Exposición Individualabr 2003 - jun 2003· Por Victoria Verlichak

Alejandra Seeber

Dabbah Torrejón Arte Contemporáneo

La obra de Alejandra Seeber, desplegada en la galería Dabbah Torrejón, confirma la posibilidad y la vitalidad de la pintura en tiempos en que su presunto fin viene siendo rutinariamente anunciado. En su sorprendente muestra Living Rum se advierte que, más allá de las pinturas sobre tela o pared, todo lo que hace la artista se halla asociado nítidamente con la pintura, aún cuando esté trabajando digitalmente o con baratas cerámicas “made in China”. 

Aunque Seeber vive en Brooklyn, adonde llegó hace más de tres años, sabe muy bien qué la rodea tanto en su vecindario —desde donde vio la traumática implosión de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001— como en su Buenos Aires querido. Mientras se hallaba terminando las piezas de esta exposición en la apacible ciudad de Providence, Alejandra Seeber ayudó a un amigo que completaba un documental sobre Argentina a interpretar las expresiones de los actores sociales de los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001, que desembocaron en la caída del presidente constitucional Fernando de la Rúa. 

Entre el sonido de escraches y cacerolazos, ya que su estudio se hallaba contiguo al de la edición del video, y la tranquilidad de los tiempos que impone el uso del óleo, la artista prosiguió con los “tratos” a los que somete a la pintura. “Son cosas que les hago a las pinturas. Son pequeños ataques, casi para defenderla del gran ataque que padece. El capitoné, por ejemplo, es uno de mis ataques, contraataques, a la pintura. De alguna manera el gran ataque a la pintura de los últimos tiempos fue volverse decorativa. Creo que, en los tiempos que corren, en donde vivimos llenos de sensaciones extremas, casi todo se volvió decorativo. Pienso que la realidad transcurre con “fondos” detrás. Sí, tal como está dado en la pintura”, señala Seeber aludiendo a su Living Rum. 

Exposición Individual: Alejandra Seeber — imagen 1
Alejandra Seeber. Puerta/Interior con lámpara de ciervos y empapelado de rocas y elefantes blancos, 2002. Acrílico y óleo sobre tela. 145 x 140 cm. (55 ⅓ x 55 pulgadas).

La mayoría de los trabajos presentados en Dabbah Torrejón no describen la crispada realidad exterior neoyorquina o porteña, sino que parecen proyectar interiores de viviendas convulsionadas. Lejos de la hipotética tranquilidad de lo “interior”, las imágenes parecieran confirmar la perturbadora realidad de lo “exterior”, debilitando la frontera entre los espacios privados y los públicos. Esta confusión entre los bordes es exasperada por la artista en su propuesta que —al menos en una serie de pinturas— duplica el centro de atracción y exacerba los contrastes. Así, en una misma tela los bordes blandos de los muebles de una imagen “confrontan o dialogan” con los ángulos rectos de las geometrías de la otra estampa que se halla apenas separada por unos centímetros; igualmente, el estilo imperio compite con el rústico de la ilustración vecina. ¿Será que sus cuadros dobles recrean el tironeo que la artista siente entre su actual vida nómada en Estados Unidos y los afectos y costumbres que dejó en Argentina? ¿O es que la artista crece a la luz de la contradicción y su obra se regocija en el contrasentido? 

Descentradas y paradójicas, en un estilo inclasificable pero con elementos que agudizan cierto expresionismo y el sentido de lo absurdo, las aparentemente modestas escenas que Seeber describe transcurren entre un supuesto descuido y el detalle obsesivo, entre la ternura y la perplejidad. Por eso sus complejas pinturas tienen algo caricaturesco, pero también algo muy serio. Las imágenes aparecen engañosamente alegres, pero resultan de una intrigante gravedad. ¿O es al revés? Aparecen engañosamente graves, pero resultan de una intrigante alegría. 

Con perspectivas subvertidas o con imágenes superpuestas, los paisajes de interiores carentes de figuras humanas y las esculturas que Seeber construye a partir de objetos cotidianos pueden ser vistos sólo parcialmente, obligando al observador a completarlos en su mente. Pareciera que en estas pinturas y objetos casi todo es fragmento o palimpsesto. Como si las imágenes estuvieran repletas de huellas de vidas anteriores que, habiendo caído en un irremisible deterioro, fueron rescatadas por la artista que no abandona un aparente optimismo en medio de la inestabilidad espacial que conjuga. 

Así, su experimentación con la pintura es múltiple y siempre distinta. Las telas con manchas que aluden a la pintura dentro de la pintura; la representación de paredes descascaradas, agujereadas, acolchadas, rellenadas, y de empapelados desgarrados con motivos infantiles, que incluyen elefantes blancos (el emblema del gobernante Partido Republicano de Estados Unidos); los retratos cortados en tiras y vueltos a “tejer” (con la ayuda de su amiga Elyse); el soporte desflecado o roto y remendado; los objetos destrozados y vueltos a arreglar, conforman una desconcertante pero provocadora mezcla. ¿Son trabajos que aparecen trasuntando una violencia disimulada tras vibrantes colores? ¿Es que los escenarios incongruentes, los armados y desarmados, los parches, son el triunfo de la diversidad, de una deseada reconciliación de lo irreconciliable o el reflejo de una pintura altamente emotiva? Podría ser. Pero es difícil asegurar su significado porque esta pintura repleta de energía está lejos de ser discursiva.

VICTORIA VERLICHAK

Alejandra Seeber, por Victoria Verlichak | artnexus