Eduardo Médici acaba de presentar en Buenos Aires una exposición de pintura en Galería Rubbers y otra de fotografías con intervención digital en Arte x Arte, que se complementan de manera óptima para indicar un viraje en su operatividad, conservando, como siempre, una fuerte coherencia con su obra anterior.
Obra que —como lo hemos ya señalado— siempre asombró por la profundidad de la problemática planteada.
A primera vista, esta exposición de Rubbers podría resultar sorpresiva dentro de la producción de este artista porque involucra evidentemente un cambio de clima. Pero en cuanto fijamos nuestra atención en las pinturas expuestas, percibimos que los círculos de mayor o menor definición, aunados u opuestos por el color o el valor, flotan en un espacio infinito que no funciona como una transposición objetivada de un absoluto ideal, sino como una amenazante Nada, en la cual los focos luminosos de los círculos parecen emerger y desaparecer.

Los puntos, que describen sombras que los separan o los funden con el espacio total, se distribuyen en composiciones simétricas o asimétricamente equilibradas.
Son puntos enigmáticos que parecen mucho más relacionados con el tiempo que con el espacio. Para Médici, el tiempo siempre ha sido asociado a precariedad, deterioro, y la angustia de la muerte. Muerte individual o de un “yo” que se debate en este momento histórico por una permanencia, que parece condenado a perder. Ese yo que desaparece en el anonimato en Todos los nombres de Saramago y en los heterónomos de Pessoa y que se vuelve chapa con número o retrato desdibujado en Tanto tiempo, tanta muerte (1995) del propio Médici.
A comienzos de la década de 1980, en obras como Algo pasa en tu cara una especie de magma flotante se transformaba en un rostro humano. Ahora sucede a la inversa: los rostros, los cuerpos, que siempre han tenido tan desgarrada y dramática presencia en su pintura, se han vuelto entidades flotantes, liberadas y distantes. Es un pasaje del cuerpo obsceno a la espiritualidad desencarnada.
Claudio Magris, al referirse a la ilimitada inconclusión de la vida, cita a Nietzsche cuando escribió acerca de una “anarquía de átomos, la percepción de muchas cosas pequeñísimas y fugacísimas que quebrantan toda unidad y toda jerarquía”.
Un silencio las acompaña, un compás de espera, donde parece no existir la palabra. Son puntos en suspenso que instalan una pausa frente a lo indecible.
Los círculos ya habían aparecido en su obra anterior, cuando al utilizar la fotografía a fines de la década de 1990, pequeñas fallas o pérdidas en la emulsión quedaban registradas sobre los rostros.
En esa época, como por ejemplo en el cuadro que presentó al Premio Constantini, los puntos tenían que ver con la mirada, al describir una secuencia horizontal a ambos lados de los ojos.
Siguiendo esta línea de pensamiento y realización, la muestra de Arte x Arte presenta nueve fotografías de gran tamaño sobre papel, con intervenciones del artista.
La idea-gozne con la otra muestra es el silencio y la espera.
De los rostros hay meramente huellas, la insistencia está en la mirada. La serie se llama Restos, rastros, rostros.
Hay también una enorme faz dibujada casi imperceptiblemente sobre una pared, sobre la cual se proyectan —sin coincidir jamás— diapositivas de otros rostros. Lenguaje muy actual y conmocionante para la metáfora de la incomunicación y el desencuentro con el Otro.
Hay también una serie de pequeñas fotografías intervenidas con pintura y otras con la imagen velada por acrílicos con leves capas de pintura blanca, raspadas en ciertas zonas, que —como en una cinta de Möbius— señalan la ambigüedad de la ambigüedad.
Tras un primer plano de ocultamiento, leemos dificultosamente en una de las cajas “NO” y en la otra “SÍ”. A medida que el espectador se desplaza, se modifica la percepción de las palabras y su contexto, más intuido que visto.
Escritura poética, propuesta como una experiencia.
Extremos de lo negativo y lo positivo confundidos en una búsqueda de sentido.
Reflexión sobre la falacia de la sustitución en un mundo de simulacros.
¿Hay un más allá de las palabras?
Estamos, tal vez, viendo señalar “el riesgo y el peligro de la lengua” de los que habla Badiou.
Las dos exposiciones convergen desde distintos planos intentando perforar poéticamente la impenetrabilidad y el silencio de lo real.
NELLY PERAZO
