La fotografía posee la virtud de mostrarnos una realidad y constatar la veracidad de algún hecho. Ésta es su esencia primordial. Tiene valor como documento, si se ha escogido hacerla con tal intención, por lo que podemos conocer o re-conocer, según el caso, parte de una geografía, una historia, el contexto que rodea a unos personajes particulares, entre otros.
Es lo que sucede cuando contemplamos Paraguaná. Herederos del viento y del sol, muestra inaugurada a fines de 2002 en la sede del Proyecto Centro Nacional de la Fotografía, antes del lamentable fallecimiento de su autor, el fotógrafo Félix Molina. Paraguaná, península situada en la parte noroccidental del país, justo donde comienza la América del Sur, es una zona caracterizada por su aridez, grandes y solitarias explanadas y un inclemente clima de sol, mar y sequedad. En esta tierra nació Molina y es tema recurrente y referencial en su trayectoria fotográfica.

La serie Paraguaná. Herederos del viento y del sol la inicia en 1977, aún cuando el fotógrafo la fue trabajando interiormente, luego de realizar frecuentes visitas a la región a partir de 1959, al finalizar sus estudios de Arquitectura en Caracas. El reencuentro con su gente, con los recuerdos, los lugares de su infancia, le permite lograr imágenes plenas de intimidad. Si bien éstas son un registro fiel de la realidad —al punto que esta serie es considerada como una de las más selectas de la fotografía documental venezolana—, es importante señalar que más que un registro veraz de una realidad, se trata de una fotografía vivencial, hecha a partir de redescubrimientos y procesos internos del artista. Paraguaná. Herederos del viento y del sol forma parte de su memoria visual. Consciente de que esta península —y el estado Falcón en general— despierta interés a cualquier visitante por el aura especial que contiene, logra que el espectador se compenetre plenamente con la zona al contemplar estas imágenes. De esta manera, su memoria particular se vuelve colectiva y social. Esto explica también por qué gana en 1981 el Premio de Fotografía Venezolana otorgado por el Conac.
El "sabor de lo real" queda plenamente encarnado en estas fotografías. El carácter poético que subyace en cada una de ellas se encuentra en la manera como los ambientes quedan demarcados por contrastes de luz. Imágenes de interiores, con los personajes que allí lo habitan (Manuel Ángel Molina, Caya, Alberto Díaz, etc.), son hermosos umbrales de luz, aspecto que hace tan propio su estilo fotográfico. Resalta, asimismo, las grandes y amplias atmósferas como una manera de expresar la vastedad de este entorno geográfico (Salinas, El Calvario, Chatarra) o bien la vastedad de la tecnología moderna, como en la visión aérea que realiza de la Refinería de Amuay, en Punto Fijo, Paraguaná. No en balde el paisaje, y la geografía venezolana en general, ha sido tan definitorio en la obra de grandes artistas nacionales y extranjeros que lo han transitado. Sólo que Molina logra un distintivo que lo hace personal. El uso de objetivos angulares le permite distorsionar hasta un punto la imagen al tratar de condensar el mayor número de elementos en el encuadre. Ello es parte de esa condición intimista de sus paisajes e interiores que nos sobrecoge y de alguna manera nos implica.
Esta condición se agudiza aún más cuando sabemos que Molina en diversos momentos ha señalado que "el hombre es naturaleza". Esta idea vale la pena apreciarla en su dimensión más profunda: el ser que puebla estos desolados y austeros paisajes forma parte de ese paisaje. No hay distancia entre ambos. Goya, la pastora de ovejas, es parte de la historia de la región. Moribunda, sus extremidades semejaban a las ramas de los cujíes resecos. Ya ausente, ella se prolonga en la resequedad y en la aridez del ambiente. Relaciones similares vemos en imágenes como Caya y Mangles. Apreciaciones como éstas son las que fundamentan la connotación mágica que tanto se ha recreado en la literatura latinoamericana.
Es tal el valor que Molina otorgó a la realidad rural que nunca pretendió imponer una visión citadina y cosmopolita de ella. Jamás utilizó la cámara buscando un punto de vista por encima de quienes fotografiaba. Según sus palabras, esto es asumir una actitud peyorativa frente al campo. Muy por el contrario: los personajes y las escenas se sitúan a la altura de sus ojos, entre iguales, razón por la cual estas imágenes infunden el respeto que toda realidad merece.
