Una de las artistas centroamericanas que ha asumido el trabajo artístico con vehemencia, constancia y disciplina ha sido Emilia Cersosimo (Costa Rica, 1944). En su última exposición en la Galería Valanti de San José, demostró, una vez más, que el tema de la naturaleza costarricense, especialmente volcanes y bosques, lo ha convertido en un planteamiento seductor para realizar una pintura que, a pesar de tomar de la realidad un punto básico visual, no contempla, de ninguna manera, una acción descriptiva de ella. En consecuencia, no podría calificársele como artista del paisaje o artista figurativa. Su propuesta temática y visual podrían, más bien, asumirse como conceptual, con ciertos rasgos pertenecientes al expresionismo abstracto.
Aquí el tema es importante, no hay duda. Pero lo fundamental es que la artista lo utiliza como pretexto para ejercer su poder creativo y enfatizar en las técnicas y valores plásticos que ha venido desarrollando a lo largo de su carrera. Estas formas plásticas, expresadas en vigorosos brochazos gestuales, confieren una fuerte visualidad al último trabajo representado en la Serie Bosques, 2002. Nuevamente la paleta de la pintora se muestra muy rica y extensa, pero, en un juego de prestidigitación sobre la tela, el resultado es una pintura casi monocromática que esconde una amplia gama de colores. En la última serie predominan los dorados, los sepias y los ocres, como los azules y rojos en la Serie Geolos, de 1991, y en los Volcanes de Costa Rica, el rojo. El carácter monocromático está ligado al logro de magníficas transparencias que intensifican el misterio de la pintura. En Bosques, la superficie pictórica está resuelta siguiendo estas técnicas. La superposición de delgadísimas membranas de color y las grandes y fuertes pinceladas forman sutiles texturas visuales gracias a las indescifrables manchas de color que obtiene al presionar un pedazo de tela, o cualquier otro material; podría también ser una brocha gruesa, sobre el soporte tela. La superficie vibra como un organismo vivo. Cersosimo, en acto de libertad creativa, juega con la luz y obtiene de ella el máximo provecho al ponerla a recorrer, exterior e interiormente, la superficie casi “embadurnada de color”; así crea zonas resplandecientes de luz cargadas de formas casi flamígeras que parecen flotar frente al espectador.
Sus “paisajes” no son alusiones a ciertas condiciones particularmente nacionales. Si bien se inspira en la naturaleza que la rodea, para esta artista lo más importante es el carácter de la pintura. Cada una de sus series es el resultado de una prolija investigación del color y la luz y sus interacciones. Las formas, muy lejos de ser naturalistas, evocan, en esencia, la interioridad espiritualista de ese paisaje que la atrae. Por ello los títulos se refieren más a los contenidos metafóricos de una naturaleza poética y casi metafísica. En otro nivel de interpretación, no pueden soslayarse ciertos rasgos románticos. Una abstracción orgánica, cada vez más pronunciada, la aleja, en la composición, de formulaciones naturalistas o, como ya dijimos, descriptivas. Su apreciación e interés en el paisaje tienen que ver más con corrientes interiores ligadas a la esencia de ese paisaje y la esencia del ser humano.

Pintora, artista del textil y grabadora, desde principios de la década de 1960 dedica su tiempo al estudio de la pintura. Teniendo un período formativo intenso y rico en experiencias artísticas diversas, en 1981 comienza a participar en importantes exposiciones colectivas, simultáneamente con las personales, actividad que ha mantenido hasta hoy. De personalidad tranquila, en su pintura, sin embargo, no se presenta como tal. En ella expresa la fuerza telúrica de quien vive con el bosque, los volcanes, y cuya cosmogonía está situada en el centro de la Tierra. Emilia Cersosimo, entre las bellas transparencias, oculta la violencia de la naturaleza, que está enojada con el hombre. La artista maga convierte esa violencia en poesía visual y la ofrece como un regalo.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
