La escultora argentina Alicia Penalba, de cuya muerte acaban de cumplirse 20 años, está representada en forma particularmente brillante y completa en la exposición de obras de su atelier que ha realizado la Galería Daniel Maman de Buenos Aires.
Esta muestra se ha constituido en otro llamado de atención sobre esta artista, que si bien se radicó en Francia en 1948 a partir de una beca, es argentina; nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires.
Con motivo de su fallecimiento se publicó en el diario La Nación el artículo “La obra de Alicia Penalba y una falla imperdonable de la memoria argentina,” en el cual se reclamaba acerca de la inexistencia en el país de una política cultural de reconocimiento y rescate de grandes artistas argentinos, como Alicia Penalba, cuyas esculturas no figuran en los museos locales.
En el tiempo transcurrido, esta omisión fue reparada en parte por Guido Di Tella, quien, cuando fue ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, incluyó en la Colección que adquirió para el Ministerio dos extraordinarias obras de gran tamaño, que cualifican la entrada del nuevo edificio de la Cancillería.
La exposición de la Galería Maman, así, se encadena con esta actitud de reivindicación y reconocimiento.

Comprende obras desde 1953, momento en que Penalba define su operatividad eligiendo la escultura (había incursionado antes en la pintura y el grabado) y la no figuración como caminos certeros hacia el logro de sus propios fines. Hay varios ejemplos de estas esculturas totémicas de los años cincuenta, “ídolos de una antigua religión o quizá (ejemplos) de un difuso sentimiento panteísta de la naturaleza,” al decir de Damián Bayón.
No cabe duda de su vinculación con la naturaleza. En el caso de los tótems, tal vez, con el carácter bravío de la Patagonia argentina y sus experiencias de infancia.
En trabajos posteriores, la acertada metáfora de lo vegetal es casi una constante. Herta Wescher, una gran conocedora de su obra, ha escrito que los tótems evocan plantas exóticas petrificadas y que el aspecto vegetal y el arquitectónico se entrecruzaron en su escultura.
De la misma década están presentes ejemplos del Grand Donble, de desarrollo también vertical pero con un doble núcleo ascendente, tema que culminó con la obra monumental realizada en 1972 para la nueva sede de MGIC, en Milwaukee, Estados Unidos, y la que hizo al año siguiente para los jardines de la Universidad de Bordeaux, Talence. Según las propias palabras de Penalba, “estas obras fueron el punto final del tema iniciado quince años antes.” Y agregó: “Dos partes abiertas por el centro de un eje troncal se juntan, se funden, se unifican en ascenso, en un ascenso no precisamente simétrico, sino que es el desdoblamiento libre de una forma.”
Aparece en esas obras el carácter de diálogo entre los elementos escultóricos, o entre los volúmenes y el vacío, que van a permitirle llevar al límite los impulsos dinámicos. Porque esa conciencia del carácter de diálogo no permanece incluida dentro de las esculturas propiamente dichas, sino que se extiende al espacio exterior, naturaleza o arquitectura o ambas. No puedo olvidar la conmoción que me produjo ver los 12 bloques escultóricos que realizó y dispersó en los parques aledaños a la École des Hautes Études Économiques de Saint Gallen, Suiza, y que se convertían en un centro de gravitación de la apreciación del paisaje y los edificios.
Hay un tema más —last but not least— que alcanzó a desarrollar Penalba antes de su trágica muerte: las esculturas aladas. Compuestas de “elementos homogéneos de aspectos foliáceos” superpuestos, toman posesión del espacio, abriéndose con exquisita gracia en un juego de convergencias y divergencias siempre animado y exultante. Con inclaudicable audacia, diversifica en esta serie las variaciones y los contrastes.
El crítico francés Michel Seuphor señaló justamente su capacidad de multiplicar diferencias dentro de una misma serie: “En presencia de un temperamento tan rico, tan superabundantemente dotado, nada tan admirable como la reserva, la ciencia con que esta escultora administra los elementos, limitándose a dos o tres temas —como Brancusi, como Pevsner— constantemente renovados. El gran arte insiste siempre en lo mismo, va de la cosa bien dicha a la cosa mejor dicha, del amor al amor, consiguiendo variaciones infinitas sobre un tema único, siempre nuevo y jamás poseído.”
Esta muestra de la artista que conquistó para la Argentina el Premio de Escultura de la Bienal de São Paulo de 1961 ha contado con la ajustada curaduría de Martha Nanni y con un buen catálogo trilingüe.
NELLY PERAZZO
