Dis+Art+Tec (Diseño+Arte+Tecnología), proyecto que desde 1999 realiza anualmente el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica, ha incluido en esta cuarta edición de 2002, bajo la curaduría y coordinación de Rolando Barahona y Ernesto Calvo, dos acercamientos al videoarte: la muestra internacional Contaminados. (Ex)Tensiones de lo audiovisual, y el Primer concurso centroamericano de videocreación Inquieta Imagen. Ambos eventos intentaron ofrecer una mayor visibilidad y legitimación a las formas en que se ha ido expandiendo la producción audiovisual en el arte contemporáneo; contexto dentro del cual la región centroamericana apenas ha comenzado a perfilar sus primeras búsquedas, realizaciones y resultados efectivos, todavía marginales aunque relativamente crecientes.
Así, la muestra internacional Contaminados. (Ex)tensiones de lo audiovisual buscó desplazarse a través de un amplio espectro de la videocreación, incluyendo desde obras cercanas a la documentación de acciones o performances hasta aquellas que exploran diversos lenguajes vinculados a lo audiovisual mismo. En un atrevido montaje se mezclaron desde simples proyecciones y videoinstalaciones hasta propuestas interactivas en computadoras; pasando por diversas combinaciones con otras disciplinas artísticas: de la pintura y la fotografía hasta la literatura y la danza; justamente como intento de una efectiva y dinámica contaminación de medios y lenguajes. Otras contaminaciones tuvieron lugar, además, en niveles más temáticos y conceptuales: desde propuestas cercanas a las identidades híbridas, la transculturación y el travestismo sexual hasta la referencia a “clásicos” de la historia cinematográfica, o diversos componentes de aleatoriedad que implican las propuestas interactivas, video-mails, etc.
En ese sentido, en la muestra confluyeron proyecciones como Paper Sex, minimal y sensual apropiación de lo escultórico que realiza Takehito Kogenasawa japonés residente en Alemania, junto JCJ Junkman, una proyección interactiva en computadora del norteamericano Ken Feingold, que propone una anárquica y sobre todo lúdica deconstrucción de significantes, evidenciando los encontrados sentidos entre objetos y palabras de diferentes idiomas y procedencias.

Por otra parte, se expresaron también reflexiones a medio camino entre la memoria, lo fotográfico y los juegos espaciotemporales que implican lo audiovisual, como lo propone en Technology of repetition Andrés Tapia, el chileno residente en Pittsburg; junto a otro inquietante contrapunto visual y sonoro que nos acerca la brasileña Karin Schneider y el argentino Nicolás Guagnini en Square Times, a partir de un texto del arquitecto Emilio Ambasz que alterna con imágenes de Nueva York en uno de sus sitios paradigmáticos, Square Times: un desfile sinuoso de luminosas imágenes repletas de referentes, aunque vacías de significados precisos, en una suerte de espejo deformado del carácter intrincado de esa Babel contemporánea.
Contaminados incluía, además, la sugestiva apropiación que realiza en Apple Core, Txuspo Poyo, el vasco residente en Nueva York a partir de un clásico como El resplandor, de Stanley Kubrick, y que se articula en una suerte de parodia de persecución entre real y fantasmagórica. En una cuerda que también se sitúa cercana a la referencia cinematográfica, junto a la musical, se encontraría la proyección del colombiano Santiago Echeverry, de cierto espíritu almodovariano en sus reflexiones acerca de la homosexualidad y el travestismo, expuestas en los tres cortos —por momentos lúdicos, otras veces patéticos— que conforman sus Alteridades: Lover Man, Césarea y October.
Por otro lado, dentro del video-performance, se exponían desde la documentación sobria y existencial de la guatemalteca Regina Galindo, Autocanibalismo, un obsesivo ejercicio de automutilación marcada por un sitio angosto que encierra el propio cuerpo, hasta unos tremendamente imaginativos, lúdicos y siempre incisivos videograffitis del chicano Guillermo Gómez-Peña, que giran recurrentemente sobre el carácter contradictorio y profundamente híbrido, metamorfoseado, de la migración latina a los EE.UU.; que no obstante puede extenderse a muchos otros contextos de migraciones y tensiones “centro-periferia”.

Más cercano a la reflexión sobre lo pictórico se encuentra el video interactivo Gestures responsabilities, del argentino Fabián Marcaccio, en el cual este artista continúa explorando, desde la recreación de una imagen en movimiento de sus “pinturas mutantes”, los múltiples sentidos de un material que brota y una gestualidad que se convierte en su brazo ejecutor, en el proceso de una realización pictórica que pretende ir más allá de sí misma, sin perder sus matrices. En las antípodas de esas reflexiones se encontrarían los video-mails del mexicano Fernando Llanos, unos cortos y efectivos trabajos interactivos conformados de eclécticas recreaciones, que van desde los exorcismos más personales hasta reflexiones estéticas y culturales diversas.
A estos artistas invitados a Contaminados, se unieron también los premios y las menciones del concurso centroamericano de videocreación. En este caso, el Primer Premio del certamen, el panameño Brooke Alfaro, nos propone en Aria un sugerente recorrido a través de una construcción derruida con la voz en off de una cantante de ópera, que se resuelve en una metafórica referencia a las relaciones entre baja y alta cultura, riqueza, pobreza y poder simbólico en nuestras desiguales sociedades latinoamericanas. El Segundo Premio, la foto-video-instalación Auto-opsis, del costarricense José Alberto Hernández, realiza un crudo ejercicio de documentación voyerista en una morgue, exponiendo ese proceso desde el frío ámbito médico. En el caso del Tercer Premio, Agua, Viento, Fuego, del costarricense Joaquín Rodríguez del Paso, realiza un interesante contrapunto audiovisual, a partir de un formato en tríptico de la pantalla y contraponiendo un poema de Octavio Paz frente al ruido de las imágenes televisivas.
Con tal diversidad de propuestas, Contaminados resulta ser una ambiciosa exposición que, sin embargo, por momentos se vuelve difícil de asimilar por una excesiva mezcla de sonidos y temáticas que pareciera estar completando —irónicamente— aquella contaminación que se propuso la curaduría. Por otro lado, esa apuesta de lo audiovisual a una recepción detenida, contraria al consumo inmediato de un paseo fugaz, corre el riesgo (que es también un reto) de que una parte del público se marche sin haber apreciado la totalidad de la muestra y sus intenciones. Así, dinámica e interactiva, Contaminados demandaba del espectador una más abierta y desprejuiciada relación con medios y lenguajes artísticos aún apenas explorados dentro de la escena artística centroamericana.
TAMARA DÍAZ BRINGAS

