¿Dónde está el encanto en La Habana?, puede ser la pregunta que se haga un extranjero de visita por primera vez en la capital cubana de principios del siglo XXI, y es también el título que con doble sentido ha usado Ricardo G. Elías para su última exposición personal en Galería Habana. Inserto en el carácter experimental y renovador que ha ostentado la fotografía en Cuba durante las dos últimas décadas, este creador, que se define a sí mismo como un artista político, acostumbra colocar en su diana hechos y circunstancias sociales de decisiva repercusión histórica. Por esta vez, el sabotaje llevado a cabo por la contrarrevolución a principios de la década de 1960 en la tienda El Encanto, de la capital cubana, le sirve de pretexto para comentar de forma ambivalente sobre el destino actual de la nación.
Tres series conforman la muestra: la primera, de sugestiva plasticidad, “juega” con el socorrido diloggún, término de la Regla de Ocha o santería, que denomina el sistema de adivinación mediante los caracoles cauri. En Cuba es muy común que las personas, creyentes o no, asistan a consultarse cuando se sienten insatisfechas con su vida, o por razones de salud, etc. Las respuestas que envían los santos son llamadas refranes, y son interpretadas por el sacerdote.
El artista conforma unos dípticos donde usa los caracoles cauri, primero en su color original, sobre fondo negro y, al lado, en otra versión, pintados de negro sobre fondo blanco. Los títulos de las piezas son los propios refranes del tablero de Ifá y los caracoles han sido colocados por el autor alterando las normas del ejercicio religioso, que prescribe la lectura de éstos después de haber sido removidos en la mano del santero. En cada pareja de fotografías son predominantes los caracoles blancos sobre fondo negro, en alusión posible a la perfectibilidad del ser humano. No obstante, esta serie parece comentar también acerca de las probables manipulaciones a las que se expone el individuo cuando renuncia a su albedrío como consecuencia de su conducta voluptuosa y leve. El artista ironiza con los cánones religiosos y los subvierte, sugiriendo que la persona puede ser la dueña de su destino, según protagonice sus acciones.

La segunda serie, La Historia me absolverá, son fotos en colores del conocido alegato de autodefensa de Fidel Castro durante el juicio a que fue sometido después de asaltar el cuartel Moncada, en 1953. Elías tomó imágenes del libro que se editó también en sistema braille, y las trató en tonos azules, de apariencia abstracta. En este documento histórico, el líder cubano plantea sus criterios y propuestas de reformas respecto a la situación de la vivienda, la tierra, la electrificación, el desempleo, la insalubridad y otros asuntos de primer orden que incidían en la mala calidad de vida del pueblo. Al ser ahora convertido en objeto artístico, el texto cobra nueva autonomía y su significación se revalúa dentro de otras coordenadas. En la Cuba de hoy hasta los ciegos tienen derecho a disfrutar de la educación y leer el programa político de la Revolución, parece comentarnos Elías; no obstante, en la galería su lectura no se puede llevar a cabo, no sólo porque la foto imposibilita el tacto, sino también porque los videntes no conocen el sistema braille, además del rejuego de luces y sombras que, unido a los ángulos de enfoque, no permiten percibir el texto, otorgándole un aspecto indeterminado. Puede entenderse como un comentario acerca de un acto de fe. El color azul en que están tratadas estas fotografías, asociado en psicología al amor, pero también a la melancolía, nos habla de una ambivalencia en el discurso del creador.
La tercera serie, ¿Dónde está el Encanto en La Habana?, ha sido resuelta a través de fotos y un video. Las primeras se refieren a ocho sitios de la capital que guardan como denominador común el desgaste de una de las más bellas ciudades latinoamericanas. En el video, el artista usa como recurso nemotécnico imágenes de archivo de acontecimientos ocurridos en los gobiernos de Machado y Batista, y en la etapa revolucionaria. Éstas son concentraciones populares, persecuciones a los revolucionarios por parte de las tiranías, el propio incendio provocado en el Encanto, la entrada de Fidel Castro en La Habana, al término de la guerra; la profanación de la estatua de Martí por un marine yanqui, entre otras, y son proyectadas de manera compartimentada (se ven dos escenas a la vez), en imágenes de 16 mm, contraponiéndose la angustia vivida en los años anteriores a la Revolución con los logros alcanzados después. Aquí el mensaje también es ambivalente: es cierto que existen edificaciones en ruinas, pero la ausencia de atropellos y otras acciones perturbadoras hacen de La Habana un sitio peculiar.
Como en la literatura, Elías emplea la parte por el todo: en su propuesta, La Habana es Cuba. Al igual que otro grupo reconocido de fotógrafos que han desautomatizado este género, propone una visión de la realidad cubana colmada de intersticios inefables. Habla de política, pero sin hacer panfleto, develando los aciertos y desaciertos en mantener un ideal social. El cubano aún conserva el “discreto encanto” de la broma, terapia eficaz contra las dificultades, pues la necesidad de sobrevivir en difíciles circunstancias hace que uno no se tome a sí mismo demasiado en serio.
AMALINA BOMNIN
