No es frecuente que la Galería Soledad Lorenzo, desvíe su atención hacia el trabajo de artistas que no están en su lista de habituales. Y lo es menos cuando se trata de artistas extranjeros, aunque bien es cierto que la obra de Adriana Varejão viene acompañada de la suficiente fama y cotización como para justificar su inclusión —en forma de “colaboración”— dentro de tan paradigmático espacio.
Así, para la que es su segunda exposición individual en España —la primera tuvo lugar en esta misma galería en 1998—, Varejão ha presentado una serie de piezas a medio camino entre la pintura y la escultura, en las que conjunta dos de sus lenguajes más recurridos: los mosaicos de cerámica y la carne. Si anteriormente Varejão había trabajado diversas instalaciones en las que incluía el motivo de los mosaicos tradicionales portugueses, o había realizado pinturas de género que escondían detrás de su candor los músculos, la sangre y las vísceras de las que están hechas, en las obras que ahora nos ofrece apuesta por el maridaje entre ambos elementos al precio de poner en evidencia que se trata estrictamente de una representación pictórica, un puro trompe l’oeil. En este trabajo todo es madera, tela y óleo, materia pura y carne de poliuretano. Los mosaicos han sido hábilmente pintados sobre la tela o la madera, incluso sus repetitivas decoraciones que quedan ya lejos de la tradición portuguesa y que ahora asemejan más a los mosaicos de baño de cualquier casa, de cualquier hotel, han sido delineadas manualmente. Estas imágenes, que reproducen uno de los paradigmas de la higiene occidental —baños limpios e impolutos como los de cualquier publicidad de amonIacos, desinfectantes y detergentes con aroma de pino—, han sido brutalmente fracturadas y laceradas, para mostrarnos la carne que habita en su interior, una carne por lo demás jugosa y opulenta.

Todas las piezas, incluso las de pared, adquieren una especial cualidad escultórica gracias al grosor de su contenido, a esa masividad intrínseca a la pintura en tanto materia de la que Varejão nos quiere convencer.
Parece que la artista ha elegido consistentemente esta metáfora del cuerpo para comentar sobre el viejo debate dentro de la tradición pictórica entre la mente y el cuerpo, entre la pintura abstracta y la pintura matérica. Así, lo que en un primer momento funcionó como una acotación más bien irónica, ahora parece dar un giro más intelectualizado hacia el papel de la pintura en el ámbito del arte contemporáneo. Es por ello que quizá las piezas más llamativas dentro de la exposición sean las pertenecientes a la serie Parede com incisôes a la Fontana. Se trata de enormes trozos de falsos mosaicos amarillos —de un tono sorprendentemente minimalista para la estética de Varejão— que han sido rasgados a la manera del pintor italoargentino. Como apunta Gerardo Mosquera en el texto del catálogo: “Donde aquél, con un solo rasgón, quebraba la pintura para transformarla en escultura y espacio, Varejão la vuelve cuerpo. Donde Fontana cortaba, Varejão abre desde dentro”. La metáfora sobre la “carne de la pintura” es reiterada. Sí Fontana nos descubrió que detrás de la pintura no hay nada, Varejão insiste en que detrás de la pintura hay más pintura: efecto, truco, trampa.
Para completar la muestra se presenta también la serie Alegría (1999). Se trata de un conjunto de fotografías en cajas de luz, en las que recurre otra vez al tema de la carne, esta vez tal y como se expone en el mercado para su venta. Trozos de res, chorizo, tocino y demás manjares se nos presentan en el contexto habitual de su consumo, aunque poco hay de chocante en estas imágenes. En una de las fotografías Varejão propone que la "alegría es la aceptación sin restricciones de lo real". En este caso, parece que la realidad fotografiada es mucho menos elocuente, ya no se diga efectista, que la trampa de la pintura.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
