La exposición de Tania Bruguera en Walter and McBean Galleries, del Instituto de Arte de San Francisco, ocurrió como un proceso paralelo a la residencia de la artista en esta escuela de la costa oeste de Estados Unidos. En sus orígenes, Tania emerge de un grupo generacional intermedio, especie de puente entre el movimiento de la década de 1980 en Cuba y los jóvenes entrados a la escena cubana e internacional por la puerta ancha de la Quinta Bienal de La Habana, en 1994.
Los rasgos generacionales han confluido en su obra con proposiciones muy personales, y el resultado es un trabajo cada vez más auténtico. Esa autenticidad se nutre de sus experiencias formativas, pero sin dudas cristaliza en su forma actual gracias a la presencia notable de la artista en circuitos e instituciones de todo el globo.
Al desenvolverse en un ámbito cosmopolita, la obra de Bruguera ha ido avanzando hacia un equilibrio que conjuga inquietudes de corte político y social con reflexiones sobre la condición más íntima del individuo. Ese equilibrio está forjado con aproximaciones y sugerencias; prescinde, por tanto, de lo unívoco. Tania Bruguera prefiere lo sutil, y antepone la duda - sensorial, ideológica, mediática- a cualquier afirmación tajante. Asume una espiritualidad solemne, ritual, que frisa a veces con lo religioso. De ahí el tono de su trabajo con el cuerpo: su exploración del ser físico convierte lo anatómico en espacio sagrado y sufrido.

Esto último se transparenta en La isla en peso (2001), instalación que dialoga con el poema de igual título escrito por Virgilio Piñera en 1943. Aquí, ocho monitores de video funcionan sincronizadamente; en ellos aparece el rostro de Bruguera mirando a la cámara, es decir, de frente a los espectadores. En cada pantalla ella gesticula de un modo distinto, lentamente. En el ritmo influye la velocidad manipulada de la imagen, pero también lo metódico y a veces enrevesado de los gestos. Presenciamos una gestualidad teñida de masoquismo: cuando tira de su propio pelo, arqueándose, o en otra secuencia en la cual aprisiona su lengua entre los labios; también la vemos forzarse hasta lograr que una de sus manos quepa del todo en la boca. Los gestos, como castigos ritualizados, ejercen una fascinación rayana en lo erótico, y que pronto se nos hará insoportable: nos sensibilizamos ante la plasticidad heroica de ese cuerpo, de ese rostro tensado su vista fija en nosotros. La sensación de incomodidad se hace mayor por el sonido, igualmente constante y poco enaltecedor: balido de carneros, viento, mar, olas que rompen. A ratos las pantallas quedan oscuras y asoman sueltos, como tablas de un naufragio, los versos ácidos y desolados de Piñera.
Estadística, originalmente realizada en 1995 y reconstruida en 2000, funde por igual lo público y lo íntimo. A gran escala sobre la pared se reproduce el diseño de la bandera cubana. Los colores originales del símbolo nacional (rojo, azul, blanco) se han vuelto oscuros: negro, ocres y pardos deslucidos: son colores, en esta versión sombría, sacados de la tierra, de la sangre -sangre de carnero-, y del cuerpo, de los cuerpos de muchos: sobre las franjas de tela hay decenas de pequeños atados, en el triángulo se enredan hebras y mechones: es pelo humano, anudado con tiras descoloridas, trenzado. El símbolo más absoluto de la patria se hace de veras, al menos por esta vez, de su suelo, tanto como de la sustancia misma de sus ciudadanos, hombres y mujeres.
La exposición incluyó una obra aún en proceso que explora la producción y el consumo del té; por tanto, un comentario de las tensiones entre lo colonial y lo metropolitano. Y además Tania Bruguera presentó más de una docena de estudios de su instalación para la Documenta de 2002. Esta pieza, que se avizora como muy compleja, es parte de una serie en progreso titulada Ingenieros de almas.
ANTONIO ELIGIO FERNÁNDEZ
Artista cubano, historiador de arte y curador.

