Exposición Individualoct 2002 - dic 2002· Por Pablo Emilio Antognoli

Santiago Sierra

Claudio Poleschi Arte Contemporanea

En la mañana del 6 de marzo de 2002, 18 mujeres son acompañadas al interior de San Mateo —una iglesia medieval que se volvió profana—, en el corazón de Lucca. La iglesia es muy amplia, está desocupada, devastada e iluminada por un rosetón y por ventanas neogóticas. Las chicas que entran a la iglesia provienen en gran parte de Europa oriental. Entre ellas hay rusas, siberianas, eslovacas, una chica croata, una de Estonia y algunas de Bulgaria, entre las cuales hay una madre con su hija. También hay una chica nigeriana.

Las chicas son reclutadas por medio de intermediarios en algunos clubes nocturnos de la región toscana. Son 18 las mujeres enroladas para la acción, a puerta cerrada, a cargo del artista Santiago Sierra. La acción fue organizada por la Galería Claudio Poleschi Arte Contemporáneo en colaboración con la Asociación Cultural “Prometeo” de Lucca.

La duración de la acción fue de cerca de 5 horas. La remuneración fue de 105 euros para cada chica y el título de la acción fue Rociado de poliuretano sobre 18 personas.

Como primera cosa, se les pidió desvestirse y quedarse sólo en ropa interior y zapatos. Hubo una tensión latente al inicio, que se hizo más intensa por el fuerte ruido del calentador de gas. La iglesia se calienta desde la mañana con el fuego de estos radiadores, colocados en fila contra una pared, con un ruido continuo que sirve de fondo para cada voz que se escucha.

Tan pronto se han semidesnudado, son llamadas una por una, hacia el centro de la iglesia. Dentro de la iglesia hay mantas de paño preparadas para ellas, con las cuales proceden a cubrirse. También en el piso, en medio de la nave central, hay una cobija militar. Cada chica debe ponerse en dos posiciones: primero sobre sus cuatro extremidades, apoyada sobre las manos y las rodillas y después sentada con las piernas abiertas. En estas dos posiciones, un par de obreros, equipados de cilindros de spray, tienen la tarea de rociar poliuretano en las zonas púbicas de las partes íntimas de cada una. Las mujeres están protegidas por las mantas y también por un plástico negro, similar al que se utiliza para elaborar bolsas de basura. Antes de cada rociada el artista se asegura de cubrir los cuerpos con el plástico oscuro ayudándose con las manos para dejarlo adherido a la espalda. De hecho, se entiende que el poliuretano no tiene la finalidad de conservar la figura de las mujeres. Al final de cada rociada, los obreros agarran el plástico y lo tiran al piso. Este termina tomando la apariencia de un charco en el cual flotan residuos de plástico negro y de espuma reseca y amarillenta.

El mismo trabajo de los obreros se repite de forma mecánica y obsesiva, una posición tras otra, una chica a la vez, hasta llegar a la décimo octava, en forma de coacción repetitiva.

Exposición Individual: Santiago Sierra — imagen 1
Santiago Sierra. Rociado de Poliuretano sobre 18 personas, 2002. Registro fotográfico de la acción.

Hacia el final de la acción las mujeres son puestas en fila frente al presbiterio. El artista las llama una por una y les paga. Sólo hasta este punto pueden vestirse de nuevo y marcharse. La misma noche, horas después retoman su trabajo de acompañantes en los oscuros locales de la región toscana.

En esta acción la iglesia se vuelve una especie de espacio gótico, un lugar cerrado dentro del cual se instaura una relación vertical entre quien ejerce el poder y quien lo acata. Como en ciertos romances de Sade, o en el de Pasolini de Saló, se trata de una relación entre víctima y verdugo que sólo puede resolverse escapando. Pero aquí no existe ni ficción ni fuga. Las chicas participan en primera persona en una experiencia que es verdadera y humillante. El mecanismo artístico se pone en acción al haber una relación auténtica de trabajo, que igualmente después se convierte en mecanismo de poder.

En las dos posiciones exigidas, las mujeres, semidesnudas, ofrecen su cuerpo disponiéndose de forma pasiva ante la acción externa y masculina, por parte de los obreros y del artista que imparte las órdenes.

Entonces, las chicas entran a un espacio artístico para realizar un trabajo, que es, en principio, como alquilar el cuerpo y el tiempo por una remuneración económica. La situación está al mismo nivel del trabajo nocturno y clandestino que ellas en realidad desempeñan.

