La obra de Cristina Piffer, artista de formación ecléctica, surgió en el panorama del arte argentino contemporáneo en la segunda mitad de la década de 1990 y constituye un ejemplo de discurso —en el filo del fin de milenio y de comienzo del siguiente— que marca una intención de sustitución de determinados paradigmas tradicionales, no sólo del campo artístico, sino también del cultural en sentido amplio, a través de un lenguaje particular y contundente.
Aunque con diversas apariciones en exposiciones colectivas, incluso como representante de Argentina en la Bienal de Lima 2002, la muestra Entripados en la galería Luisa Pedrouzo en abril pasado fue, como culminación de un largo trabajo, la primera individual de Piffer.
Cada obra de la artista está conformada por la pieza terminada, pero además por el largo proceso de elaboración que se inicia con la elección del material esencial: materia orgánica: carne vacuna, vísceras, grasa. A las vigorosas connotaciones que ésta trae aparejada, se une el dato que por largo tiempo, con algunas mutaciones recientes, la carne y sus derivados han constituido la dieta básica de los argentinos. Su serie anterior llevó el título Perder la cabeza.
“Entripados” estuvo compuesta de dos conjuntos: el primero, cuyo elemento protagónico son tripas o intestino delgado vacuno, y el otro, en el cual lo es la grasa vacuna, bajo el especial formato de tapas de mesadas.
En la raíz de la serie Entripados subyacen estamentos del imaginario popular en más de un sentido. En la gastronomía autóctona tradicional los intestinos vacunos se trenzan para luego ser asados y comidos. Y de allí, siguiendo la línea del proyecto de Piffer, la analogía conduce a la idea de “trenzado”, que tradicionalmente ha sido considerada como labor femenina. Sin embargo, Piffer optó por una posición opuesta y en la tradición nacional existe el trenzado como oficio masculino: el del cuero crudo practicado por peones de campo. Ella construye sus piezas minuciosamente a través de esas instrucciones.
Pernos metálicos y frascos de vidrio de formas simples componen el resto de cada obra, pero el trenzado de chinchulines (acepción criolla para tripas) es finalmente sumergido en agua y así se presenta al espectador.

El otro grupo de obras tiene como elemento protagónico grasa vacuna, la cual, trabajada sobre mesas de acero inoxidable con diversas connotaciones, es grabada con incisiones legibles según la circunstancia.
Piffer opone al desborde de lo orgánico, formas frías de tipo racionalista, surgidas de la arquitectura funcionalista y del concretismo del siglo XX, revalorizadas tanto en ciertas tendencias artísticas de la década de 1990 como en el diseño ambiental actual.
El otro ingrediente fundamental utilizado por la artista para trabar sentido con los demás componentes de las obras son textos. En el primer caso son tomados de un libro de Mario López Osornio, Trenzas gauchas, instrucciones de trenzado, típico volumen de la bibliografía costumbrista autóctona argentina que se refiere a la artesanía del cuero crudo. Su autor, no el artesano sino su patrón, elaboró estas “simples instrucciones” en un lenguaje que, resignificación de Piffer mediante, en conjunción con sus elaborados objetos, hace emerger un denso sentido correspondiente al temperamento propio del inconsciente colectivo argentino subyacente desde el período de la construcción nacional en el siglo XIX.
En las mesadas los textos fueron tomados del relato de un sobreviviente de la batalla de Pago Largo, 1839, enfrentamiento entre un gobierno provincial y la Confederación. Frases tomadas de las narraciones de cuantiosos degüellos y muertes conforman el grabado en la lisa contextura lograda en el tratamiento de la grasa. Legibles en el dramatismo de cierta y determinada iluminación.
El clima de la galería fue tanto ascético como de apariencia aséptica. Privaba el no color. Los materiales “duros”: el acero inoxidable, los ganchos, los pernos funcionaban como testigos mudos. De manera paralela, yacía la materia orgánica en “potencial” quietud.
Esa tensión entre opuestos, clave de las obras de Piffer, se dirige como una daga a una temática que en la literatura argentina posee una tradición: la violencia. Sin embargo, ésta no ha tenido lugar por generación espontánea, sino que se ha nutrido de la historia misma desde los períodos de la organización nacional y de los “desequilibrios estructurales” del país que han tenido la consecuencia de “provocar la administración de la violencia”, en palabras de Juan José Saer, al ocuparse del tema. La mayoría de las veces, además, ha sido acompañada de autoritarismo, de manejo desorbitado del poder. Sus obras funcionan como emergentes simbólicos de un tácito cauce principal —singularmente violento— del ser argentino. Se trataría de elementos constitutivos de la historia e idiosincrasia argentinas, tanto en el pasado remoto como en el reciente. En la tradición plástica, sin embargo, su presencia ha sido más esporádica, despareja. Piffer levanta una construcción ética. En el conjunto de sus metáforas la violencia se ubica en ese laboratorio de pruebas que es la carne misma, el cuerpo, protagonista a menudo olvidado o ultrajado. Cuerpo como contrapartida de la razón en la tradición occidental. Y las entrañas invisibles son las que finalmente digieren la realidad al alcance.
MERCEDES CASANEGRA
