todo residuo intelectual.

ELENA OLIVERAS

Mariano Sapia, por Elena Oliveras | artnexus