Al ingresar a la videoinstalación de Clemencia Echeverri, el espectador se encuentra ante dos espacios sonoros, totalmente oscuros; en el primero se han dispuesto 16 pantallas de mediano formato, pendiendo del techo, y en la sala siguiente, el mismo número se ha colocado en la parte baja; cada una de las pantallas se prolonga hacia atrás de manera que aunque en su conjunto conforman una presencia liviana y etérea, al obtener un cierto espesor o volumen, se convierten en una presencia corpórea importante en el espacio. A través de estas pantallas va circulando una serie de imágenes que provienen de cuatro proyecciones, en su gran mayoría en blanco y negro y bastante indefinidas, que van pasando de una pantalla a la otra, y de la primera sala a la siguiente. Igualmente, en medio del sonido constante, procedente de grabaciones que se hicieron en la calle, de vez en cuando se escuchaba con precisión la voz de una mujer que dice “boteeellas papeeel”, voz que inmediatamente, todos los que vivimos en la ciudad de Bogotá, identificamos como uno de los sonidos que caracterizan esta ciudad desde hace mucho tiempo: el pregón de innumerables mujeres, que diariamente se repite en los distintos barrios y que anuncia que se compran botellas y papel, material reciclable con el que ellas comercian para sostener a sus numerosas familias.

Este trabajo, titulado Cal y canto, lo inició Clemencia Echeverri hace dos años y tiene como punto de partida dos experiencias que se han suscitado en la ciudad de Bogotá: un desayuno para los habitantes de El Cartucho y una manifestación callejera. El desayuno lo ofreció la Alcaldía de Bogotá para los habitantes de una de las zonas más violentas y nombradas de la ciudad, El Cartucho, donde viven personajes marginales de toda índole, en su mayoría drogadictos que han conformado lo que se llama una “olla”, un lugar de expendio y consumo de drogas. Clemencia Echeverri comenta al respecto: “Asistí en compañía de varias personas, entre ellas Diego Arango, realizador de cine colombiano con quien compartí cámara para realizar una grabación informal. Fue una experiencia fuerte y dramática pero sobre todo indigna. Fue un desayuno pero lo llamaban carnaval. Pero ... ¿cuál fiesta? ¿Cuál carnaval? ¿Celebrar qué? ¿Aquella condición? ¿Ofrecer un tamal y un chocolate? Con esa celebración se evidenció que frente al barrio El Cartucho la actitud de la sociedad y del Estado revela el más fuerte ejemplo de incapacidad y desprecio social"1.
Como lo anotaba, estas imágenes tomadas durante este evento se cruzan en la videoinstalación con otras provenientes de una manifestación callejera, “evento público y extrovertido, lugar de la protesta"2, una de las tantas manifestaciones que en los últimos tiempos se producen en Bogotá como signo de descontento ante los múltiples problemas que afronta el país. En la videoinstalación unas y otras se alternan, es imposible precisar de dónde proviene cada una de ellas: la multitud, el pavimento, movimientos del cuerpo, telas que se arrastran, cuchillos, pistolas, frascos de pegante (muchos de los habitantes de El Cartucho inhalan pegamento que actúa como una droga que momentáneamente produce bienestar), gestos y rostros se funden en un sin fin de imágenes en movimiento a veces tan imprecisas que sólo se percibe el movimiento de algo que lentamente se mueve en el espacio; estas imágenes se deslizan de una pantalla a otra, de una sala a la otra, en un movimiento circular que invita al espectador a desplazarse, una vez mirando hacia arriba y otra hacia abajo. Súbitamente en medio de este lento fluir una imagen adquiere color, se hace más nítida, se distingue el rostro de una mujer, la cámara se detiene un tiempo prolongado, continuando con un movimiento muy lento; por sus rasgos y gestos la ubicamos como una mujer corriente, una mujer del “pueblo”; sonríe, mueve la cabeza, y luego desaparece, y así sucesivamente, transcurren las imágenes acompasadas por las voces de “boteeellas, papeeel”.
La pulcritud de la instalación, la levedad de las pantallas que a manera de espejos multiplican la imagen hacia atrás, el preciso manejo de los recursos del video y sonoros, así como la disposición de los elementos en el espacio, contrastan con el tema de la violencia en la ciudad, con el desarraigo de estos personajes netamente urbanos que diariamente deambulan por la capital y que tienen como centro de encuentro, o mejor, como lugar de vida, la calle de El Cartucho, sinónimo de perdición y abandono para la mayoría de los habitantes de Bogotá.
Con motivo de la muestra se editó un catálogo en el que a través de una conversación con Piedad Bonnett se recorre el proceso creativo de Clemencia Echeverri, quien de la escultura pasó al vídeo. Las imágenes presentadas en esta edición dejan ver con más claridad cada uno de los componentes del video, de manera que el cuchillo, la cachucha, la ruana, es decir, todos los elementos mencionados, cobran una dimensión más precisa. El catálogo incluye un CD en el que se registran fragmentos con imagen y sonido de sus últimas producciones; sobre el disco se ha impreso un acercamiento a la boca desdentada de una de las mujeres que pregona “boteellas, papeeel”, que recoge buena parte de las intenciones de esta videoinstalación de Clemencia Echeverri que estuvo expuesta durante el mes de octubre.
NOTAS
1. Clemencia Echeverri, conversación con Piedad Bonnett, publicada en el catálogo Clemencia Echeverri, MamBo, Museo de Arte Moderno de Bogotá, octubre de 2002.
2. Ana María Lozano, ibid.
MARTA RODRÍGUEZ
