In-visible

David Sardiñas. Sin título, 2001. Madera, resina, agua y fuentes de luz. 220 x 70 x 42 cm. (86 3/4 x 27 1/2 x 16 1/2 pulgadas).

Colectivaene 2003 - mar 2003· Por Darys J. Vázquez Aguiar

In-visible

Galería Habana

IN-VISIBLE es uno de los proyectos curatoriales que desde el visor de la contemporaneidad asume el espíritu renovador y polémico del panorama artístico cubano, para develarnos un arte cuyas estrategias discursivas indagan en zonas menos exploradas de la temática cristiana. Surge del interés común de tres jóvenes artistas, David Sardiñas, Alexander Guerra y José Miguel Díaz —Mayimbe—1, de acercarse a lo religioso, sin hacer uso de la iconografía popular católica, tan alejada de la condición de protestante. Esta exposición —resultado de una exhaustiva investigación que comenzaron en su etapa estudiantil en el Instituto Superior del Arte (ISA)—, los condujo hacia la creación de una visualidad diferente, basada en el uso de elementos de amplias connotaciones simbólicas como el aire, el fuego, la luz y el agua.

Alejarse de cualquier referente figurativo les permite establecer un nexo curatorial entre las múltiples propuestas y generar un discurso polisémico que dialoga libremente con algo tan omnipresente como Dios. Sin embargo, esto no quiere decir que estemos hablando de la creación de un nuevo arte cristiano, portador de una función litúrgica-ceremonial, más bien nos referimos a una singular producción estética relacionada con lo religioso a través de la experiencia mística de estos jóvenes artistas. De esta manera, IN-VISIBLE nos presenta un arte que se repliega a los espacios íntimos para develarnos los conflictos existenciales de dichos creadores y sus concepciones filosóficas y cosmogónicas.

Colectiva: In-visible — imagen 1
José Miguel Díaz (Mayimbe). La red, 2001. Neumático. Instalación. Dimensiones variables.

La relación entre el campo artístico y lo sacrum se manifiesta fundamentalmente en el nivel sensorial, mediante la creación de atmósferas, dadas por la yuxtaposición de diferentes olores y por el tratamiento de la luz incidental, y en ocasiones proyectada por las propias obras. Son estas atmósferas las que unifican con igual sentido axiológico las diferentes poéticas de estos creadores. El criterio museográfico tenido en cuenta no jerarquizó tampoco una producción artística determinada, sino que segmentó la muestra en tres núcleos para presentar de manera independiente cada propuesta, sin que ello afectase la apreciación general del proyecto.

El discurso de Mayimbe hace uso de las cualidades morfológicas del neumático y del significado etimológico de pneuma. Según la doctrina estoica griega —como afirmara el antropólogo Ernst Cassier— el pneuma “lo penetra todo”..., es “un hálito difundido a través del universo que comunica a todas las cosas"2. En este sentido, cuando Mayimbe crea su serie de cuerpos neumáticos, el aire contenido en ellos se transforma en soplo divino y se identifica con Dios, lo corpóreo-matérico es dotado de vida y de espíritu. Su visión filosófica del mundo parte del concepto del pneuma que lo anima todo, hasta lo más vulgar y mundano presente en estos ligamentos industriales. Su propuesta parte de ese versículo clave de la Biblia: "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó"3. De ahí que cada vez que Mayimbe ensambla una pieza, está repitiendo metafóricamente el ritual de la creación, apropiándose de ese don especial de Dios de concederles energía vital a las cosas.

Una fuente ineludible para el trabajo de este artista es la Biblia. Este libro se ha convertido no sólo en un documento de estudio, sino en cuaderno de trabajo, donde anota sus reflexiones, señala pasajes y registra sus dibujos-proyectos. En esta exposición las instalaciones —compuestas de fragmentos de neumáticos reciclados— tienen impresos pasajes del libro de san Juan que hablan del verbo encarnado. La palabra sagrada se convierte en un importante referente visual y conceptual que expresa la relación entre el artista y el cristiano evangélico.

Pero Mayimbe no sólo parte de su experiencia como religioso, sino como individuo social. Sus obras expresan preocupaciones personales que son en síntesis reflejo de conflictos humanos. La presencia de numerosas sandalias de goma aluden al constante peregrinaje de la humanidad. La red —instalación ubicada en la primera sala— nos habla justamente de esa “pesca milagrosa” que el hombre emprende a diario para subsistir. Los empates de neumáticos que componen esta pieza son como los nudos de la vida, sus dificultades y quizás sus tentaciones. Para José Miguel Díaz el hombre-pescador —inmerso en una red, en una sociedad y sujeto a sus leyes—, está todo el tiempo en riesgo, en peligro no sólo de perecer, sino de develar su naturaleza pecaminosa.

En IN-VISIBLE, Mayimbe también se vale del video como soporte estético-expresivo. La secuencia de imágenes monocromas repiten continuamente una misma acción: el absorber, contener y expulsar el aire por el artista. Mayimbe asume el rol de un cuerpo neumático, necesitaba ese reciclaje de oxígeno traducido como aliento divino. Esos constantes renovación, transformación y metamorfoseo epidérmico —dado por el ejercicio respiratorio— se tornan una práctica imprescindible para él, y en sentido general para el ser humano. Así —al decir de Mayimbe—, “estamos cogiendo el ponche para que continúe eternamente el ciclo de la vida".

