Exposición Individualene 2003 - mar 2003· Por Bélgica Rodríguez

José Ramón Sánchez

Museo de Arte Contemporáneo del Zulia

Para un artista como José Ramón Sánchez (Maracaibo, Venezuela, 1938), con una obra tan peculiarmente particular, una exposición antológica del trabajo realizado entre 1957 y 2002 no podía sino tener el título Los fantasmas desde el estanque vivo, que identifica una pieza iniciada en 1997 cuando vivía en Isla de Toas, termina en Los Puertos de Altagracia en 2002 y que para él “que reúne todas las calamidades de Saturno, es el más mortificante y mordaz lienzo que jamás me haya podido poner contra la pared, camina en puntillas sobre mis sienes, interminable, subversiva, infinita, con la igual impresión que se tiene ante un tren: cuando uno creía que avanzaba, en realidad retrocedía”. Cada vez más Sánchez recurre a la acumulación de imágenes, ubicadas en un espacio y una intemporalidad movediza. En el trabajo de los últimos años, ya no se trata de la acumulación de imágenes sino de objetos, perfilando un interés, cada vez más creciente, hacia la tridimensionalidad, pero sin rechazar el muro.

Su espíritu trashumante le ha hecho transcurrir la vida entre su Maracaibo natal, Caracas, París, Londres, Niza, Nueva York, San Francisco, siempre regresando al calor de la tierra zuliana a fin de resguardarse de los maleficios de las opresiones del otro sobre el espíritu. Las obsesiones y delirios que siempre le han acompañado han sido escenarios propicios para elaborar temas alucinantes que naturalmente tienen y no tienen nada que ver con la realidad real. Esta dualidad, casi metafísica, siempre le ha sido propiciatoria de nuevos encuentros con el arte.

Es la obra de un espíritu que no ha puesto límites a la imaginación ni a la vida. Sentirse capaz de realizar una obra fuera de esquemas convencionales y, a mi juicio, difícil de ubicar en cualquiera de los ismos de las vanguardias históricas. Desde finales de la década de 1950 se postula como un colorista nato, además de fabulador de historias visuales resueltas en acumulaciones vertiginosas y turbulentas de situaciones y personajes. Un carácter barroco, de horror al vacío, recorre la superficie del soporte. La situación plástica se resuelve por adicción y no por sustracción de elementos, que, utilizando sus propias palabras, definiría como “... la diagramación pasional de la geometría simbólica irracional...” Es como si el artista pareciera perpetrar un asesinato plástico arbitrario para, contradictoriamente, convertirlo en un acto de amor. No es casual entonces que se haya acercado a la estética surrealista y sobre todo interesado en la poesía del conde de Lautréamont, en la literatura de Franz Kafka, sintiéndose motivado a realizar una de las series de obras inspiradas en un sentimiento del mal, ¿lo condena o lo justifica? De ello hablan El electrocutado y El verdugo, obras de 1965.

Los años setenta y subsiguientes nutren su obra con una estética proveniente de los cómics. Igualmente perversos, los temas tienen diferentes procedencias, pero la fuente de origen más importante es el mismo artista. Desde un primer momento trató su obra como si fuera un collage, en principio no siguiendo la técnica tradicional del mismo, pero sí utilizando el concepto en la composición de la superficie pictórica, claramente visible en San Francisco al fin, 1981-1985, donde la superposición y yuxtaposición de personajes, formas y figuras, y de situaciones y circunstancias, convierten la obra en un collage de orden conceptual. En los ochenta exacerba el color hasta llegar a lo imposible en cuanto a la fiereza visual de los mismos. Los brillos que buscaba en la niñez al introducir pedazos de vidrio y metal en estanques de agua, los logra aquí casi con un sentimiento morboso. Intensifica, así mismo, la acumulación de objetos. Objetos encontrados que el resemantiza hacia otros niveles de categoría estética. No es en este caso el simple asunto del objeto encontrado. Es algo más complejo, puesto que el artista los trabaja y coloca como si fueran las líneas encontradas en las expresiones gestuales de intensidad. Gran parte de esta obra recuerda las Catedrales de Jackson Pollock. La locura del artista es consciente de su temporalidad y de su propia necesidad de trascendencia.

Exposición Individual: José Ramón Sánchez — imagen 1
José Ramón Sánchez. Vieja, fea pero fiel, 1999-2000.

Obras extremadamente particulares son Tres astronautas, 1985, y Retrato de Marta, 1986-1988, en las que el aspecto lúdico se manifiesta con todas las características que encontramos más tarde en El cribado de trigo, 1997. El color fiero, la acumulación intensa, el irredento irrespeto por lo convencional, el collage es el final, el collage le “confirmó un gusto y un olor que me han hecho fiel amateur en virtud de sus diversos materiales: el vidrio, el alambre, la seda, cera, fósiles, joyería, adornos eclesiásticos... hasta las venas férreas de la máquina de coser de Lautréamont”.

Los fantasmas desde el estanque vivo de José Ramón Sánchez, atrapados en sus obras, tienen antecedentes en el arte venezolano. No están solos.

 BÉLGICA RODRÍGUEZ

José Ramón Sánchez, por Bélgica Rodríguez | artnexus