La exposición que presenta Isabel de Obaldía actualmente en el Museo de Arte Contemporáneo sorprenderá a aquellos que no han seguido su desarrollo desde la primera muestra de sus trabajos en vidrio en Panamá, en el mismo espacio, en 1993. Ha sido una década de trabajo y un camino ascendente el que ha recorrido esta artista desde aquellas primeras formas sencillas de hombres y animales, y pequeñas vasijas de vidrio tallado, seguidas al cabo de unos años por sus primeras esculturas de vidrio moldeado, hasta las grandes formas humanas que caracterizan su obra actual.
Con el título Fragmentos de guerreros, la exposición actual incluye una veintena de esculturas de figuras humanas, o de trozos de cuerpos, en su mayoría a escala natural, que se alejan visual y espiritualmente de sus “guerreros” de vidrio anteriores. Contra un fondo en blanco y negro, dentro de un espacio hábilmente dividido en dos recintos, resaltan piezas de intenso colorido y transparente luminosidad. Junto a las esculturas, la artista ha incluido algunos dibujos grandes, siempre de formas humanas, que sirven de complemento a las piezas tridimensionales y que recuerdan los años que De Obaldía les dedicó al dibujo y la pintura. El montaje es impecable, reflejando el profesionalismo de esta panameña que, después de entrenarse en la Escuela de Vidrio de Pilchuck en Estados Unidos y en la República Checa, se ha dado a conocer internacionalmente por su habilidad como artista de vidrio, tanto entre expertos en esta rama de las artes como entre coleccionistas de escultura contemporánea.

Llama la atención al entrar al espacio expositivo un imponente torso de vidrio transparente y azul, con aberturas como heridas, por las que atraviesan el cuerpo tres lanzas, también de vidrio. Esta obra, titulada Sangre azul, anuncia de manera frontal las pautas de esta muestra: calidad, color, translucidez, formas osadas y originalidad en la técnica. En Sangre azul, el cuello, los brazos y las piernas truncadas insinúan la fuerza de las extremidades ausentes y tenemos la sensación, como en toda esta exposición, de estar frente a obras que parecen arqueológicas pero también contemporáneas, realistas y a la vez abstractas. También es común a todas las piezas una calidad andrógina, porque representan seres humanos que no son ni hombre ni mujer, detalle curioso en el trabajo de una artista que a través de los años se ha concentrado casi exclusivamente en la figura masculina. Con la excepción de los dibujos, se trata de figuras caracterizadas por una falta de especificidad sexual, pero una imponente presencia corporal, casi atlética en su musculatura y energía tácita.
Frente a Sangre azul, como en un altar, están colocadas en un semicírculo una serie de pequeñas y luminosas figuras de rodillas, como hombrecitos en posición de oración, impresión que confirma el título de Orantes. Sin embargo, si son guerreros, parecen vencidos, como implorando frente a un escuadrón. El frente de las figuras es plano y las espaldas son fornidas, con glúteos bien definidos y musculosos brazos y piernas. Aunque tienen la misma forma básica, cada figura es original en su colorido, tallado, acabado y expresión. Una, en gris y negro, aparece llena de hoyos, como balazos al pecho y la cabeza. Dos figuras, en tonos de amarillo, tienen un tiro al blanco tallado en el pecho. A diferencia del resto de las esculturas en la muestra, estos hombres tienen cabezas, aunque no caras.
En otra fila, esta vez sobre la pared, encontramos una serie de torsos de vidrio que terminan no con piernas truncadas sino en una V femenina que contrasta con el pecho musculoso, enfatizando nuevamente la sexualidad ambigua de las esculturas de esta muestra. Estos cuerpos impactan por su energía contenida, por las superficies ricas en textura y por la opulencia de los colores en el vidrio “rojos de sangre y óxido, azul intenso, verde acuoso y amarillos fulminantes” que se perciben en su interior, factor digno de resaltar que se pierde un tanto por la falta de iluminación adecuada.
