Exposición Individualene 2003 - mar 2003· Por Mónica Kupfer

Connie Lloveras

Museo de Arte Contemporáneo

La primera impresión de la exposición retrospectiva de Connie Lloveras en el Museo de Arte Contemporáneo era una de gran intensidad tonal, de sensual calidez. La muestra presentó el trabajo de un período de 12 años en la carrera de esta artista cubana residente en Miami, ofreciendo pruebas de una visión armoniosa, especialmente en el manejo del color y la luz. Resaltaba la exploración de lo estético en obras aparentemente abstractas, así como el empleo de una amplia gama de rojos, naranjas y amarillos.

Dentro de la variedad de imágenes y formatos que ofrecía la muestra, resaltaba en algunas obras una calidad orgánica, con colores sugerentes del calor y la humedad que pueden tener la tierra o la sangre. A la vez, los elementos pictóricos contaban una historia humana que invitaba al acercamiento y que, como espectador, se percibe inicialmente como una respuesta psicológica a las imágenes. Es la consecuencia casi inmediata de la reacción visual que provocan las obras, fruto de la combinación de los diversos materiales que emplea la artista.

Exposición Individual: Connie Lloveras — imagen 1
Connie Lloveras. Sobre la Montaña de la Semilla, 2001. Técnica mixta sobre tela. 91,4 X 91,4 cm. (36 x 36 pulgadas).

Lloveras presentó una evolución que muestra la creciente habilidad artística desarrollada a través de una década, en un cuerpo de trabajo caracterizado principalmente por obras en técnica mixta sobre tela, con la incorporación de la cerámica en algunos casos, así como por obras tridimensionales en cerámica. La artista transita con facilidad entre lo bidimensional y la escultura, mostrando un interés por crear formas relacionadas con la anatomía y la naturaleza en sus dibujos, pinturas, instalaciones de cerámica y esculturas en arcilla. Emplea el barro cocido para enriquecer la superficie pictórica de sus obras, que resultan tentadoras porque incitan no sólo al análisis visual sino también a la experiencia táctil.

Sin embargo, a pesar de la importancia del color y lo palpable en las obras de Lloveras, no se trata de una artista puramente abstracta sino de una creadora de símbolos. Las formas que dibuja insinúan o describen objetos y situaciones que recuerdan rituales. De hecho, sus trabajos más interesantes son aquellos frente a los cuales uno se hace la mayor cantidad de preguntas interpretativas.

La secuencia de obras a través de los años muestra cómo ha sido progresivo en Lloveras el proceso de reducir la repetición de formas y llegar a figuras más contundentes en composiciones cada vez más libres. Las imágenes de principios de la década de 1990 contenían figuras reconocibles, como las de pequeñas casas constituidas por un rectángulo inferior y un triángulo de techo, a la manera del arte infantil. En obras como Off in all Directions (En todas direcciones), la artista las colocó en patrones repetitivos de cuatro casas con una gran “equis” central. El patrón cuadriculado de cada casa contiene una serie de variados elementos alegóricos que no llegan a romper la rigidez de la composición. Lo mismo ocurre con Bears the Golden Fruit (Ofrece la fruta dorada), una escultura de 1993 en la que una columna negra sostiene un recipiente triangular azul lleno de manzanas de ejecución realista pero de color dorado, trabajo que resulta casi banal en comparación con la capacidad expresiva que revela la mayor parte de sus obras posteriores.

La retrospectiva mostró cómo ese carácter literal y los pequeños motifs de sus primeras obras fueron quedando atrás, abriendo el campo hacia composiciones basadas en formas más grandes y atrevidas, hasta emblemáticas. En lo que constituye un lenguaje simbólico personal, combinado con el uso de la cerámica, Lloveras presenta una y otra vez ciertas formas elementales de valor ancestral, como espirales, vasijas, cruces, escaleras y alas que recuerdan no sólo la iconografía tradicional de la historia del arte, sino también los códigos simbólicos de las religiones afrocubanas y del psicoanálisis. Este idioma propio de la artista invita a una serie de múltiples y fascinantes interpretaciones de sus obras y su mensaje, íntimamente ligado a sensaciones y experiencias humanas.

Las vasijas semicirculares que aparecen en muchas de las obras se prestan a un análisis interesante porque guardan relación directa con la incorporación de la cerámica en los trabajos de Lloveras y con la antigua idea de que la cerámica, por involucrar en su proceso los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire), conlleva significados mágico-espirituales. Además, la vasija ha sido interpretada a través de la historia como un símbolo de la mujer, la protección y el sustento, así como de los valores interiores. Una interpretación similar implican los objetos de la vida cotidiana que Lloveras incorpora en sus obras de finales de la década de 1990, como, la olla en Trials of Endurance (Pruebas de resistencia) y la regadera para plantas de Watering the Abyss (Regando el abismo), elementos que, como la vasija, representan iconográficamente a “las aguas cósmicas, la matriz, el principio receptivo femenino, la fertilidad y el corazón” (Ref.: J. C. Cooper).

Hacia 1997 surge un nuevo emblema en las pinturas de Lloveras: la lengua, que desde la Antigüedad se asocia con la creación y la palabra. Aparecen grandes lenguas verticales que apuntan hacia abajo y ocupan no sólo el punto focal, sino también la mayor parte de la superficie pintada. La obra en técnica mixta sobre tela titulada Palabras mudas presenta una lengua-columna en tonos de tierra sobre un fondo oscuro que resulta amenazante, subterráneo, con secciones en rojo sangre en la parte superior e inferior del elemento central. Atraviesa la lengua una serie de líneas horizontales, así como formas de ramas raspadas en la pintura. A pesar de la verticalidad fálica, es una imagen orgánica que insinúa dolor pero también procreación y naturaleza.

De igual manera, encontramos en Lloveras una multiplicidad de componentes sustraídos de la naturaleza, con toda la alegoría que éstos implican. En sus lienzos más recientes aparecen semillas, árboles, y hojas —pintadas, raspadas y rasguñadas— sobre la superficie pictórica, que nunca es lisa sino expresiva, llena de texturas. Hay semillas que caen sobre un suelo fecundo en Fertile Soil (Tierra fértil), y que se diseminan en los profundos y oscuros espacios de Interior Gardens (Jardines interiores). También vemos pinturas de abismos geográficos como desfiladeros en la tierra donde, a pesar de la oscuridad, viven semillas y aun brotan flores, reflejando la visión optimista de esta artista.

En Oneness (Unidad), las semillas —que también podrían interpretarse como vasijas— aparecen luminosas, como entes vivos, dentro de un círculo en la parte inferior del lienzo sobre el cual flota el borde de un sol caluroso y enriquecedor, del cual se derrama un hilo de energía caliente como vidrio derretido. El rojo y el amarillo también se conjugan felizmente en Fragrance of Light (Fragancia de la luz), obra en que la forma de un ánfora sobre un fondo rojo intenso con sombras y texturas oscuras aparece coronada por un semicírculo dorado, radiante. Estas composiciones nos habla visual y simbólicamente de sentimientos, sensaciones y experiencias atemporales. Quizás sean estas dos obras las más memorables de la muestra por la manera en que reúnen lo mejor de Lloveras. Lo suyo es una combinación lírica de contemporaneidad y ancestralismo, de refinamiento técnico y rusticidad pictórica, que logra la comunicación artística con lo que ella describe como “palabras mudas”.

MÓNICA KUPFER

Connie Lloveras, por Mónica Kupfer | artnexus