En el fondo, no se dan razones para su consentimiento y se impone un régimen que se ejercita con acciones aparentemente inútiles o carentes de sentido. La asociación de los diferentes detalles permite leer las dos posiciones de la mujer. Por un lado, la tarea de los obreros con el líquido de poliuretano blanco, como elemento alusivo al acto sexual, representa la eyaculación. Por otro lado, esta acción con respecto a las mujeres —no del todo conscientes del papel que juega el poliuretano en sus cuerpos—, se evidencia como gesto humillante que, subrepticiamente y justo en esta relación económica, las inserta en el rol de prostitutas.

La eyaculación como momento final del acto sexual masculino, se realiza como un instante de anulación del deseo que ha alcanzado el máximo placer. En consecuencia, también el objeto del deseo pierde cualquier interés. Por esto, en la eyaculación, simbolizada por el poliuretano, se evidencia, aparte de la pérdida del deseo, el desinterés post-coitum con relación al objeto del propio placer.

Sierra ha trabajado antes en Salamanca con prostitutas drogadictas que en la vida real se ven obligadas a prostituirse para conseguir la droga que necesitan. A cambio de una compensación en dinero, para conseguir una dosis diaria, se prestaron para dejarse tatuar una línea recta en la espalda. Una sola línea en cuatro mujeres alineadas, sentadas de espaldas, con el busto erguido. Se trata de una herida que duele, que produce dolor, una marca indeleble en el cuerpo. La recta, elemento esencial de la gramática minimalista, se convierte literalmente en este trabajo en una línea encarnada, casi un adviento interno de la señal, una realidad más grande de la estética minimalista. Pero al mismo tiempo, en cuanto a signo horizontal que atraviesa cuerpos verticales, es como una línea de anulación, de cancelación, como los presidiarios tallan en las paredes las rayas verticales de la semana que termina.

El trabajo de Sierra para la Galería Claudio Poleschi logra de manera diferente el mismo resultado. El rociado del poliuretano, asociado a la eyaculación, como grado cero, instante de aniquilación del deseo, se convierte en un juego de dominio, el acto simbólico con el cual estas mujeres se anulan como personas, por el hecho de ser prostitutas y pagadas para esto. En el hecho de la remuneración se quema la responsabilidad con respecto a ellas. Por esta razón pueden ser despedidas en cualquier momento.

Quien paga establece e impone sus propias reglas. Quien está obligado a trabajar debe someterse a este mecanismo. Quien concibe las reglas emplea el tiempo necesario en la invención (en el sentido latino de inventar, de encontrar en la realidad) de aquel mecanismo, que es inútil y que satisface sólo el propio placer.

También el artista, a través de este juego, ejercita un poder del cual se aliena, y es ejecutado completamente por parte de sus intermediarios. Estos intervienen siempre entre él y las personas contratadas.

Sierra se limita a ostentar fríamente el resultado de su proyecto. No termina su papel de creador conceptual, del trabajo como antinómico a la fase práctica de la realización. Sino que participa como testigo alienado, como alguien que observa a la máquina que ha proyectado ponerse en movimiento y se realiza independientemente de su idea inicial. De cualquier modo, un proceso que de manera autónoma a su proyecto inicial, se verifica, determinando un proceso de alineación por parte del autor. Algo que él trata de seguir y documentar por medio del video y la fotografía. La obra entonces, se convierte en el evento completo, que comprende la documentación seleccionada: foto, video y restos del trabajo. Nada se oculta de fondo en el proceso.

Sierra no involucra, de forma explícita, el motivo por el cual estas mujeres han aceptado este trabajo, ni siquiera el trabajo que realizan cada noche. No introduce de forma directa alguna crítica evidente con respecto al sistema económico o político vigente. No desborda su trabajo en un fin polémico o demostrativo. Pero ostenta, al mostrar al público la realidad, simplemente, no oculta nada. Su obra está continuamente en el filo de la navaja. Es una obra sin catarsis, política, profundamente dramática.

Sierra llena un espacio vacío en el arte con un espacio lleno de realidad. La profusión de la espuma, los restos del poliuretano esparcidos en el piso, el acto enfático que el video documenta, por 45 minutos, se convierten en una especie de triunfo de la nada.

PABLO EMILIO ANTOGNOLI

Santiago Sierra, por Pablo Emilio Antognoli | artnexus