El Museo Arturo Michelena ha organizado una muestra antológica de Ángel Luque, artista de origen español que vivió en Venezuela entre finales de la década de 1950 y la primera mitad de la de 1960. La exposición, montada con sobriedad e inteligencia, reúne un conjunto de 26 pinturas, dibujos y grabados realizados durante este período. La propuesta fue coordinada por Douglas Monroy, contando con la museografía de Francisco da Antonio y texto de Beatriz Sogbe. Se trata de un esfuerzo encomiable que ha permitido presentar al público la indiscutible y rotunda singularidad de este artista.
Pintor, dibujante y diseñador, Luque llega a Venezuela en 1956 junto a su amigo Gabriel Morera, insertándose en el convulsionado panorama cultural y político que abarca los últimos años del régimen perejimenista y los primeros de la democracia. Es una época de confrontación, de conflictos, de violencia, que tiene una profunda repercusión en el campo artístico, escenario donde se confrontan casi simultáneamente las corrientes abstractas, constructivas, informalistas y neofigurativas. Una etapa en la cual se discute sobre el papel del arte en la sociedad: de un lado están quienes consideran la superioridad del hecho estético por encima de las circunstancias políticas; del otro se encuentran aquellos que, como Luque, postulan un arte de compromiso social, concebido como medio de transformación de la sociedad.
Toda esta conflictividad va a estar presente en la personalidad y la obra de Ángel Luque, quien se vincula a los sectores más radicales de la izquierda cultural venezolana, al tiempo que su obra plástica alcanza una notable repercusión en los medios artísticos nacionales. Su trabajo pictórico oscila entre lo figurativo, lo abstracto y, ocasionalmente, lo informal, combinando elementos que tienden a la esquematización de la forma y empleando soluciones de gran vigor cromático que exploran el universo intuitivo. Ejemplo de ello es Poniéndole color (1956), un gouache sobre papel donde prevalece la composición simétrica, la simplificación de la forma y el uso de colores puros, pero aplicados sin violencia.

Su producción dibujística y gráfica —el núcleo mejor representado en esta muestra— es de carácter expresionista, distinguiéndose por el desgarramiento, el trazo incisivo y la deformación caricaturesca. Obras como Doña fulana (1961) y Don fulano (1961) combinan el candor y la agresividad, aprovechando las connotaciones ingenuas del arte infantil y el “brutalismo” a la manera de Dubuffet. La violencia “ingenua” de estos trabajos contrasta con la serie de criaturas y personajes fantásticos, relevando una faceta algo más lírica y espontánea, como sucede en Bicho (1962). Pero los motivos que atraen a Luque son diversos: en Manifestante 64 (1964) y Protesta 65 (1965) el artista se interesa por las convulsiones sociales, mientras en Novio y TV (1965) y ¡Qué fastidio! (1965) centra su atención en la frivolización de las relaciones humanas en la sociedad de consumo.
Durante casi una década de permanencia en el país, Luque realizó varias muestras individuales en algunos de los espacios expositivos de mayor importancia, como el Museo de Bellas Artes de Caracas y la Fundación Eugenio Mendoza. También fue miembro de El Techo de la Ballena, agrupación artístico literaria fundada en 1961 que reunió a pintores, críticos y escritores de la talla de Carlos Contramaestre, Juan Calzadilla, Perán Erminy, Edmundo Aray, Adriano González León, Salvador Garmendia y otros. Como miembro de este colectivo, Luque participó en varias muestras e hizo labores de diagramación.
Al abandonar el país en 1967, luego de ser encarcelado por su participación en el secuestro del segundo jefe de la Misión Militar estadounidense en Venezuela, Luque dejó tras de sí una trayectoria artística marcada por la inconformidad y el compromiso con la praxis redentora. Sus intereses plásticos se desplazan entre diferentes tópicos, aunque casi todos de una profunda connotación existencial. Como muchos artistas ibéricos (Gabriel Morera, Antonio Moya, José María Cruxent) que por esta época arribaron a territorio venezolano, Luque trajo al país la pulsión renovadora y militante de corrientes foráneas como El paso.
De ahí la pertinencia de la muestra que comentamos, pues en ella se sintetizan la excelencia plástica y las preocupaciones sociales del artista. “Vivir es urgente”: ésa es la premisa que domina la actividad de este creador; desde el orden geometrizante de las pinturas, hasta los intrincados trazos de sus dibujos; desde los personajes fantásticos, hasta las criaturas indiferentes que se reúnen ante la televisión o se dejan seducir por el consumo. “Luque —escribe Beatriz Sogbe en el catálogo de la exposición— vino, vivió y se fue. Sus dibujos y su obra de pintor dejaron una huella”.
FÉLIX SUAZO