Para Alexander Guerra, Dios es la estructura de todas las cosas, por eso sus obras son monumentales ensamblajes de hierro. El metal es utilizado en su doble relación de dureza-fuerza, maleabilidad-flexibilidad; de esta forma ofrece su visión de Dios: un ser intransigente, estricto, pero que al mismo tiempo puede mostrarse compasivo, piadoso. Su propuesta presenta además a Dios como un gran organismo. Con tal intención, desde lo formal, sus piezas —exhibidas en la segunda y tercera sala— están diseñadas a modo de gigantescos sistemas circulatorios. Venas y capilares constituyen estos objetos esculturados, entre los que sobresalen importantes elementos como la mano, símbolo de dolor —Jesús crucificado—, y la cruz, imagen alegórica al cristianismo. Lo orgánico en el nivel museográfico se establece con la ubicación de una pieza central —candelabro de siete brazos que sugiere la presencia de Jehová— a partir de la cual se distribuyen las restantes obras.

La utilización de las velas en sus esculturas nos remite al fuego como símbolo purificador. Ellas proyectan hacia las paredes y el suelo un juego de sombras, las que completan visualmente estas piezas. Se crea —según Alexander Guerra— una especie de "ritmo cardíaco que quiebra el estatismo tradicional de la escultura", con lo cual resulta imposible apreciar una obra independientemente de otra, porque constantemente las líneas de cada una se entrecruzan y construyen nuevas estructuras.

Una de las piezas más significativas del conjunto es una escultura en forma de escalera —que recuerda la escalinata de Jacob—, elemento de enlace entre lo terrenal y lo celestial, e intermediario entre Dios y el hombre. Su naturaleza híbrida, por ser además reclinatorio, candelabro y poseer inciensos, viene a ser una obra de unión entre las estructuras orgánicas y los incensarios, instalación que resume el trabajo realizado hasta ahora por Guerra. Estas obras, mínimamente diseñadas, están suspendidas por sogas como si fuesen péndulos o plomadas que remiten nuevamente a la idea de Dios como constructor de todas las cosas. La mezcla de sustancias resinosas desprendidas por dichas obras hace del espacio físico un espacio litúrgico, relacionado directamente con las ceremonias de cultos religiosos. Los diferentes aromas se convierten en elemento unificador, los cuales conceden a la exposición una atmósfera homogénea.

Los incensarios, lugar de tránsito obligatorio, intervienen en el espacio con su movimiento oscilatorio de forma un poco agresiva, para forzar al espectador a hacer más consciente su recorrido por la galería e invitarlo a interactuar con las obras y hasta a ser parte de ellas. Al artista le interesa que las piezas se aproximen al espectador, así como “en la teología cristiana protestante, Dios, viene a nuestro encuentro”.

Todas estas piezas están hechas a partir de materiales reciclados que han sido desdeñados por el hombre. Alexander Guerra los reutiliza y crea objetos diferentes No le interesa el reciclaje, presente en algunas obras de arte, como acumulación de desechos, o como grandes basureros, sino hacer objetos más depurados, con una mayor terminación, donde aparezcan las huellas del tiempo. Las piezas se quedan en un estado corroído, nunca llegan a tener un acabado perfecto, sino que siempre, como asegura el artista, parecen “estructuras en formación”.

En la cuarta sala de la exposición, construidas de finas láminas de pinotea, se exhibieron las instalaciones de David Sardiñas, quien prefirió, en vez de un montaje mínimal, un diseño mucho más abigarrado, que convertiría esta sección de la galería en una especie de almacén o taller de carpintería, donde aparentemente no existía una lógica interna y todo estaba colocado al azar. Más que mostrar una obra independiente, el artista estuvo interesado en crear un ambiente íntimo, de recogimiento espiritual. Para ello deja en penumbra al espacio, iluminado solamente por los bombillos incandescentes ubicados en el interior de cada pieza. Dispersaría además de forma irregular, en pequeños montículos por el piso, el aserrín, residuo de su trabajo, que con su aroma introduce al espectador en una atmósfera de especial sacralidad.

David establece entre la madera y el hombre un paralelismo, una identidad. Pues así como la fibra matérica se transforma visualmente con la luz —espíritu de Dios—, el cristianismo marcó dos tiempos históricos para la humanidad, y también, según su ideología, un nuevo nacimiento para el ser humano.

El sarcófago, pieza central en esta área, denota un importante giro en la producción artística de Sardiñas, que se ha caracterizado por hacer obras referidas a los elementos de la arquitectura —columnas, ventanas, vitrales—, las cuales, al igual que la pieza presentada en esta exposición semejante a un gran muro de delicadas películas de madera, se construyeron a partir de líneas rectas y elementos geométricos puros. Sin embargo, en el sarcófago, las formas se hacen más suaves al dibujar la silueta de un cuerpo humano, en cuyo interior se ha depositado agua. El sarcófago, símbolo de muerte, al estar iluminado y poseer este líquido regenerativo y purificador, se transforma en un fértil útero, que garantiza la continuidad vida-muerte-resurrección. El sarcófago se convierte en un elemento dialéctico que viola constantemente la frontera entre campos antagónicos, para hablarnos de una posible comunión entre ellos.

IN-VISIBLE, con un lenguaje metafórico y discursos artísticos plurales, nos ha acercado desde lo simbólico y sensorial al pensamiento cristiano-protestante de cada artista. El espíritu de Dios se ha hecho perceptible en el nivel plástico en las líneas y formas abstractas que conforman las obras, nunca con una visualidad definida, siempre en transformación, en inacabado proceso...

NOTAS

1. Estos tres artistas son integrantes del colectivo Dupp (Desde una pragmática pedagógica), creado en 1997 en La Habana. Su trabajo se concentra en abordar tópicos menos tratados por el arte cubano e intervenir en espacios públicos.

2. Ernst Cassirer, Antropología filosófica, tercera edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1963. p. 45.

3. “Génesis”, La Santa Biblia, Sociedades Bíblicas Unidas, México, 1995 (1:27), p. 5.

DARYS VÁZQUEZ AGUIAR

In-visible, por Darys J. Vázquez Aguiar | artnexus