La VI Bienal de Arte Contemporáneo de Panamá

Humberto Vélez. El guachimán, 2002. Videoinstalación. Dimensiones variables.

Colectivaoct 2002 - dic 2002· Por Pedro Querejazu

La VI Bienal de Arte Contemporáneo de Panamá

Cervecería Nacional

A mediados de la década de 1990, muchos críticos y pensadores que siguen la evolución y cambios del arte latinoamericano contemporáneo opinaron que en nuestro continente se estaba produciendo una epidemia de bienales de arte, una “bienalitis aguda”. Inmediatamente produjeron una clasificación de las bienales por rango e importancia, y según si mostraban las propuestas más innovadoras o las tradicionales en el arte. Además surgieron las bienales especializadas, del barro, del grabado, de escultura, etc. Al margen de la validez de esas aseveraciones en torno a la bienalitis, no se puede negar que allí donde se han establecido bienales de arte, éstas han estimulado la creatividad y el diálogo, Han estimulado los movimientos artísticos e incluso las dinámicas sociales urbanas. No viene al caso mencionar ejemplos, pero creo que esta afirmación es válida para todos los casos.

Hay que hacer referencia también a que, por un lado, las bienales se han convertido en tema de políticas públicas y que, por otro, no podrían existir sin la participación sustancial de las empresas privadas. De hecho, en muchos casos han sido generadas y sostenidas por las empresas privadas, con el respaldo de los gobiernos nacionales o locales.

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Jonathan Harker. Panamá la fortuna, 2002. Instalación. Sistema de vigilancia. Dimensiones variables.

En una escala más reducida, las bienales nacionales han contribuido también a estimular el arte en sus respectivos ámbitos y han ayudado a identificar los emergentes valores artísticos. Éste es el caso de la VI Bienal de Arte Contemporáneo de Panamá-Cervecería Nacional.

La principal particularidad de una bienal nacional es que ofrece una mirada de conjunto a lo más significativo que se está haciendo en un país. En este caso, la percepción de lo presentado es refrescante, estimulante y optimista respecto al arte panameño actual. Las propuestas presentadas son de “escala humana”. Los requisitos de la convocatoria sobre las dimensiones máximas de las obras no parecen haber sido una limitación de la creación artística. No se han presentado “megaproyectos” u obras de gran tamaño, sino productos abarcables y, en realidad, muchas de las propuestas han ido en el otro sentido, hacia lo pequeño, intimista, en pos de un diálogo en voz baja con el espectador. Llama la atención la calidad de la poética visual y multisensorial de buena parte de las obras. Se aprecia una gran economía de recursos, en el sentido del manejo austero de los materiales, de los medios y de los lenguajes. Están felizmente ausentes el efectismo y la aparatosidad que han caracterizado otros eventos, nacionales e internacionales. Se constata un notable equilibrio en el uso de los lenguajes, tanto entre los tradicionales, como la pintura sobre lienzo y el dibujo, como los de nuevas tecnologías, como el videoarte (sólo echamos en falta la producción de arte cibernético). Hay un buen número de obras realizadas en pintura y en dibujo en las que, sin embargo, es evidente un lenguaje contemporáneo manifestado en el grafismo y la escritura. Destaca sí la fotografía fija como un lenguaje dominante, tanto como productos tradicionales a su medio, como por las propuestas novedosas que la usan como parte de los lenguajes mediáticos de la publicidad y el periodismo impreso y visual, como medio incorporado al discurso temático y plástico. Sobresalen también las producciones que incluyen imágenes en movimiento. Y desde luego, no faltan las propuestas ready made ni las instalaciones.

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Ramón Zafrani. Bus, 2002. Instalación fotográfica. Dimensiones variables.

La Bienal de Panamá es de las pocas que en la actualidad otorga premios. En esta versión, la mayoría de los mismos ha sido otorgada a artistas jóvenes y emergentes (además de existir un premio de estímulo especial al arte joven). El jurado ha actuado con total independencia de lo que inevitablemente se sabe de los artistas consagrados y ha valorado las obras presentadas por sí mismas, considerando la fresca energía creativa de los artistas jóvenes. Los premios tienen doble sentido y doble resultado: por un lado, son un gran estímulo para los artistas jóvenes porque, adicionalmente al reconocimiento implícito, les permite sustentar la producción de su obra, mientras que los consagrados suelen necesitar menos del estímulo económico, pero el galardón es siempre estimulante y bienvenido; por otro lado, están el desencanto, la frustración y el eventual resentimiento que pueden generar en los que no los obtuvieron. La bienal se ha consolidado ya como un evento nacional, acaso entonces la organización debería prescindir de los premios, pues para los artistas debería ser suficiente galardón el haber sido preseleccionados para participar y exhibir su obra en ella.

