Terra incógnita. Proyecto Papaver Somniferum es el resultado de una investigación iniciada por Juan Fernando Herrán en 1999. El proyecto busca indagar, en palabras del artista: “sobre la problemática del cultivo y explotación de la amapola, así como sus implicaciones económicas, ecológicas y sociales. Se refiere así mismo a la existencia de dos realidades contrarias: la de los productores, campesinos en áreas rurales, que difícilmente tienen otra opción de supervivencia, y la de las autoridades, cuya acción primordial es implementar campañas de erradicación”.
Fruto de los comienzos de esta indagación fueron una serie de fotografías que se vieron en Bogotá en 2001. Allí la flor de la amapola fue el centro de interés, aproximándose al objeto desde una perspectiva de búsqueda, de conocimiento de sus particularidades, pero también desde una perspectiva estética que mostraba el deleite que puede experimentarse frente a una flor, cuando se olvida la interdicción que pesa sobre ella. Esas fotografías no eran un simple registro, se intentaba profundizar en el objeto de estudio, acercarse y mostrar la dualidad de valoraciones que pesan sobre ella. En Colombia es una flor maldita, mientras en otros países, Turquía, por ejemplo, su cultivo es legal. A Herrán le impactaron en su viaje por esta región las grandes extensiones de cultivo de amapola, concebidas en el paisaje como un sembrado industrializado, mientras que la misma flor en Colombia se cultiva en lugares ocultos, en pequeños minifundios, escondiéndola para evitar la represión que su producción genera.
Lo que podría aparecer para el espectador desprevenido como la recreación de un hermoso paisaje, se torna en imágenes inquietantes que generan preguntas en torno a una planta que para algunos es legal y para otros prohibida. Este conocimiento del objeto, de las contradicciones que genera, lo llevó a profundizar en el problema desde otra perspectiva: la del campesino que la siembra como forma de subsistencia y de quienes la fumigan por tratarse de una planta ilegal. Herrán es consciente de que esos espacios rurales existen y adquieren notoriedad sólo en relación con sus cultivos ilícitos.
Terra incógnita es el resultado de una cuidadosa exploración en fuentes diversas: material de archivo tanto de la prensa como de la policía, fotografías aéreas tomadas por las autoridades para ubicar los cultivos y planear las campañas de erradicación, y la información obtenida a partir del recorrido por zonas destinadas al cultivo de la amapola. La obra es una instalación constituida por cinco elementos escultóricos diseminados en un amplio espacio en penumbra. Cada uno de ellos constituye una réplica de grandes rocas construidas en plomo, pero al acercarse y tomar contacto con estas formas rocosas que aluden a territorios, a particularidades topográficas, descubrimos sobre ellas una serie de miniaturas. Cada piedra introduce al espectador en una realidad que no le es familiar, que le inquieta y le propone la experiencia de observar estos lugares como si estuviera viéndolos desde el aire. Campesinos, animales, bosques destruidos, cadáveres, herramientas de labranza, son parte de las situaciones que se recrean con las miniaturas. No es un relato previsible, hay economía de información y los objetos, que deben ser descubiertos, se cargan de sentido simbólico. El contraste de escala le da mayor posibilidad de lectura a la obra.

Tres elementos son trabajados con especial detenimiento: espacio, color y luz. La distribución de las rocas en el espacio está hecha de tal forma que sin perder la relación entre ellas, mantienen su especificidad, mostrando la extensión del problema, pues si en todas ellas el tema es el mismo, las implicaciones de los cultivos de amapola, geográficamente aluden a distancia, a falta de comunicación, frente a una realidad que se expande a lo largo de todo el país.
En lo que respecta al color, el material escogido logra a la vez distanciar y acercar, la monocromía evita caer en relatos predecibles, sin perder además de vista toda la carga simbólica que un metal como el plomo tiene en un entorno donde prima la violencia.
El uso de una fuerte luz cenital y otras laterales define el espacio entre las rocas, funcionando como área de transición entre una y otra, delinea las figuras e invita a un silencioso recorrido. Las áreas no iluminadas operan como nexo, enfatizando las particularidades de cada situación al pasar de un lugar a otro; parecería que entre una realidad rural y otra no hay relación, cada grupo de campesinos está trabajando desde su territorio aislado.
Los dos mundos que Herrán presenta, el del campesino que siembra y el de la autoridad que fumiga para acabar con los cultivos, resultan más inquietantes porque se perciben como mundos paralelos, se miran pero no dialogan, cada uno funciona con su propia lógica. Nos enfrenta a la diversidad de puntos de vista haciendo complejo el problema que hay detrás de la disputa territorial, los cultivos ilícitos, la situación del campesino como sembrador de una planta satanizada; pero que para él es sólo un objeto de consumo que le permite subsistir, la represión de las autoridades.
El espectador no puede permanecer como mero observador pasivo, ya que Herrán logra que se perciba la enormidad del problema de una realidad desoladora, donde la destrucción es el componente diario. En su obra nos pone frente a las dos búsquedas que emprendió con su investigación, una orientada a mirar el problema de los cultivos ilícitos y sus implicaciones en la sociedad rural, es decir, indagando desde una perspectiva sociológica. Y por otra parte convierte esta experiencia en una búsqueda estética personal. En su Terra incógnita, ambos objetivos son ampliamente logrados.
IVONNE PINI
