Exposición Individualene 2003 - mar 2003· Por Nelson Herrera Ysla

Aimée García y Carlos Montes de Oca

Centro de Arte Wifredo Lam

La búsqueda incesante de nuevos caminos a partir de temas vinculados a la cotidianidad, por un lado, y el notable incremento de la abstracción (ampliada a la fotografía y la escultura como dato curioso), por el otro, en lo que pudiera considerarse una dicotomía extraña e inusual en una escena artística dominada durante años por la crítica social, la parodia y en cierta medida el rechazo institucional, parecen ser hoy las constantes más significativas del arte cubano protagonizado por las nuevas generaciones. Atrás van quedando las incursiones exploratorias en el imaginario político, las constantes señalizaciones del devenir histórico, el uso de los mitos vinculados al accionar social y cultural. Asoman hoy los rasgos de una aquiescente fatiga ideológica causada por la escasa efectividad de las reflexiones que durante años mantuvieron los artistas como estandartes en sus privadas y sociales batallas por transformar la realidad circundante y que lograron, en algunos casos, provocar más irritación e inquietud que sentido y significación.

Las exposiciones realizadas en los últimos dos años dan fe de un cambio sustancial en cuanto a contenidos y temática, acercamientos, tendencias. En la década de 1980 y 1990 hubiese sido casi imposible titular a una muestra colectiva El arte no es para entenderlo, como la efectuada en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en el año 2001, dedicada por entero a la fotografía como expresión, o ponerle títulos en inglés a la muestra colectiva Free Jazz, Casa de las Américas, 2001, y a la personal de René Peña, Man made materials, La Casona, 2001, todas en La Habana. Algunos catálogos individuales de artistas ya aparecen con textos en dos idiomas (español e inglés) y la primera gran Subasta de Arte Cubano, organizada por la Fundación Ludwig de Cuba y la Casa de las Américas durante la VII Bienal de La Habana, 2000, sirvió para sistematizar el fenómeno en nuevas ediciones a partir del año 2002 con mayor apoyo institucional.

Exposición Individual: Aimée García y Carlos Montes de Oca — imagen 1
Aimeé García. Sabor del silencio, 2002. Óleo sobre madera. Instalación. 90 x 60 cm. (35 1/2 x 23 1/5 pulgadas)

En este contexto cultural y económico, en este cambio de siglo y de milenio, han surgido nuevos artistas que se asoman con seriedad y rigor a la escena cubana e internacional. Entre éstos se encuentran Carlos F. Montes de Oca (Camagüey, 1968) y Aimée García, quienes acaban de exponer sus más recientes obras en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, en La Habana, bajo los títulos de “Consagración de la persistencia”, y Sabor del silencio respectivamente, en salas contiguas, en un suerte de integración y entendimiento generacional más que de confrontación.

Sin lugar a dudas, Montes de Oca ha persistido en el manejo riguroso de temas del imaginario colectivo (el deporte nacional, la comunicación humana, el trabajo manual, el ascenso en la escala social) ligados a ciertas obsesiones individuales. Para ello se vale de bates y pelotas de béisbol (El ídolo, 2002), hilo telefónico, trapeadores de limpieza y espejos, pilones campesinos para moler café y una serie de dibujos sobre papel. Organizó las obras en el espacio de forma tal que es posible observarlas como esculturas, objetos o instalaciones porque cada una comporta rasgos de las otras expresiones, a excepción de los dibujos que mantienen su apego a la tradición de la línea sobre el papel.

Exposición Individual: Aimée García y Carlos Montes de Oca — imagen 2
Carlos Montes de Oca. Árbol durmiente, 2002. Cable telefónico, teléfono y mesa. Dimensiones variables.

Montes de Oca ha hecho gala de un desplazamiento libérrimo por géneros y estructuras, regodeándose en detalles tanto como en la totalidad, desinteresado de consabidas coherencias conceptuales y temáticas que pugnan en el interior del artista por convertirse en estilos propios, en definiciones formales a ultranzas. Ha encontrado un justo equilibrio entre la libertad creadora y un cierto grado de compromiso con el momento que vive en el ámbito nacional, sin una excesiva preocupación por encontrar eco inmediato en el exterior. Ésa es una de las habilidades del artista, puesta a prueba en esta muestra personal y que lleva la marca de los tiempos que corren en la Isla. Montes de Oca es, sin dudas, heredero fiel de la eclosión artística de La década de 1990, que se ufanaba de demostrar su capacidad para el juego y la negociación en medio de intensas alegorías y elipsis, suministradoras hoy de significados quizás menos explosivos, aunque de mayores y más complejas sutilezas expresivas, que los de la década anterior.

Aimée García, sin embargo, mantiene una fidelidad incuestionable con su obra pictórica anterior muy conocida, siendo, como es en realidad, una artista de apenas 30 años. Pero halló nuevas y sorprendentes aristas, variantes del plano estrecho bidimensional para, en suma, sobrepasarlo en las tres dimensiones organizadas alrededor de los objetos domésticos por excelencia que se encuentran en la cocina. Dejando momentáneamente a un lado el lienzo y el papel, la artista exploró en lo profundo de la cotidianidad, en el rol tradicional de la mujer dentro del ámbito doméstico, sin cortapisas, sin esquivar algunas verdades que por momentos resultan dolorosas, dramáticas, aunque vivamos en un contexto que ha pugnado por hacerlas desaparecer o atenuarlas en gran medida. La propia realidad se ha encargado de arrojárnoslas en la cara como si no hubiera pasado el tiempo. Y Aimée García ahora ha contribuido a ello con la más absoluta sinceridad mediante un conjunto de piezas de insobornable valor humano y visual.

Durante mucho tiempo (más del que la mayoría de los artistas hoy dedica a realizar una o varias obras) y armada de una paciencia y tenacidad increíbles, se dedicó a coser y bordar cacerolas de aluminio y hierro, ollas de presión, cafeteras mecánicas, jarros y vasijas, sartenes, en el más fiel estilo de madres y abuelas de antaño, y tal vez hoy, con una actitud rayana en la locura, dada la dificultad implícita y explícita de proponerse “bordar” objetos tan duros y resistentes. Cada uno de estos objetos domésticos pertenecientes a la cocina fue perforado previamente en minúsculos agujeros por donde debían pasar los hilos de colores que formarían, tanto en el fondo de los mismos como en los lados bien visibles, dibujos geométricos entresacados de los libros clásicos del bordado, o textos cuyo contenido alude a algunas de las funciones que realiza. A su muestra personal Aimée García la tituló Sabor del silencio, para que no hubiese dudas acerca de sus propósitos. El nivel tropológico de sus obras es más denso que el que pudiéramos hallar en las de Carlos Montes de Oca aunque enfrenta el tema y sus variaciones de manera directa, exenta de elusiones. El contraste entre el material del objeto reciclado y los hilos de bordar causa un desasosiego inicial que sólo es superado mediante la lectura cuidadosa de cada uno de los textos y dibujos encontrados.

Ambos artistas nos devuelven la emoción ante la artesanalidad y manualidad del arte, el gusto producido por las sensaciones táctiles de ciertos materiales, el goce hallado en la madera elaborada y en la familiaridad de funciones que nos devuelven hoy de forma sencilla y modesta, a pesar de que vivimos en un mundo que tiende a subvalorarlas cada vez más.

 NELSON HERRERA YSLA

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