Exposición Individualene 2003 - mar 2003· Por Luz María Sepúlveda

Priscilla Monge

Museo Rufino Tamayo

Priscilla Monge (San José de Costa Rica, 1968) exhibe en el Museo Tamayo de la Ciudad de México las piezas que ha trabajado en los últimos ocho años, relacionadas con la visión de los papeles desempeñados en la sociedad por los géneros desde una perspectiva de lo femenino. La artista articula un discurso sobre la violencia física o psicológica que el dominio de la mirada masculina ha impuesto sobre las actitudes que debe llevar a cabo la mujer, quien ejerce un posible desahogo en las labores manuales como el bordado.

En tres telas con diseños decorativos previamente impresos la artista representa escenas en acrílico que distorsionan la lectura del cuadro que en un inicio parece impasible, pero en realidad son gritos de alarma, pues se trata de la imagen de una pistola, en una; de una cancha de fútbol con luchadores en vez de jugadores, en otra, y de una mujer aparentemente desolada, en la tercera. En este mismo tono de “violencia organizada” se muestra el balón de fútbol con parches de cuero y de trozos de toalla sanitaria, las máscaras de boxeo con una cajita de música que las acompaña y los dibujos de monumentos a jugadores de fútbol anónimos, como si se tratase de héroes nacionales.

Exposición Individual: Priscilla Monge — imagen 1
Priscilla Monge. El amor es cosa de vida o muerte, 2002. Fotografía a color laminada en madera. 100 x 130 cm. (39 1/2 x 51 1/5 pulgadas).

En la misma sala se exhiben dos taladros que en lugar de broca tienen una bailarina esculpida en bronce, la cual hace piruetas al accionar el pedal del taladro. La artista hace más específico en estas piezas su discurso irónico entre los signos que generalmente definen las relaciones entre hombre y mujer. Más juguetonas, aunque siniestras, son las paletas en resina de colores con figuras de muñecos y en cuyo interior se resguardan dientes humanos. Algunas de las mejores piezas de Priscilla Monge son los pantalones y overoles cosidos con toallas sanitarias con los que en alguna ocasión hizo un performance mientras menstruaba, para aceptarse a sí misma, al funcionamiento biológico de su cuerpo, y tratar de redefinir el tabú que existe en torno a la mujer que debe aislarse mientras tiene la regla.

Una obra muy bella es la habitación cerrada, acolchonada y tapizada en las paredes, piso y techo por toallas sanitarias como si fuesen ladrillos. Uno se siente cómodo en el cuarto y se respira una sensación de protección, calidez, pulcritud y silencio. Un punto simpático es que el sonido es absorbido dentro de la habitación y, pues, las toallas fueron hechas precisamente para que su principal labor sea absorber el flujo menstrual de la mejor manera posible.

Obras que son más explícitas en un enfrentamiento de mujer a hombre son los boomerangs en madera con distintos adjetivos despectivos pirograbados como borracho, hipócrita, puerco, débil, come mierda, cabrón, etc. De la misma manera, resulta el cartón de huevos forrados con lámina de oro, que escenifica una advertencia de “quien los lleva es quien manda”. Las lápidas en mármol tienen impresos epitafios de despecho, pero con un sentido del humor pleno de sarcasmo. Con otra temática, pero con el mismo tono de ironía, son los retratos de naturalezas muertas en las que en una sopa de letras se lee “El arte es cosa de vida o muerte”; en la otra, “La única diferencia entre el arte y la vida es la muerte”, mientras que en los restos de café en unas tazas se predica que “El amor es cosa de vida o muerte” y “No se muere de amor”. En esta misma dirección se enfilan los escritos en serie como si se tratase de castigos impuestos por una maestra de primaria: no debo ser obsesiva, no debo follar con el curador, no debo amar demasiado, no debo dormir con mi galerista, no debo ser infiel...

Otras obras que rescatan el clamor de lo femenino, sin llegar a la reclamación feminista, son el cepillo que en lugar de cerdas tiene pelo humano y los lienzos bordados sobre lino o algodón en los que se lee una carta/cadena a san Judas y La Gran Invocación para transformar el mundo, o recetas impresas sobre tela de “cómo hacerlo tu esclavo” o “cómo ganar mucho dinero”. Otras telas más pequeñas contienen leyendas bordadas que son sentencias a jóvenes inculpados por efectuar actividades aparentemente inocuas pero que recibieron severos castigos.

Por último, la artista presenta tres videos en los que una mujer es maquillada por un profesional, otra juega a que se suicida por amor y una tercera se viste lentamente, haciendo una crítica a las mujeres que recurren al strip-tease. Éstos están elaborados en una estética marcadamente televisiva, casi telenovelesca, que ha demostrado ser más accesible al público en tanto discurso disuasorio sobre la sociedad contemporánea.

 LUZ MARÍA SEPÚLVEDA

Priscilla Monge, por Luz María Sepúlveda | artnexus