Exposición Individualoct 2002 - dic 2002· Por Laura Gil

Raúl Recio

Carmen Rita Pérez-Arte Actual

Una nueva fluidez y una nueva libertad, que incluso llegan  a diluir los límites entre la figuración y la abstracción, es lo que encontramos en los lienzos, intensamente coloristas, de Raúl Recio, en los que las formas orgánicas se acumulan con un sentido neobarroco del movimiento, y con una tensión sumatoria de elementos afines o dispares, que, junto con las alusiones constantes a la cultura popular urbana, emparentan estas obras rigurosamente contemporáneas con el Pop art de la década de 1960 y otras tendencias afines.

Pero la promiscuidad de medios, procedente de la tardovanguardia, impone una diversificación de los lenguajes, de tal modo que la obra sobre papel, la escultura en bronce y el objeto neodadaista completan un repertorio de expresiones que, sumadas a los lienzos pintados al óleo, dan fe de la versatilidad de un artista que se sirve de cuanto recurso hay a su alcance para traducir a diversos conceptos de la representación una única y misma visión.

Es ésta, sobre todo, una exposición donde la insularidad es una de los referentes más importantes, y donde el paisaje, sobre todo, cumple la función de un puente construido por el artista para salvar el abismo existente entre el arte y la naturaleza. Agua marina, arena y sal se entremezclan con la materia pictórica, no sólo como aditamentos de la textura, sino como recursos testimoniales del acto de creación de unas pinturas hechas en la playa, en las que el mar y la naturaleza intervienen como la cascada y las rocas en las casas de Lloyd Wright.

De esta manera, estas pinturas abiertas y expansivas parecen trozos de ambiente y de paisaje, y de esta manera integran unos trazos que igual pueden verse como reflejos en el agua que como paisajismo abstracto o una abstracción lírica que recuerda a la francesa de la década de 1950, más que al expresionismo americano de la misma época. Su recurso predilecto es el color, rayando casi en la monocromía  de los azules, los verdes, rojos o amarillos encendidos, con algunos elementos contrastantes en armonías a la vez audaces y refinadas, donde el dibujo se integra como elemento jerarquizador del espacio tanto como en la forma de una cursiva gestual, de espontánea precisión, cuya soltura e inmediatez expresiva oscilan desde el horror vacui y la acumulación hasta un despojamiento muy afín al espíritu del zen.

En todos los casos, no obstante, se reivindica el planismo de la pintura, aun en el de los paisajes urbanos donde se esbozan escorzos de arquitecturas a las que el color integra en una ambiente determinado, no solo cromático o atmosférico, sino también propiciador de asociaciones térmicas y sinestésicas, a las que el ritmo cursivo del dibujo también organiza desde el punto de vista compositivo, aportando matizaciones formales a la unidad impuesta por el dominio del azul o el amarillo solar.

Exposición Individual: Raúl Recio — imagen 1
Raúl Recio. Todo tiene su nombre, 2002. Pintura y dibujo. 170 x 154 cm. (60,63 x 66, 93 pulgadas).

En otros casos no faltan las referencias al impresionismo, sobre todo al Monet tardío de los Nenufares, el contemporáneo de Kandinsky que no llegó a la esencialidad de la abstracción a través del misticismo o de la depuración de las formas, sino por la vía de una sensualidad desprovista de estructura, que no percibe lo real a través de unas categorías espacio temporales matematizadas, sino como un continuo que fluye, a la manera del Samsara budista.

Probablemente es en esta fiesta de los sentidos, más que en sus símbolos fálicos y alusiones más o menos veladas a lo sexual, donde se manifiesta con más fuerza el talante hedonista y erótico del arte de Raúl Recio, su brío y su frescura, tanto como esa indudable y peculiar agresividad manifiesta en el desenfado con que se sirve no sólo del color, sino también de la forma, con ese sabor de poesía fuerte y popular.

Otra referencia importante son las junk sculptures de los artistas norteamericanos de la década de 1990, en especial en los tres anaqueles donde agrupa recuerdos personales, objetos y fotografías, dentro de una estética afín a la de artistas como el puertorriqueño Pepón Osorio, como ha señalado la curadora de la muestra, Sylvia Karman Cubiñá, pero también a las primeras instalaciones del dominicano Marcos Lora Read.

Desde el lechón de las fiestas criollas, a las vicisitudes del “moto concho”, esa forma del transporte popular en las urbes dominicanas, que inspira las cuatro esculturas en bronce, a ese lienzo de la ciudad sumergida, versión neorromántica y contemporánea del triunfo de la naturaleza sobre la civilización, o a la serie de dibujos abocetados y rápidos, los sugerentes símbolos sexuales reiterados a lo largo de toda su obra, o los objetos apilados como señuelos de la memoria, que ponen la necesaria nota autobiográfica, la obra de Raúl Recio oscila de la naturaleza insular al contexto urbano y sus referentes culturales, de lo colectivo a lo privado y de lo cotidiano a lo mítico, y, pese a los puntos de contacto, se desliga de actitudes como la que Hal Foster atribuye, basándose en el análisis de Barthes, a artistas como Warhol, que tienden a “ desimbolizar el objeto”, a tornarse en superficie, sin significado o intención. Aquí, por el contrario, la subjetividad es un nudo que ata y articula su propio discurso, y “detrás” de la obra, la presencia del artista permanece.

En todo caso, el propio título de la exposición, Todo tiene su nombre, hace referencia a la invención de un mundo particular a partir del mundo colectivo, tanto como del mundo natural, dentro del cual cada cosa tiene su lugar, y la práctica artística tiene una función similar a la de un inventario poético, a la manera de Whitman, y de una operación mágica según la cual las imágenes tanto como los objetos asumen el rango de signo, de nombre de las cosas, y cada una de ellas señala hacia una experiencia vital y concreta, cuyo contexto es la totalidad experimentada por la subjetividad.

LAURA GIL

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