¿Quién eres?
¿Qué es un ser humano?
¿No es injusto que la vida tenga que acabarse alguna vez?
¿Habrá alguna vida más allá de la muerte?
¿De dónde viene el mundo?
¿Cómo debemos vivir?
Uno de los viejos filósofos griegos pensaba que la filosofía surgió debido al asombro de los seres humanos. Y esa capacidad de asombro es lo único que se necesita para ser un buen filósofo. Los niños continuamente se asombran por lo que les rodea pero, según se van habituando al mundo y se convierten en adultos, todo les parece normal y dejan de asombrarse. Estas ideas han sido tomadas de El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, pero las extraje a propósito de la última exposición de Carlos Estévez pues, si como dice Gaarder, “la mejor manera de aproximarse a la filosofía es plantear algunas preguntas filosóficas”, Estévez parece pretender hacer filosofía desde sus dibujos: todos ellos son un enigma… todos sugieren múltiples interrogantes… todos reflejan el asombro del artista ante la vida, las otras personas, la sociedad en que vive… el mundo.
Hace diez años Estévez me regaló a mi perra Naná. Y yo fuí quien se asombró cuando le oí decirme: “Al menos te servirá para darle patadas cuando te sientas rabiosa por algo”. Jamás lo he hecho, pero me dejó intrigada sobre la opinión que tendría de los otros seres humanos, alguien que se expresaba así. Lo más curioso es que es un hombre joven, que casi no habla, cuando lo hace es en voz baja, y ofrece la apariencia de un individuo en extremo mesurado, que podría resultar incluso dulce. Quizá por esto, el cariz poético que muchas personas ven en sus dibujos sea un aspecto discutible.

Cuando ha hecho esculturas o instalaciones, aunque siempre ha reflejado esas inquietudes acerca de la existencia humana, han sido piezas fuertes, sólidas, formalmente más “contundentes”, por llamarles de algún modo. Sin embargo, siempre sus dibujos —en esta ocasión resueltos en técnica mixta sobre cartulinas negras de gran formato—, son delicados y de apariencia frágil. Esta vez, la mayoría son trazados en líneas blancas, entrelazadas como en una tela de araña que, aparte de hacerles visualmente atractivos, les dan un aspecto casi etéreo.
El alma es un lugar título la muestra y, al igual que en ésta, otras piezas al estilo de Teatro personal, La carrera de la vida, La voluntad individual y el destino colectivo, entre otras, más que preguntas son sus respuestas, sus propias conclusiones, donde hay una mezcla de sarcasmo, amargura, escepticismo. Todas las marionetas dibujadas por Estévez parecen encontrar las respuestas positivas sólo dentro de sí, en obras al estilo de El pensamiento y otras levitaciones, Yo soy mi casa, Un lugar seguro para descansar… que se refieren más a la patria, la familia y a su sentido de pertenencia a sí mismo, en tanto ser individual, que trata no sólo de comprender al mundo que le rodea, sino a su propio yo.
Ésta como otras exposiciones de Estévez, está compuesta de obras de marcado carácter simbólico. Por ello ningún elemento sobra, aun las piezas más “recargadas”, visualmente hablando, están preñadas de sentido, y éste siempre se encamina al ámbito de lo cognoscitivo. Pero, básicamente, el interés del artista se centra, por un lado, en el conocimiento de la historia y, de otro, en una especie de reelaboración personal del papel jugado por las existencias individuales dentro de los macro relatos históricos.
De la misma forma que procede con la historia lo hace con la religión, porque aunque de todo su trabajo emana un hálito místico, es también un muy personal acercamiento al mundo de lo divino: más que el éxtasis o arrebato por un Creador, lo que parece subyacer en él es más bien una curiosidad extrema por lo inexplicable y lo indescifrable, por todos los misterios del Universo. Sea por la razón que sea, lo cierto es que Estévez es un dibujante excelente, que factura con un atractivo que atrae a públicos muy disímiles.
ERENA HERNÁNDEZ
