A la altura de un arrojo que siempre lo ha caracterizado e impregna todo su trabajo, Arnaldo Roche Rabell (Santurce, Puerto Rico, 1955) se enfrenta ahora, con vehemencia y una fogosa actitud artística y existencial, a uno de los personajes “y obras” mayores de la historia del arte: Vincent Van Gogh. Obviamente, los riesgos son inmensos, desde el mero pastiche hasta el sentimentalismo más melodramático, desde el kitsch hasta el anecdotario narrativo. Pero Roche sabe sortear todos estos escollos para hacer surgir un Van Gogh interiorizado, mimetizado, sin dejar nunca de ser él mismo, Roche, lleno de una vitalidad siempre renovada, ahora bajo la sombra tutelar de un ejemplo paradigmático de entrega total al arte.
Roche Rabell pertenece a estos artistas de la postmodernidad que recurren con desenfado a aquello que se pintó antes de ellos: las citas más eclécticas son parte esencial de su vocabulario. Y entre ellas, Van Gogh ha sido asidua referencia: en 1992, Quinientos años sin una oreja y Todo artista debe morir sin una oreja inauguran una serie de “préstamos” que se prolonga en obras recientes como Y ahora qué, del año 2000.

En la exposición del Museo de las Américas, producto físico de su trabajo de 2002, pero sobre todo como resultado de sentidas reflexiones, de situaciones privadas y de experiencias acumuladas a lo largo de varios años, Van Gogh ha dejado de ser un eco o un fragmento de imagen para convertirse en presencia; “mi semejante, mi hermano”, parece decir Roche, que recrea de manera obsesiva los cuadros que Vincent Van Gogh pintó en su período más fecundo, el de Arles y Saint-Rémy de Provence, ya al borde la locura, o que lo integra como protagonista de sus propias composiciones. Están los girasoles, la mousmé, el sembrador, la habitación del pintor en Arles, el jardín del hospital St. Paul, los autorretratos de Van Gogh y los ambientes del asilo: pero no son copias, ni siquiera interpretaciones. Es la apropiación de un mundo interior, y la búsqueda ferviente de una explicación donde tan sólo puede regir el misterio.
Roche, una vez más, sorprende por la radicalización de su discurso, que luego de llegar en diversos momentos de su trayectoria a lo que parecía un paroxismo, sigue sobrepasándose a sí mismo: la energía física necesaria para hacer de cada cuadro un performance se junta con la ambición espiritual de un compromiso que rompe las fronteras de la intimidad y vuelve a confrontar al artista con sus demonios. Los formatos inmensos, el trabajo casi escultórico en el espesor de la materia, la concentración dramática de los colores (amarillo-azul, amarillo-anaranjado), los espacios sobresaturados y confinados, los cuerpos humanos violentamente dislocados: todos los recursos encajan en esa lógica de los extremos que sella el trabajo de Roche, y lo llevan de modo natural a la identificación con Van Gogh, a un sentimiento de hermandad. Y el parentesco artístico sirve asimismo de soporte para volver a integrar el tema recurrente, si bien subyacente, de su drama familiar: hermandad artística con Van Gogh, hermandad de sangre con un ser que comparte con Vincent un destino trágico.
El tema de la identidad personal y colectiva ha sostenido toda la obra de Roche; en esta última producción, sin embargo, hay una concentración mayor en lo íntimo, desplazando las referencias a la isla y al ser-puertorriqueño que tanto habían pesado en sus trabajos anteriores. Aquí cobra más intensidad la reflexión sobre el ser-artista (que transita por el “faro” Van Gogh) y sobre las dramáticas circunstancias familiares (la pérdida física del hermano y su reencuentro espiritual a través del arte como práctica propiciatoria): Van Gogh es el punto de convergencia y fusión entre ambas obsesiones.
Pero no por eso deja Roche de ser el puertorriqueño que siempre ha sido: ahí están las hojas de helecho “símbolo de su tierra” y toda la tropical profusión de una naturaleza selvática, el tropical barroquismo expresionista desatado, propio de Roche, que recoge y exalta el expresionismo de Van Gogh como una obligatoria síntesis.
Sin embargo, el expresionismo es sólo una medida aproximativa de la creación de Roche: primero por ser tan sui generis y no ceñirse a sus códigos estilísticos, sino desbordarlos, y luego, como consecuencia, por ser tan hiperbólico, que desata una especie de hiper-expresionismo.
La unidad temática de la exposición la convierte a la vez en una narrativa y en una instalación: se trata de una sola obra en la cual el tema de la hermandad como hilo conductor se resuelve en varios “momentos". Roche no rehúye las implicaciones simbólicas, las relaciones crípticas, una sobrecarga del significado: lo amasa todo en una generosa materia pictórica, en una acometida sin freno, gracias a las cuales logra el acento preciso para su discurso.
Una vez más, la presencia recurrente del autorretrato, ahora superpuesto a personajes de Van Gogh (la mujer con el vestido de rayas conocida como La mousmé, el hombre de En la puerta de la eternidad, El sembrador), subraya el carácter identitario de la propuesta. Imágenes anteriores como la de los gemelos reaparecen de modo dramático, junto con otras nuevas, como las cuerdas que amarran los árboles, creando una atmósfera opresiva tan propia de los espacios encerrados del artista. Las paletas, los caballetes, hablan de la hermandad en la pintura, mientras los girasoles de Vincent Van Gogh se entrelazan con los caribeños helechos de Roche (De esta mesa comemos todos). El artista se apropia de la habitación de Van Gogh en Arles, no sólo con su propia cama, sino con estos azules tan suyos (El tercer huésped). En esa misma habitación, una “mesa servida” en la tradición del bodegón holandés “que habla de ausencias”: Mi hermano nunca volvió.
Con este imponente trabajo, Arnaldo Roche da un paso más en una indagación que es, más que una obra, un proyecto de vida en el cual se involucra con la pasión que justifica las más grandes empresas.
*La exposición se trasladará al Museo de Arte de Ponce, del 5 de abril al 27 de julio.
FEDERICA PALOMERO
