Esta exposición es tanto un acierto estético como un error político. El error político consiste en que ella es la segunda de las exposiciones que ha organizado en la Casa de América de Madrid el nuevo responsable de las mismas, Rafael Doctor, quien ha decidido por sí y ante sí que todas las que en adelante se hagan en dicho centro cultural serán curadas exclusivamente por él. Y se comprende: ése ha sido su estilo como comisario en los distintos sitios en los que ha ejercido responsabilidades semejantes en la capital de España, ya sea en la Sala de Exposiciones del Depósito Elevado Canal de Isabel II, ya sea en el Espacio Uno, reservado por el Museo Nacional Reina Sofía para proyectos presentados por artistas jóvenes o por lo menos claramente innovadores. Lo que no se comprende es que los responsables ya no técnicos sino políticos de Casa de América permitan que uno sola persona decida de manera tan excluyente sobre el programa de exposiciones de una institución que como la Casa de América fue concebida por el Estado español como un punto de encuentro entre las artes y las culturas de España y de América Latina. Un propósito tan amplio y generoso como ése no puede quedar sometido, por lo menos en el campo de las artes visuales, al arbitrio de un solo personaje que, además, no ha demostrado todavía conocimientos sobresalientes sobre el arte moderno y contemporáneo de Latinoamérica. Cierto, no se me escapa que en la raíz de la creación de un coordinador de exposiciones, y en la decisión de nombrar a Doctor como primer responsable de dicho cargo, actuó el deseo de poner coto a las presiones ejercidas sobre la dirección de Casa de América por muchos diplomáticos latinoamericanos acreditados en Madrid para que se expusiera en sus salas a sus artistas favoritos que, con excesiva frecuencia, lo eran por razones muy poco artísticas. Pero tampoco se me escapa que la solución a este problema no puede ser confiada en exclusiva al criterio de alguien por muy profesional que sea, a quien, además, se le autoriza la organización de todas las exposiciones que hagan falta. No, me parece que la solución más sabia consistiría en nombrar un comité de críticos e historiadores del arte suficientemente competentes, adscritos a la dirección de Casa de América y con atribuciones para calificar o descalificar los proyectos de exposiciones que sometan a su consideración comisarios o curadores independientes tanto de España como de América Latina. La alternativa actual, encabezada desgraciadamente por Doctor —que es sin duda un profesional talentoso aunque en este caso ciertamente limitado porque el arte de un continente entero no cabe en la cabeza de nadie—, es sustituir el clientelismo por la autocracia. Y eso es ciertamente un error político y hasta diplomático que no sé si la diplomacia española se puede dar el lujo de consentir indefinidamente.

Por lo demás, el error político se prolonga en la estructura misma de esta exposición que, a pesar de lo que podría sugerir su nombre, no está integrada por obras de artistas de América, sino por artistas españoles que han viajado a algún país de América Latina, y apoyándose en esa experiencia, han realizado un proyecto específico. Cierto, yo no soy quién para oponerme a que viajen, ni para que, como resultado de esos viajes que suelen ser mutuamente más provechosos que los de los banqueros o los políticos, esos artistas hagan obras en las que elaboren estéticamente dicha experiencia. No, lo que me parece cuestionable es que en Madrid donde hay suficientes espacios expositivos dedicados al arte contemporáneo se dediquen las salas de la Casa de América a artistas españoles y no a artistas latinoamericanos. Dada la crítica situación económica y social que padece actualmente la mayoría de los países latinoamericanos, es evidente que los segundos necesitan mucho más que los primeros medios y espacios donde realizar sus proyectos y mostrar sus obras.
Hasta aquí el error político. El acierto estético estriba en la decisión de Doctor de incluir en esta muestra a dos artistas tan relevantes como Rogelio López Cuenca y como Sergio Belinchón, que con su trabajo compensaban ampliamente la inclusión del tercero, del pintor Jorge Galindo, —que no es tan interesante. De hecho, su obra, consistente en dos enormes telas que cubrían de arriba abajo los dos cuerpos principales del ala de Caballerizas de Casa de América, no era una gran obra sino más bien una obra grande, que evidentemente no es lo mismo. Sobre dichas telas Galindo había impreso macroampliaciones de una misma postal de principios del siglo XX de la plaza central de Oaxaca, en México, sobre las que además había pintado un brazo que cubría y al mismo tiempo prolongaba la fuente situada en el centro de dicha plaza. Todo muy nostálgico, todo muy remoto, todo muy previsible.
López Cuenca, en cambio, mostró una serie de cuadros, o de diagramas si se quiere, que utilizando como leitmotiv recurrente el plano de la red del metro de São Paulo intentaban ofrecer una imagen a la vez sintética y sugerente de la abigarrada diversidad étnica, cultural, lingüística de esa megalópolis brasileña. La otra parte de su trabajo consistía en una videoinstalación dedicada a un grupo de músicos callejeros que conservan y a la vez renuevan las tradiciones de los juglares populares y, en definitiva, campesinos en un contexto inexorablemente urbano.
Con todo, la obra de Sergio Belinchón fue la que me pareció más lograda. Consistía en una larga secuencia de fotografías dedicadas al desierto de Atacama, situado, como bien se sabe, en el norte de Chile. Hermosas y a la vez intensas, esas fotos evocaban al desierto no tanto como territorio de la aridez extrema e irreversible sino como ámbito de la desolación, de la soledad igualmente irremediable. ¡Magníficas!
CARLOS JIMÉNEZ

