Dos artistas nacidos en América del Sur que han desarrollado una parte importante de sus carreras en Panamá, el escultor Ernesto Ortiz y el pintor Fernando Toledo, presentaron exposiciones individuales en la Galería Arteconsult. Ortiz nació en Chile pero vivió durante 15 años en Panamá, país que ama y donde llegó a nacionalizarse panameño. Toledo nació en Ecuador, pero vive desde 1991 en la ciudad de Panamá donde ha desarrollado una exitosa carrera como pintor.

Ernesto Ortiz
Conocido principalmente por sus esculturas en cerámica, y luego en bronce, de pequeñas y gráciles mujeres de formas redondas y posiciones juguetonas, Ortiz lleva más de 20 años trabajando en el ámbito de las formas tridimensionales. Con esas figuras que exploró por tantos años, logró en Panamá una notable popularidad, llegando a crear “gorditas” en tamaños que fluctuaban desde miniaturas hasta grandes formatos, incluso como esculturas para exteriores.
Años de trabajo en la facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá pusieron a Ortiz en contacto con un gran número de jóvenes estudiantes y artistas plásticos, a quienes guió por los lenguajes del diseño. Fue en el Taller Las Guabas de la Facultad donde este diseñador de profesión se involucró inicialmente con la cerámica y donde nacieron sus primeras esculturas.
Hoy en día, después de la crisis en Panamá y varios años en Colombia, Ortiz vive nuevamente en Chile. Hace un tiempo, la invitación a participar en un concurso de esculturas en hormigón lo incitó a experimentar con nuevas formas. Ideó un sistema para hacer moldes de tela, cosiendo trozos de género que luego invertía, para crear el espacio a llenar con el cemento. Produjo una serie de obras de forma predominantemente vertical, como tótems sólidos y grises, en los que resaltaba la marca de cada hilo de la trama de la tela. En total contradicción con el material sólido con el que habían sido creadas, las piezas asemejaban pieles embutidas, rellenas, hasta mórbidas. De alguna manera, retenían la sensación de gordura que el artista era experto en recrear.
Las esculturas en hierro fundido que Ortiz presentó recientemente en Panamá son una derivación de esas primeras piezas en hormigón. Al ver que aquel material tendía a resquebrajarse, Ortiz —buscando la perdurabilidad de sus piezas— optó por crear formas similares en metal. El reto estuvo en crear piezas de hierro que parecieran hechas de cemento, que a su vez guardaran esa sensación orgánica, esa impresión de telas rellenas con sus marcas de costuras y tejido. El resultado mostró la creatividad de este escultor que por tantos años ha sido conocido sólo por una obra figurativa, graciosa y repetitiva.
En cuanto a la técnica, estas esculturas nacen como dibujos, esbozos en papel, que el artista luego pasa a la tela. Ésta es cosida en duplicado para luego rellenarla con hormigón, “como un guante”, en las palabras del artista. Entonces, crea un molde en la fundición para poder producir la pieza original, que luego debe ser pulida y patinada. Son piezas únicas de hierro fundido creadas a través de un proceso sencillo conocido como “a la tierra”, cuyos resultados dejan expuesto el material en su estado natural. Como no las pinta, la pátina de las esculturas es el producto de su oxidación, que el artista acelera con químicos. Además, al pulir las obras de manera selectiva, logra una serie de acabados distintos en una misma pieza. Las variaciones son amplias, al punto que algunas piezas hasta asemejan el bronce.
Aunque Ortiz trabajó las piezas como estructuras abstractas, produjo formas que él mismo relaciona con tejidos de los indios mapuches del sur de Chile. Ortiz tituló la muestra Tótems Australis, designación apropiada para estas formas ritualistas creadas tan al sur del continente. Tienen una fuerte carga simbólica, que no es precisa sino insinuada. En su verticalidad y sus formas simétricas recuerdan troncos de árboles, cruces, raíces, hombres, hasta entes con alas. Inspiran la sensación de un recuerdo lejano, de una cultura pasada, hasta de reacciones físicas por la manera en que el artista parece “pellizcar” la piel, obligándola a sostener posiciones difíciles. Estos tótems no sólo son bellos por sí mismos, sino también por su monumentalidad en miniatura y por la promesa que encierran de un nuevo camino artístico para Ernesto Ortiz.

Fernando Toledo
El artista ecuatoriano Fernando Toledo forma parte de la generación de pintores que se dieron a conocer durante la década de 1990 en Panamá. Durante su más reciente exposición individual, titulada Señas particulares, Toledo presentó una colección de acrílicos sobre tela que revelan nuevamente su espíritu innovador dentro del campo de la pintura. Tres veces premiado en la Bienal de Arte de Panamá durante la década de 1990, Toledo ha demostrado el deseo y la habilidad que tiene para experimentar con el dibujo, el collage, los polípticos y el arte de instalación, pero en el fondo, no ha dejado nunca su esencia de dibujante y pintor.
En estas obras recientes, vemos al pintor interpretando su tema predilecto, el ser humano, de nuevas maneras. En contraste con las figuras que creaba hace 10 años, hombres pequeños en ambientes enormes, lúcidos y básicamente geométricos, vemos ahora que las figuras protagonizan composiciones en las que aparecen grandes, dominantes y sugestivas dentro de entornos oscuros y enmarañados. Las figuras estilizadas de Toledo, generalmente sin rostros, sugieren al hombre como concepto, como ente participante —a veces dominante— en ambientes tanto naturales como sociopolíticos. Con la presencia de varias figuras en estos trabajos nuevos surge la implicación de relaciones humanas tanto sexuales o biológicas como sociales, con referencias a conversaciones o comitivas.
Las figuras aparecen en casi todas las obras rodeadas de formas curvilíneas que asemejan raíces, enredaderas y trepadoras espinosas. Las composiciones evocan ambientes húmedos, de colores cálidos, como de jungla y trópico. Es tentador pensar que Toledo está pintando lo que le rodea. De hecho, no sólo pinta el ambiente natural, sino que en estos trabajos se hace presente también el comentario político y la metáfora como protesta social. Hay ejemplos claros como Nepotismus Arbóreos, composición en la que aparece un árbol como símbolo del favoritismo político, con ramas de las cuales surgen hombres-parásitos; así como en los retratos de siluetas llenas de espinas que describe como “honorables”, el título con el cual se designa en Panamá a personas en ciertas posiciones gubernamentales.
Los colores de Toledo en estas pinturas son oscuros, como parece ser su interpretación del hombre actualmente. Su manejo del color es sensorial y cuidadoso, pero falta la luminosidad pictórica que ha caracterizado trabajos anteriores. Muestra preferencia por el rojo sangre, el ocre y los colores terrosos, así como por el azul en obras que insinúan el cielo o el pensamiento. En algunas obras recientes, como en Todos somos honorables, ha empleado por primera vez espejos como lienzos en los que el observador se ve reflejado y, por ende, incorporado a la obra, junto con la luz que destella el espejo. Por otra parte, quizás lo más creativo en la muestra, a pesar de su sencillez, fueron unos lienzos “crudos” que Toledo colgó del techo como banderolas. En estas telas verticales aparecían figuras a escala humana, en composiciones logradas con expresivos trazos blancos y negros, y en un formato nuevo, elementos que sin duda multiplicaban las posibilidades visuales e interpretativas que ofrece el trabajo artístico de Toledo.
MÓNICA KUPFER