Aspecto notable de esta bienal es la participación de profesionales provenientes de ámbitos muy distintos que se sienten artistas y participan en el evento, perceptible gracias a la publicación de una Guía de la exposición. De los 35 participantes, 13 proceden del ámbito de las artes plásticas; nueve del ámbito de la publicidad, las artes gráficas o la comunicación visual; siete del mundo de la fotografía; cinco del mundo de la música y la literatura (dos se definen como músicos y tres como escritores); cinco del cine y la imagen en movimiento; cinco de la arquitectura; tres son autodidactas y cinco vienen de disciplinas profesionales distantes del arte como el derecho, la medicina, la economía y la ingeniería civil. La transdisciplinariedad del conocimiento que caracteriza al mundo postmoderno ha posibilitado la emergencia de vocaciones artísticas que antes acaso no se hacían evidentes. Esto significa un notable enriquecimiento del mundo del arte con participantes y creadores con muy distintas miradas y concepciones; significa también un reto y una invitación para la actualización y diversificación de los sistemas de formación de las artes plásticas y visuales.

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Lezlie Milson. Club de jardinería, 2001. Técnica mixta. 40 x 80 x 50 cm. (15 3/4 x 31 1/2 x 19 1/2 pulgadas).

La gran calidad y frescura en el conjunto de obras de la bienal es, obviamente, el resultado de la existencia de los mismos valores en las obras individuales. Entre la producción de los artistas consagrados me llamaron la atención las siguientes obras: Creisi blu, de Brooke Alfaro, por su poética transensorial que incorpora la imagen en movimiento, la música, el canto y el sentido lúdico; en cambio, la obra Rosa es innecesariamente cruda y es cuestionable en el uso de la mujer como modelo; la prostituta vieja que cuenta su historia, que, en última instancia, es prostituída una vez más por el artista con el fin de lograr una obra efectista. Me parece que manifiesta una contradicción entre el tema de la historia personal, individual, de una mujer, que es deconstruida, despersonalizada, anonimizada, a causa de la multiplicación reticular de la imagen. La obra Guignol de Isabel de Obaldía tiene una gran calidad poética y delicadeza plástica, acentuada por la pequeña escala de la propuesta presentada. Por otra parte, la intensidad del diálogo entre sujeto y artista tiene su exponente máximo en la serie presentada por Sandra Eleta, El sueño de Sacha, realizada en la más tradicional forma de la fotografía, en blanco y negro, copiada en papel, con gran calidad fotográfica e intensidad temática. Esta artista, que ha trabajado mucho por hacer visibles a los indígenas panameños, que están ausentes del imaginario social del país, propone aquí una escenificación equívoca de gran calidad poética. El drama testimonial del conflicto externo e interno de los seres humanos se manifiesta en las obras Campo de juego y Mis manos, mi fortuna, de Eric Fajardo. El testimonio de lo corporal, tan evidente en las obras antes citadas, también está presente, de modo más simbólico, en la obra Sin título, de Elena Garuz; y más aún en la de Lezlie Milson; Tellus mater, pero especialmente en Club de jardinería, en que la metáfora conceptual y visual empalma con los imaginarios colectivos más profundos vinculados con lo religioso y lo sensual y erótico femenino.

Entre la producción de los artistas jóvenes me llamó la atención el excelente manejo del lenguaje mediático de la propuesta en video El hombre bipolar de Adrián Alvarado. Lo corporal ausente está bien propuesto por la obra Éramos felices de Mira Valencia, rica adicionalmente en contenidos simbólicos. Los ready made de Miky Fábrega, Planificación familiar y San Francisco, destacan por lo escuetos y expresivos. La obra El guachimán de Humberto Vélez tiene gran calidad visual y de manejo de la imagen y el discurso, así como sobria riqueza estética (esta obra contrasta con la irrelevante gigantomaquia en forma de avión Concorde de papel, titulada En busca del amor en el siglo XX, que fue presentada en la III Bienal de Lima). La sutileza conceptual y multisensorial de Bus y de Ruta, obras de Ramón Zafrani, las hacen verdaderamente significativas dentro del conjunto. La poesía visual y simbólica de la obra ... y el polvo vuelva a la tierra como era y el espíritu vuelva con dios que lo dio... de Nixon Guerra, además de la concisión y calidad, tanto en el lenguaje fotográfico como en la instalación misma, la hacen una de las más destacadas de la bienal.

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Eric Fajardo. Mis manos, mi fortuna, 2001. Fotografía. 100 x 70 cm. (39 1/3 x 27 1/2 pulgadas).

Lo críptico y conceptual está presente en la obviedad de lo visual en la primera obra premiada, ¿Cómo se llama la obra?, de Jonathan Harker, un video digital de 5 minutos de duración; el segundo premio fue para Eric Fajardo con un díptico fotográfico titulado Mis manos, mi fortuna; la videoinstalación El guachimán de Humberto Vélez fue galardonada con el tercer premio; Brooke Alfaro recibió mención de honor por su video Creisi Blu y El premio Irene Escoffery al Arte Joven, que se entrega a un artista menor de 40 años, fue en esta ocasión para Gustavo Araujo por su animación digital Sin título (Isla grande).

En conclusión, visitar la VI Bienal de Panamá es un gozo de los sentidos en muchos “sentidos”. La bienal es un éxito en su consolidación como evento de las artes plásticas y visuales en el ámbito panameño; éste se debe a las organizadoras, por el empeño en concebir y realizar seis bienales, al Museo de Arte Contemporáneo por albergar el evento, a los artistas participantes por su creatividad y entusiasmo, y a la Cervecería Nacional por su generosa contribución a causa tan importante.

PEDRO QUEREJAZU

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