En la Maison de L’Amerique Latine en París (del 19 de septiembre al 6 de noviembre 2002) el artista argentino Leandro Berra (1956) —quien vive y trabaja en Francia desde 1981— presentó por primera vez un conjunto bastante grande de sus esculturas e instalaciones con un tema específico al que se dedica desde hace varios años. Búsqueda, indagación sobre sí mismo, introspección, ser ontológico. Para Berra, las preguntas esenciales sobre el famoso interrogante “¿quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos?” fueron objeto de una profunda reflexión que escenifica la relación que existe entre multiplicidad y unidad del yo. Las obras que se presentaron allí dan testimonio de lo anterior, de una manera particularmente concreta e intensa.
Si para empezar, el postulado “de un yo plural y de una sola sombra” escogido como título por Leandro Berra con el fin de contextualizar su exposición, nos entrega una clave de la complejidad o más bien de la lucidez de la visión de sí mismo y de su relación con el mundo, el contenido se vuelve denso desde el momento en que a modo de “espectadores”, sabemos que nuestra mirada no es ni estable ni neutra y que influye sobre el objeto observado relativizándolo, en su tamaño, en su forma, en su masa y su energía. Es decir, influyendo sobre su “propio estado” (Severo Sarduy), sobre esta “presencia real” de la que habla George Steiner, que es el corazón palpitante de toda obra de arte.

Los asuntos del tiempo, del doble y del espejo son los que aparecen aquí, en este conjunto de esculturas y de instalaciones donde reina la dialéctica del frente a frente. La indagación sobre el individuo y sus sentimientos (el odio, el amor, el dolor, la compasión, el sufrimiento, la vanidad...) es abordada por Leandro Berra dentro de una perspectiva de incomunicabilidad entre los seres, y también de lo ineluctable de una interrogación donde la duda es la matriz actuante. Como lo confirma el artista, la materialización de este cuestionamiento existencial, más metafísico y ontológico que cultural —podría agregarse, psicoanalítico—, se traduce en un diálogo de oposición y/o de construcción conceptual entre la materia y el logos, entre la madera y la fotografía, entre lo antiguo y lo moderno, dentro de una suerte de esquema formal y conceptual que tiene afinidad con el espíritu tanto filosófico como espiritual del yin y del yang. La problemática del doble, del otro y de los otros dentro de uno mismo, es un mito universal que recorre las culturas, y también la literatura. Se puede identificar a Berra con ese pensamiento de Victor Hugo1, citado por Gilbert Durand en Estructuras antropológicas de lo imaginario “...algo inaudito, dentro de uno mismo es que hay que mirar el afuera. Allí se encuentra el claro-oscuro terrible... es más que la imagen, es el simulacro, y en el simulacro está el espectro... E inclinándonos sobre este pozo... alcanzamos a ver a una distancia abismal, dentro de un estrecho círculo el inmenso mundo”.
Mirar al fondo de uno mismo, como catarsis para mirar el mundo, es el camino escogido por el artista. Pero el humor y la ternura no están ausentes en este discurso de la interrogación y de la confrontación que pone en escena a un hombre o a una mujer común y corriente, estereotipos en que “el arcaísmo” de la factura debe evacuar cualquier sentimiento a cambio de la búsqueda de una identificación, de una familiaridad, posibles. Estas esculturas o, más bien, estos bajorrelieves policromos son personajes neutros, incluso si éstos son unos otro-yo metafóricos. Son también supremamente tangibles en su realismo formal, con sus rasgos acentuados y exagerados (ojos desorbitados, nariz alargada, boca agrandada), especie de caricaturas de la angustia talladas burdamente en la madera. Para Berra, los “instrumentos” son los que le permiten formular su análisis.
La primera confrontación que nos sorprende es la de una suerte de relación de fuerzas contrarias, entre la escultura rugosa en madera tallada de manera expresionista y la fotografía, lisa, sin asperezas. El método es sencillo pero simbólico: el artista esculpe y luego fotografía la escultura. Un primer desafío entre dos técnicas, entre dos estéticas. Una relación entre la densidad de una y la levedad de la otra, entre el blanco y el negro, y el color. Las diferencias se imponen en la unidad. El doble de Berra no es el doble inquietante de los Románticos, un “Otro” maléfico que nos arrastra hacia la locura o la muerte. Es un “Otro” en busca de los múltiples yo, los de la “sombra” o los del inconsciente, con el fin de encontrarse a sí mismo. La relación que se establece entre estos falsos dobles, estos alter-egos un poco narcisistas, se cristaliza mediante un texto simbólico que el artista sitúa a veces entre las dos figuras y que crea la unión, que explica la relación entre ellos para formular, de manera más general, la idea que Berra quiere desarrollar en su obra. Éste es el caso en Romeo y Julieta, madera policroma, foto FB blanco y negro, 195 x 270, y foto sobre papel calcante de una página de la obra de Shakespeare, 2002 o en Edipo rey, madera policroma, foto FB blanco y negro, foto sobre papel calcante de la secuencia láser del ADN de la madera tallada y foto sobre papel calcante de una página de la obra de Sófocles, Edipo rey, 2002, 120 x 330 cm).
A veces, lo que sirve de “pasador” entre los dos personajes es un objeto que los une virtual o físicamente. Es el caso del reloj de arena en la obra Cómo pasa el tiempo..., 1997, 200 x 136 x 25, madera policroma, foto FB blanco y negro, o de la vela, puesto que la luz llega también indirectamente, por detrás de la fotografía sobre papel calcante en Pero la llama no siempre es la misma, 1998, 188 x 90, madera policroma, foto blanco y negro sobre calcante.
A Leandro Berra le interesa especialmente la relación entre la ciencia y el arte. Invoca los conocimientos científicos cuando introduce en su trabajo unas fotografías de cadenas genéticas, pero se interroga sobre su relatividad oponiendo la ciencia a la “verdad” del arte. Varias obras son testigo de esta búsqueda, ya sea en Femenino y Masculino (técnicas mixtas: madera policromada y foto sobre calcante de las secuencias láser del ADN de la madera tallada, 125 x 105, multiplicado por 2, 2002) o en sus dos “autorretratos” titulados Retrato íntimo de una estancia, constituidos por fotografías para documento de identidad tomadas en diferentes épocas (1981 y 2001), con el fin de sacar su carte de séjour (permiso de residencia) en Francia, y a las que les pega unos gráficos sacados de su perfil genético de acuerdo con estándares y sistemas de identificación informáticos determinados.
El retrato-robot de un amigo desaparecido arrestado en 1978 por la Junta Militar Argentina y cuya imagen fue reconstruida, a partir de imágenes que recordaba Leandro Berra, utilizando una base de datos informáticos del departamento de Medicina Legal de París, es muy conmovedor. Se convierte en el paradigma de la reflexión sensible sobre este no man’s land (hombre sin tierra), de este “entre-dos” de la memoria y de la ciencia que le interesa tanto al hombre como al artista.
NOTA:
1. Víctor Hugo, en Contemplation suprême, “Post scriptum de mi vida”.
CHRISTINE FRÉROT
