Podríamos estar tentados a pensar en la obra de Graciela Sacco como infecciosa, una epidemia de impactantes imágenes que se extiende desde el espacio privado hasta la esfera pública, desde las galerías a las calles, y de los muros a la piel. Sus imágenes parecen brotar de objetos y paredes desechados para confrontarnos, contarnos historias y forzarnos a reconocer su silenciosa y perturbadora presencia. Aunque evita cualquier narrativa formal, el arte de esta fotógrafa, profesora y erudita nacida en Rosario, Argentina (1956), parece navegar a través de esa tierra de nadie situada entre el campo de la sensibilización de la política y la politización del arte. Sus poéticas composiciones son meditaciones sobre luchas sociales y frustración social, utopías y represión, sufrimiento, ira y desespero. Lejos de ser didáctica o moralista, la obra de Sacco no está al servicio de ninguna ideología ni predica u ofrece fórmulas ya hechas y no hace demasiado hincapié en el culto al trato injusto, un elemento indispensable de la propaganda. Para abordar la pesadez de estos temas básicamente emplea sólo luz y sombras. Su exposición más reciente, en la galería itinerante World House, de Donald Taglialatella, incluyó una selección de grabados y ambientes luminográficos tomados de algunas de sus últimas series.

En una época en la que la tendencia en fotografía es abrazar lo digital y abandonar el cuarto oscuro, Sacco ha reinventado la fotografía adoptando, investigando, retroadecuando y mejorando una antigua técnica llamada heliografía, literalmente, pintar con la luz del sol, una variación sobre copia heliográfica que consiste en esparcir una emulsión fotosensible sobre una superficie y exponerla a la luz. Sacco es la autora del libro Escrituras solares (1994), en el cual define los aspectos históricos y críticos de esta técnica que ha sido relegada comercialmente a hacer copias de planos arquitectónicos. En su caso, ella emplea una fuente de luz controlada, no el sol, para obtener las cualidades muy precisas que requiere para sus grabados. Por estos medios, cualquier superficie podría convertirse en un lienzo para sus imágenes, y Sacco es capaz de transferir imágenes a viejas pastas de libros, maletas, persianas, botellas de agua, astillas de madera desechadas, plástico, vidrio y todo tipo de objetos encontrados. Ninguna superficie está a salvo de sus recordatorios de injusticia social, y la técnica misma podría ser una metáfora de colonización, ocupación e invasión. El compromiso político de Sacco parece ser, ante todo, mantener vivo el recuerdo de las víctimas de los regímenes totalitarios y los intervencionismos, en especial aquellas que vivieron los aterradores y oscuros días de la dictadura militar de su país. Pero su obra también trata del sufrimiento de las víctimas de crueles burocracias y del dolor de quienes sobrevivieron a relaciones disfuncionales y sádicas.
La obra de Sacco consiste en crear intensas metáforas recreando reproducciones y dando un giro a sus significados, estableciendo un diálogo y contradicciones entre forma y contenido, y considerando el espacio como una parte integral de la obra. Ella emplea fotografías que toma de los periódicos, así como sus propias fotografías. Al no darles los créditos a las imágenes que toma prestadas, la artista emula la anónima impersonalidad de los medios masivos de comunicación y su formidable poder para fusionar noticias y mitos, para desdibujar las diferencias entre información, publicidad y entretenimiento, así como para fabricar la historia de acuerdo con su ideología e intereses.
De la misma forma como Sacco rescató la heliografía, también contribuyó a dar un nuevo significado a otras formas aparentemente en desuso, como el arte postal y las intervenciones a las vías, en donde al arte se desliza hacia el mundo “exterior”. Esta artista ha llevado a los desamparados, los desposeídos y las revueltas callejeras a la galería. Por otra parte, también ha infiltrado el espacio doméstico y asimilado las lecciones de los situacionistas para competir contra los implacables estímulos visuales de la publicidad y la propaganda, con el fin de desafiar su hegemonía en los espacios públicos con sus Interferencias urbanas (ella prefiere ese término al más común de intervenciones urbanas, “porque es una cuestión de una mínima vibración visual que, sin embargo, nunca pasa desapercibida”). Estas interferencias normalmente toman la forma de afiches colocados a lo largo con avisos callejeros que asaltan al público desprevenido. Así, las revueltas callejeras del pasado reaparecen en forma espectral como improntas de la historia; como dice Sacco, “La desmaterialización de los objetos materializa imágenes”.
Algunas de sus piezas más reveladoras son heliografías impresas en trozos de madera encontrados, de la serie Cuerpo a cuerpo. Aquí tenemos imágenes de manifestaciones populares del pasado, algunas fácilmente reconocibles como pertenecientes a los disturbios de 1968 en París, cada una impresa delicadamente sobre varias tablas de madera largas y delgadas. Las causas y reclamos de los manifestantes, en general desconocidos, parecen distantes. Los detalles de la lucha podrían percibirse como si estuvieran en el proceso de desvanecerse, pero sus miradas endurecidas, sus poses, gestos y lenguaje corporal desafiantes son expresiones universales de valor, determinación y esperanza. Sacco cuestiona el presente exponiendo la latencia de las demandas de justicia nunca satisfechas. No obstante, el hecho de que la instalación estuviera hecha de piezas individuales que, al igual que un frágil rompecabezas, podrían fácilmente desaparecer con un soplo sirve como metáfora de la naturaleza efímera y la inestabilidad de las luchas sociales. Sus piezas en las cuales la luz pasa a través de vidrio impreso para proyectar sombras sobre las paredes también crean la ilusión de que los manifestantes están expandiéndose o dispersándose. De la misma forma en que Sacco fragmenta en tiras las masas e incluso los individuos, como si se les forzara a pasar por una trituradora, fragmenta el cuerpo, aislando ojos, bocas, manos y torsos y empleándolos como símbolos de hambre, vigilancia, alienación, abuso, etc. Estas piezas se podrían alterar o modificar con facilidad, y de esta forma el documento histórico puede ser falsificado o distorsionado, al igual que nuestros recuerdos cambian con el tiempo. La obra de Sacco podría confundirse con nostálgicas pinturas románticas e incluso decorativas, pero en realidad, y en particular en esta época turbulenta, puede también evocar el horror más absoluto de la bomba atómica. Sus imágenes nos recuerdan las multitudes que, en una fracción de segundo, fueron reducidas a impresos en las paredes y el piso. La obra de Sacco establece un círculo desde la alquimia vivificadora de la heliografía hasta la aniquiladora luz termonuclear.
NAIEF YEHYA
