Exposición Individualabr 2003 - jun 2003· Por Valeria Piccoli

Albert Eckhout

Pinacoteca del Estado

La alta concurrencia de público en el museo durante la mañana del segundo día de exhibición de la muestra de Albert Eckhout en la Pinacoteca del Estado es una clara señal de la expectativa generada en torno a la llegada de sus obras a São Paulo, después de haber sido presentadas en Recife y Brasilia. Al recorrer la exposición, se puede constatar que el número de visitantes es notable, así como también la atención que estos dedican a la lectura de la gran cantidad de textos y carteles explicativos. Se trata, en fin, de una exposición de carácter histórico que ha adoptado una modalidad abiertamente didáctica en su forma de presentación. 

Es la primera vez que el conjunto de las 21 obras del pintor holandés Albert Eckhout (c.1612–c.1665), pertenecientes hoy al Nationalmuseet de Copenhague, dejan Dinamarca para una exposición en el exterior en su totalidad. El público brasileño ya había tenido la oportunidad de ver pequeñas selecciones de este acervo presentadas en el MASP en 1991 y 1994. Algunas de las obras participaron también en la XXIV Bienal (1998) y en la Muestra del Redescubrimiento (2000), siempre en São Paulo. 

Exposición Individual: Albert Eckhout — imagen 1
Albert Eckhout. Mulher tupi (Mujer tupi), 1641. Óleo sobre tela. 274 x 163 cm. (107 ¾ x 64 pulgadas). Museo Nacional de Copenhague, Dinamarca.

Las pinturas de Eckhout constituyen, sin duda, uno de los más impresionantes y significativos acervos sobre el Brasil conservados en una institución extranjera. Son el resultado de la permanencia del artista, por un período de siete años, en la región de Pernambuco, como miembro de la comitiva del conde Johan Maurits de Nassau-Siegen, designado por la Compañía de las Indias Occidentales, a partir de 1637, como gobernador general de los territorios holandeses en Brasil. 

El conjunto de pinturas expuestas está formado por 12 naturalezas muertas, realizadas a partir de frutos originales de Brasil o aclimatados a las condiciones ambientales del país; 8 retratos tamaño natural, que representan 4 parejas de los principales tipos de mestizos que constituían parte de la población local; además de la tela que reconstituye la escena ritual de la danza de los indios tapuia, pieza que se ha transformado en el gran hito de la muestra. Estas obras fueron ofrecidas por Nassau-Siegen como regalo al rey Frederick III de Dinamarca en 1654 y estuvieron expuestas, desde entonces, en su Kunstkammer. 

Más allá de su innegable calidad pictórica, recae sobre este conjunto una especie de aura: la de ser las primeras pinturas en retratar la naturaleza y los habitantes de Brasil (junto a las obras de Frans Post, compañero de Eckhout en la comitiva de Nassau). El hecho no solo sirvió para popularizarlas, sino que también alimentó, por décadas, una cierta apología ufana que insistía en la correspondencia entre una primera identidad brasileña y la abundancia de riquezas naturales y la diversidad étnica de la población del país. La muestra que tiene lugar actualmente en la Pinacoteca del Estado opta por evitar esas lecturas reduccionistas y apuesta a la contextualización histórica de las obras de Eckhout, situándolas en un punto de intersección entre la historia del arte europeo del siglo XVII y la historia económica y social brasileña. Por encima de todo, deliberadamente desvía los recargados efectos escenográficos inaugurados por la polémica “Muestra del Redescubrimiento”, que en el año 2000 conmemoró los 500 años de la llegada de los portugueses a Brasil. 

La exposición de Eckhout se organiza a partir de siete ambientes. En un primer momento, un conjunto de libros raros, mapas y grabados de época, además de un video sobre el pintor, intenta reconstituir el panorama histórico de la conquista por los holandeses de una parte del territorio brasileño, esclareciendo los motivos que envuelven la venida y la permanencia de Eckhout en el país. Junto a las naturalezas muertas, que ocupan dos salas de la exposición, una etiqueta presenta la identificación y procedencia de cada una de las especies botánicas y artefactos que componen las telas, y al mismo tiempo los textos sobre la pared analizan las obras a la luz del desarrollo de la pintura de ese género en la Holanda del siglo XVII. El majestuoso conjunto de los ocho retratos se encuentra expuesto en un único espacio, colgados muy por encima de lo que admite la museografía convencional, reforzando la hipótesis de que las pinturas habrían sido ejecutadas para la decoración de uno de los palacios de Nassau, y en consecuencia, poseedores de distorsiones de perspectiva con el fin de la corrección óptica. 

La escena de la danza de los indios tapuia, exhibida en la última sala, merece una ambientación especial con música incidental y paredes redondeadas, simulando una habitación indígena. El visitante es colocado en la posición de un voyeur que sorprende a un grupo de indios desnudos danzando en alegre algazara. No hay duda de que la exposición se dirige a un público más amplio del que habitualmente frecuenta el museo. Para los especialistas, el exceso de didáctica puede volverse incómodo en algún punto. Pero, de hecho, nada de eso es relevante si se piensa en la oportunidad única de tener todas las obras conocidas de Eckhout delante de nuestros ojos (¡y en excepcional estado de conservación!). Para quienes, hasta hace muy poco tiempo atrás, no estaban dotados de ningún espacio museológico capacitado para recibir un acervo tan especial, es, sin duda, un gran paso hacia adelante.

VALERIA PICCOLI

Albert Eckhout, por Valeria Piccoli | artnexus