La exposición retrospectiva La piel del tiempo. Manuel Quintana Castillo, que presenta la Galería de Arte Nacional, reúne un conjunto de 96 obras realizadas entre 1948 y 2002. La muestra distingue las diferentes etapas que consolidan la propuesta de este artista, cuya obra surge entre la abstracción geométrica y el realismo social, tendencias que enmarcan el panorama de la plástica venezolana a mediados del siglo XX. No obstante, Quintana Castillo traza su propio camino irrumpiendo con un lenguaje de figuraciones atípicas que aluden a un imaginario de reminiscencias ancestrales. Tejedora de nubes, 1956, es una muestra de este primer período, en el cual la síntesis de la figura, la degradación del color y la simbiosis entre figura y fondo logran un espacio irreal y misterioso que el pintor se propondrá explorar en sus creaciones ulteriores. Acorde con las búsquedas informalistas propias de finales de la década de 1950, Quintana Castillo abandona la figuración para adentrarse en el manejo libre de los recursos compositivos. Pero en la década de 1960 retorna a la figuración subordinando la figura a un plano seccionado y activado por elementos incorporados al cuadro que provocan hermosos contrastes visuales, tal como puede observarse en piezas como Tienda de muñecas, de 1967. A finales de esta década, una breve incursión por el color le permitirá al artista descubrir esas resonancias pictóricas que magistralmente integrará a sus composiciones posteriores en las cuales el color, atomizado por una pincelada fragmentada y dividida, construye un espacio saturado de vibrantes atmósferas cromáticas.

Sin abandonar la estructuración del plano, que sutilmente venía anunciándose en sus trabajos iniciales, el artista comienza a depurar su lenguaje utilizando formas abstractas de inspiración cubista. Ya para la década de 1970, las búsquedas geométricas se asientan en composiciones mucho más libres que, por su carácter telúrico, se inscriben dentro del concepto de la geometría sensible como expresión esencialmente latinoamericana, tal como se observa en las obras Icono II, 1978, y Ulises, 1979. En su producción de la década de 1980, tanto la libertad del trazo como el rigor compositivo adquieren una contundente primacía que parece trascender los límites del cuadro. En obras como Presencia, de 1988, lo racional y lo emotivo crean atmósferas que derivan en una suerte de “expresionismo geométrico” que el artista ha dado en llamar “geometría viva”. Las indagaciones realizadas en torno a esta tendencia, a inicios de la década de 1990, lo llevan a incursionar en el terreno de la geometría topológica, "una disciplina cuyas aplicaciones buscan establecer modelos o estructuras para espacios inestables...". “El resultado —agrega Ernesto J. Guevara, curador de la muestra— es una propuesta en la cual los signos, las caligrafías y las líneas atienden a una noción del espacio entendido como continuidad, en el que puedan convivir el azar y la racionalidad de las estructuras geométricas...” Así podemos apreciarlo en la obra titulada Uno, de 1992, cuya superficie es un conglomerado de trazos, líneas y formas que muestran el difícil equilibrio entre racionalidad y subjetividad y entre gesto y forma. Trabajando en esta misma dirección, paulatinamente, el artista da prioridad al grafismo, a la mancha y al contraste. La estructuración inicial del formato, en horizontales y verticales, se subordina a la contraposición de los tonos opuestos, confiriéndole una sensación de desplazamiento a la obra. Así surge la propuesta El río de Heráclito, que pretende mostrar ese devenir continuo como el transcurrir de las corrientes fluviales, anunciado por el antiguo filósofo griego. Pintura topológica con huella digital, 2000, constituye una de las producciones recientes en las que el artista resume esas preocupaciones que angustian y dirigen su quehacer pictórico. En esta etapa este creador reúne lo disperso, junta lo opuesto, como en un mosaico totaliza lo fragmentado, construyendo un espacio y un tiempo que develan las huellas de ese transcurrir irrefrenable y fugaz de la vida. Huellas que Manuel Quintana Castillo supo registrar en 54 años de fructífera labor artística.
GLADYS YUNES
