Exposición Individualoct 2002 - dic 2002· Por Christine Frèrot

Arthur Luiz Piza

Centro Cultural Calouste Gulbenkian

En una pequeña pero muy exitosa exposición, limitada tanto en volumen como en espacio, Arthur Luiz Piza presentó una trayectoria racional que da cuenta de la transformación plástica y espacial de su trabajo en el transcurso de los últimos 40 años. La galería de exposiciones del Centro Cultural Calouste Gulbenkian de París hace parte, desde 1965, de la fundación del mismo nombre creada en Lisboa en 1956, la cual cuenta igualmente con una representación en Londres. La FCG es una fundación privada que desarrolla, tanto en Portugal como en el extranjero, una vasta actividad en los campos de la beneficencia, las artes, la educación y la ciencia.

La exposición presentada en París (alrededor de 40 obras), titulada Del collage al movimiento, constituyó un anticipo de la gran retrospectiva consagrada al artista que será exhibida en el mes de agosto, en la Pinacoteca del Estado de São Paulo, antes de ser presentada en Porto Alegre. La trayectoria de Piza en Europa es idéntica y al mismo tiempo diferente de la de otros artistas de su generación que viajaron a Francia a principios de la década de 1950. Similar, puesto que el artista llega a París, al igual que los demás, sin un proyecto preciso, como no sea el de trabajar el grabado en el taller de S. W. Friedlander. También por esa misma época comienza a desarrollar el collage. Diferente, puesto que, con base en el trabajo del papel, del color fluido y del cuestionamiento poético del espacio, Piza construyó un enfoque singular que no se relaciona, en el plano estilístico, con ninguna escuela. Existen sin duda algunas afinidades, pero ante todo, una gran libertad y un sutil deseo pictórico insuflados por su sensibilidad a los materiales. Su atracción inicial por el surrealismo resulta sin embargo visible en algunas de las obras matéricas que hacen parte de su primera serie importante de la década de 1960.

Los primeros collages de esta época proponen formas geométricas, voluntariamente informales, compuestas de pequeños fragmentos de cartón de diferentes tamaños, pegados generalmente “tono sobre tono”. La parte del collage que queda libre está constituida de madera tallada trabajada con color, o bien el lienzo permanece liso. En la mayoría de los casos, la utilización de un color idéntico o de la misma gama prolonga el impacto plástico de la forma dibujada por el collage de cartones. El contraste de colores es pues escaso en esta especie de “paisajes” semejantes a “pieles” de tonos apagados, donde predominan los ocres, rojos y bronces. La unidad cromática entre el fondo y la forma refleja una fusión espacial de igual intensidad. La dimensión constructiva del artista que aparece en estas obras está impregnada de una sensación táctil (que podríamos asociar a una estética de los sentidos), lo que hace a la “geometría” de Piza “sensible“, como la describió con tanta propiedad el crítico brasileño Roberto Pontual. Variaciones con mayor o menor cantidad de material (arena y pegamento) nos recuerdan ciertos Fautrier de la época, así como sus “paisajes” evocan el estilo del mexicano Gunther Gerszo y sus misteriosas arquitecturas-ruinas.

Exposición Individual: Arthur Luiz Piza — imagen 1
Arthur Luiz Piza. Relieve de acuarela sobre papel, 1998. 25 x 16 cm. (9 3/4 x 6 1/5 pulgadas). Colección del artista.

Más adelante, la forma va a desintegrarse y la “construcción” obsesiva será reemplazada por una especie de “cartografía”, de “territorio” lleno de memorias donde ya no se sabe qué interesa más al artista, si los materiales o más bien la deconstrucción que opera al disociar las formas geométricas (pequeños rectángulos y cuadrados) unas de otras. En el collage más grande de esta serie subsiste aún la estructura de fina red en donde la superposición de minúsculas piezas recortadas evoca la lustrosa rugosidad de la piel de un reptil o la textura del pergamino.

En otro conjunto de la década de 1960, presente también en esta exposición, el “paisaje” se vuelve más y más relieve, entre collage y materiales diversos. Es en esta tercera gran serie de obras donde Piza acentúa aún más la tridimensionalidad de su objeto pictórico, despegando la forma de su soporte y aproximándose a una dimensión cinética más explícita. Pero en la obra del artista brasileño se conserva una levedad, una transparencia que se acentúa mediante la utilización de la acuarela, la cual impregna muy sutilmente el cartón levantado. Con este nuevo gesto, la sensibilidad de Piza ajusta lo tangible, lo palpable, esa materialidad-desmaterializada, en una emoción estética en donde predominan los toques ligeros. El carácter cinético puede entonces parecer relativo. Existe desde luego movimiento en ciertos recortes de la década de 1990 (tiritas de cartón recortadas en forma de puntas de flecha), pero nos encontramos ante todo dentro de un juego sutil y refinado donde la forma brota del espacio con una tensión, una gestual delicada y sobria. Más que un movimiento, lo que tenemos es una “escritura”, una “caligrafía”, una especie de variación “musical” que sus primeros collages matéricos expresaban ya a través de materiales densos y colores opacos, aunque cálidos por lo fuertemente texturizados. Aquí lo que se impone es la suavidad del pastel, con incursiones rítmicas de azules, rojos y negros leves y etéreos.

Piza abandonó la “tierra” de sus primeros collages para hacerse cada vez más inmaterial, más etéreo. A la manera de un “Madi” algo soñador, la cuarta serie presenta sus últimos trabajos —cartón acuarelado recortado y puesto sobre papel grueso— que perpetúan su búsqueda sobre el color y el espacio. Estas “construcciones” delicadas, desprendidas de su soporte, vibran en un movimiento detenido. Para terminar, las dos últimas obras de 1995 y 2000 exaltan, en su desprendimiento del soporte, las laceraciones que el artista transforma en surgimiento espontáneo. Cuando recorta el cartón, cuando lo tuerce o lo dobla, es para domeñarlo cada vez más en su desafío al espacio. El movimiento está presente, captado en toda su inmediatez y pureza. En las obras de Piza, el espacio tiene una dimensión de infinito donde la construcción no es más que una etapa, el efímero paso hacia una poesía intemporal.

CHRISTINE FRÉROT

Arthur Luiz Piza, por Christine Frèrot | artnexus