Rudolf y Margot Wittkower en su clásico Nacidos bajo el signo de Saturno demostraron que las actitudes y temperamentos atribuidos a los artistas tienen un carácter histórico, y varían con los tiempos. Lo mismo ocurre, desde luego, con su función social, y desde el artesano medieval adscrito a un gremio hasta el artista intelectual del Renacimiento, inspirado por una sutil melancolía, pasando por el religiosamente iluminado y escrupulosamente ético del manierismo y el barroco, o el artista hombre de mundo, como Rubens, el racionalismo neoclasicista y el malditismo romántico, una mezcla de verdad individual y convención social ha contribuido a la creación de tipos humanos diversos y hasta contradictorios dentro de los cuales se inscriben los más variados caracteres, ligados a lo que no dudan en considerar como “una profesión singular.”
La personalidad de José García Cordero debe situarse, para ser definida en tanto que tipo sociológico y en cuanto individuo, en un doble contexto, como el de todos los artistas emigrados a Europa o los Estados Unidos que, no obstante, mantienen fuertes vínculos con éste, su país, no sólo a través de por lo menos una exposición anual, sino, en muchos casos, con la participación en colectivas e incluso períodos de trabajo más o menos largos en nuestra tierra.

En cualquier caso, una referencia es Europa, adonde el artista tiende a considerarse cada vez más como un “profesional del arte,” y la suya una ocupación como otra cualquiera. El otro contexto a considerarse es el latinoamericano, donde pervive en mucho mayor grado el estereotipo de la bohemia más o menos romántica. Entre estas dos coordenadas y referencias, no dudamos en identificar tipológicamente a José García Cordero con el arquetipo de la provocación, un espíritu que procura, antes que nada, mantener viva y activa la inquieta sensibilidad de las vanguardias.
Pese a que su primera muestra individual data de 1983, y a que ya en 1979 había ganado un Premio de Dibujo en la Bienal de Artes Visuales de ese año en Santo Domingo, es, a nuestro juicio, sobre todo un artista de los noventa, y de los que mantienen en alto el estandarte de la pintura en un medio cada vez más dominado por la fotografía y por la instalación. Un artista de la resistencia, pero también de la vanguardia, con un claro compromiso con la creatividad sin límites, tal como fue asumido por el grupo que conforma junto con Martín López y otros artistas, el de los extramodernos, cuyo órgano de expresión fue, sobre todo, en los años noventa, la revista El Frío Cálido.
Es sobre todo un artista que nos convence de que la superación de la modernidad no está en unos medios, sino en el manejo que se hace de estos, y de los términos culturales, en la lucidez crítica con que se cuestionan las limitaciones formales e ideológicas impuestas por el proyecto de la modernidad, y sobre todo, la ingenua y decimonónica fe en el progreso que informaba el propio proyecto de las vanguardias artísticas del siglo XX, manteniendo, sin embargo, la libertad ganada por éstas.
Es en este sentido que su obra, rebasadora de límites, cuestionadora de tabúes, iluminadora de lo oculto, de lo reprimido, de lo nefando, resulta una de las más provocadoras de hoy, adentrándose en el terreno de lo siniestro, trasfondo y límite de lo estético convencional, que es a la vez su negación. Y también en ese ámbito de lo oceánico, donde lo maldito y lo sagrado, como lo ilustra la palabra latina sacer, son un solo y unificado abismo. La actual exposición en la Galería de Arte Lyle O’Reitzel, Arte Contemporáneo, titulada El retorno del mataperros, resulta ser todo un ejercicio de introspección, en tanto que el artista escarba en su propia conciencia, haciendo del autorretrato un instrumento de autoanálisis, para plasmar una percepción de la realidad que es idéntica para la psique que para los objetos, rebasando la categorización que discrimina entre objetividad y subjetividad. Su animación de la naturaleza, por otra parte, difiere de la propia del romanticismo, puesto que no supone una expresión de la reconciliación del hombre con su mundo, ni siquiera de su absorción por lo sublime numinoso, sino la expresión de la agresión recíproca, así como el pendant de la cosificación de los seres vivos.
Otro recurso importante es la ironía, sobre todo en lo que toca a los símbolos del poder social y del status, como la jeepeta, o el aire siniestro de los personajes, emblemáticos de una sociedad superficialmente armoniosa, pero que alberga en su seno toda la insidia imaginable y una sorda y subterránea violencia. El artista se metamorfosea en boxeador, en mafioso, en un espinoso cactus, o, finalmente, descansa en la hamaca con su supuesta víctima, el perro al que debía matar. Tanto las dramáticas composiciones en escorzo como el claroscuro barroco, el drama sangriento del rojo, las composiciones basadas en la estética de la acumulación, cuyo ritmo obsesivo nos recuerda recursos del cine de Hitchcock, así como el incisivo dibujo de García Cordero, contribuyen a crear algunas de las imágenes más impactantes y de mayor eficacia expresiva del arte dominicano contemporáneo.
LAURA GIL FIALLO