En contraste con los torsos sin extremidades, en El ausente encontramos el cuerpo representado sólo por brazos y piernas suspendidas de alambres como pedazos de marionetas humanas, que se pueden componer y recomponer en diversas posiciones. Por un lado, parecen formas líricas de brillo plateado y máculas rojas, y por otro, recuerdan los residuos de alguna guerra, cuerpos fríos, manchados de sangre, de los que ya voló el alma. En Los Brazos de Irga Tara, la artista logró una espléndida unión de dibujo y escultura, y de extremidades con tronco, al colgar dos corpulentos brazos de un claro vidrio moldeado en arena frente a un dibujo esquemático de un cuerpo descabezado, en blanco sobre fondo negro. La iluminación contribuye a enfatizar la transparencia y la tridimensionalidad del vidrio frente a las líneas sintéticas del boceto que le sirve de escenario.
En el fondo del salón, De Obaldía culmina esta muestra con un homenaje a la antigüedad clásica en obras que paradójicamente revelan una atrevida actualidad, presentando su propia versión de las estatuas de las culturas mediterráneas “como bien menciona Angela de Picardi en su presentación al catálogo”, o de las huacas precolombinas con sus típicas combinaciones de los mundos humano y animal. Imamá es un cuerpo con piernas de cuyo pecho brota la cabeza de un jaguar con ojos y colmillos tallados que recuerda aquellas cabezas felinas que emergen de ciertas piezas prehispánicas de Costa Rica y Panamá. Imamá (qué significa “jaguar” en el dialecto de los indios chocó) es un cuerpo humano en cristal translúcido, en el que los tonos de la piel del jaguar pasan al interior de la figura. La materia misma de la escultura contiene, como sólo lo puede lograr el fuego, una amalgama de amarillos áureos, ocres rojizos y manchas negras.
Finalmente, como kouros griegos o estatuas etruscas, las dos espléndidas figuras humanas que De Obaldía tituló Mica y Cobre muestran un balance de formas y un sereno clasicismo que inspiran silencio. En la primera, la artista incorporó al vidrio hojas de aluminio que producen un brillo como el de la mica, plateado pero sutil. La superficie áspera de esta pieza juega con la decoración metálica creando una belleza abstracta que se contrapone a la naturaleza figurativa de la obra. Impresiona la habilidad técnica de esta escultora en un medio en el que los errores no tienen arreglo, y donde los riesgos de arruinar una pieza son múltiples a lo largo del proceso técnico. Además, resalta el cuidado con que diseña los pedestales para cada escultura en acero inoxidable, y a veces en hierro, así como las varas de metal “últimamente en cobre” que dan soporte interno a las esculturas. También usa cobre para los pernos de diversos tamaños con que busca resolver la conexión de las extremidades al torso en estas figuras de proporción humana. El problema aparece resuelto de otra manera en Mica, donde las varillas que surgen del pedestal sirven para sostener las piezas como flotando una junto a la otra, de tal manera que el ojo las conecta y a la vez se recrea en el vacío, elemento esencial en el arte escultórico.
Más allá de su conocimiento de la gran variedad de técnicas del moldeado y tallado en vidrio, y su cuidado en los detalles, De Obaldía impresiona por su espíritu de trabajo y experimentación, y la manera en que se lanza en cada obra a buscar nuevos efectos. En Cobre, bandas diagonales logradas con lámina de cobre cruzan el torso y los muslos de este humano representado sólo por su tronco y piernas, ofreciendo tonos rojizos y metálicos que dan brillo a la superficie y también solidez a esta pieza de luz etérea. A la vez, el cobre plano y sus texturas ofrecen un juego visual con la calidad transparente del vidrio argentino y azul que son la materia prima de esta figura. Las esculturas en vidrio de Isabel de Obaldía fascinan por sus contrastes entre luz y opacidad, textura y brillo, pero también por su paradójica combinación de fragilidad y fuerza, hombre y mujer, arcaísmo y actualidad.
MÓNICA E. KUPFER
