Exposición Individualabr 2003 - jun 2003· Por Francisca Rivero-Lake

Luciano Matus y Manuel Rocha

Templo de San Agustín

El templo de San Agustín es una singular construcción en el corazón del centro histórico de la ciudad de México. La llamo singular, ya que se trata de una iglesia colonial de estructura convencional que ha tenido múltiples usos a partir de la promulgación de las leyes de la Reforma de finales del siglo XIX. La alteración más evidente, la cual es muy pertinente mencionar para describir la intervención de Matus y Rocha, es que a partir de que dicho templo se convirtiera en Biblioteca Nacional, le fueron colocadas a lo largo de la nave central esculturas monumentales (aproximadamente 3 m de alto con un pedestal de 2 m de altura) de filósofos y pensadores claves de la historia, como Aristóteles, Dante y Goethe. La nave mide cerca de 60 m de largo, una altura máxima de 35 m y tiene 6 capillas laterales. El templo se encuentra prácticamente abandonado, está a cargo de la dirección de artes plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ha sido usado en los últimos años como espacio de exposición con muestras espectaculares, como la instalación masiva de Janis Kounelis en 2000 y Thomas Glassford en 2001. En esta ocasión, dos artistas de medios muy diferentes tomaron el espacio, logrando una obra muy compleja y estremecedora. 

Por un lado, Mauricio Rocha, reconocido musicólogo y artista sonoro, grabó el sonido de su aplauso en cada una de las cuatro capillas de los extremos de la nave. Esos sonidos, propios de la acústica del espacio, fueron transformados, logrando, a partir de su manipulación, extraer gran variedad de tonos que, reproducidos en dos canales independientes emitidos simultáneamente a partir de parlantes en las cuatro capillas, hacían reteñir la nave completa. 

Exposición Individual: Luciano Matus y Manuel Rocha — imagen 1
Luciano Matus y Manuel Rocha. Reconocimiento del espacio, 2002. Intervención espacial y sonora. Templo de San Agustín (Ciudad de México).

Luciano Matus continúa con la serie de intervenciones en espacios específicos a partir de delgados tensores de metal que rematan en un par de imanes en atracción, los cuales evidencian el espacio a partir de la distancia que los separa. La intervención en San Agustín es la más ambiciosa en la carrera de Matus. Su solución resultó espléndida, ya que logró intervenir en la sensación de la escala misma del espacio a partir del tejido que hizo con el tensor, tomando como puntos de apoyo sólo salientes y/o accidentes de la arquitectura del templo. Es decir, como el edificio es patrimonio nacional, está prohibido modificarlo en su más mínima expresión. Lo que quiere decir que no está permitido ni siquiera poner un clavo, por lo que Matus tuvo que estudiar perfectamente los accidentes y estructuras ya existentes en el espacio para sostener en ellos los tensores de metal. Los hilos que usó en esta ocasión eran de níquel, planos, de 3 mm de espesor, por lo que reflejaban la luz como destellos. Distribuidos a lo largo de la nave, a una altura promedio de 1,60 m —el nivel de los ojos del artista— se encontraban 26 pares de imanes en atracción. Estos creaban una pauta de recorrido del espacio, el cual, al ir avanzando del coro hacia el altar de la iglesia, permitía descubrir la dimensión de la nave, y al transitar, descubrir la existencia de los dos canales de sonido, jugando con las sensaciones y alentando a los espectadores a seguir recorriendo el espacio, descubriendo y comprendiendo la obra. Al llegar al cruce de la nave, punto final del recorrido de los tensores, se descubría un imán que, al contrario de los otros, se encontraba cercano al piso, en constante y sutil movimiento. Con este detalle, principio o fin de tejido del espacio, se descubría que los tensores estaban colocados a manera de circuito. 

Como conjunto inseparable, es decir, la nave con figuras de filósofos en vez de santos (como sería lo esperado), intervenida por cientos de metros del tensor metálico, con sus remates que dan una sensación de magia o de alteración de la gravedad hasta que se descubre que son imanes, y con la presencia del sonido que hacía reteñir el espacio, generaba una experiencia que desafiaba cualquier preconcepción. La escala masiva del edificio se veía truncada por estos hilos color plata que mostraban el camino creando triángulos de escala humana. La luz, artificial o natural, reflejaba en los hilos destellos que los hacían visibles, habitando lo que antes fuera espacio vacío, haciendo volver la mirada del espectador y reconocer la inmensidad en la que está sumergido, pero en la que ahora se siente “protegido” por la escala humana creada por dichos triángulos. Al mirar desde el altar, el cual tiene una elevación de un metro conforme al resto del espacio, los brillos en los tensores parecían hacer visibles los rayos de luz, creando una sensación mística y mágica. El sonido, gracias a su cualidad abstracta y ubicua, aunque imposible de identificar como extraído del espacio, lograba la unión entre todos los elementos. 

Sin lugar a dudas, la obra de Matus y Rocha conquistó este espacio complicado de características singulares, construyendo una obra contundente, difícil de explicar en palabras y riquísima en sensaciones.

FRANCISCA RIVERO LAKE

Luciano Matus y Manuel Rocha, por Francisca Rivero-Lake | artnexus