Exposición Individualoct 2002 - dic 2002· Por Naief Yehya

Alfredo de Stefano

Centro de la Imagen

El estado natural de prácticamente cualquier habitante de una urbe es la incesante y continua estimulación sensorial. Ruidos, voces, imágenes y toda clase de espectros mediáticos invaden todo resquicio y momento de nuestra existencia y de esa manera embotan nuestra sensibilidad ante el paso del tiempo y su marcha discontinua, como señaló Gillo Dorfles. La “pérdida del intervalo”, entendida como la desaparición de la necesaria pausa entre diversas manifestaciones expresivas, es una de las características determinantes de la cultura de las últimas cinco décadas. Por eso nada parece más ajeno a nuestra experiencia cotidiana que un espacio dominado por el silencio y por un paisaje definido por la ausencia. Nada puede intimidar más a un morador de la urbe que un ámbito infértil, incivilizado, árido, hostil y pavorosamente silencioso como el desierto. El desierto es el espacio en el que uno se busca a sí mismo, en donde se persigue la iluminación o al que se le explotan sin miramiento sus magros, pero a veces altamente redituables, recursos. Pero más que nada, el desierto está configurado en la imaginación como un espacio de aventura y de supervivencia.

El fotógrafo Alfredo di Stefano se ha dedicado desde hace más de una década a reflexionar sobre el tema del desierto, sobre su mitología y los conceptos con que se le asocia, como el vacío y la ausencia de cronoestesia. Pero más allá de únicamente capturar con su cámara el esplendor desolador de los desiertos del norte de México, el artista interviene con el paisaje al establecer un diálogo a través de símbolos, desgarraduras, palabras y dibujos que aparecen en su trabajo como fantasmas y metafóricas huellas del paso del hombre. En su más reciente exposición, Habitar el vacío (Replenishing Emptiness) en el Centro de la Imagen, De Stéfano ha incluido, aparte de una serie de fotografías a todo color —hasta ahora su trabajo había sido principalmente monocromático—, instalaciones, vídeos y un pequeño vehículo robot, el Treefinder. En esta ocasión, a diferencia de sus anteriores exposiciones, Di Stefano interviene directamente con el paisaje al manipular el medio, ya sea al crear un círculo con grandes bloques de hielo (Círculo polar en el desierto) o al trazar una línea en el suelo con vértebras fosilizadas de dinosaurio (La columna).

Di Stefano monta escenas o escenarios con una variedad de elementos tanto naturales como manufacturados. De esta manera, en medio de la vastedad agobiante e impersonal del desierto aparecen espacios íntimos o ámbitos seudo rituales, algunos de los cuales son metáforas de la dolorosa desertificación del planeta, causada por el hombre, y otros que funcionan como alusiones irónicas a nuestra relación con el desierto. Varias instalaciones de Di Stefano tienen por tema el paso del tiempo, como El Calendario, que podría ser un oscuro sistema para contabilizar el tiempo, o bien el círculo de hielo y el Círculo de fuego en el desierto, los cuales podrían tener connotaciones místicas, o más evidentemente, Tiempo humano, en donde un viejo reloj yace en medio de la aridez. Di Stefano también evoca el paso del tiempo al sembrar en el desierto señales de ficticias religiones olvidadas y rastros seudo arqueológicos de cultos solares perdidos, como El sol, formado de círculos concéntricos de piedras que podría evocar a un Nazca en miniatura y aquel círculo hecho con fémures y tibias de dinosaurio que hace pensar en Stonehenge. Pero así como Di Stefano explora la esencia de la religiosidad, como una comunión con los elementos o re-ligación con lo divino, su trabajo es también por momentos lúdico, como cuando crea una fauna fantástica sobre la arena, al estilo de su Ciempiés de palos, el Gusano de discos de madera o el cuarteto de aves disecadas suspendidas en un vuelo inmóvil, en Pájaros.

Exposición Individual: Alfredo de Stefano — imagen 1
Alfredo di Stefano. Círculo polar en el desierto, 1999. Impresión cromogénea. 103 x 127 cm. (40 1/2 x 50 pulgadas).

En ocasiones, la manipulación del paisaje es más geométrica que ideológica, como en el caso de La línea, en donde un palo clavado en el piso sirve para acentuar la aplastante horizontalidad del paisaje. Así mismo, ciertos elementos tienen la función de recrear el fenómeno del espejismo, ya sea en su vertiente más literal, como en Espejismos, donde cuatro espejos circulares en el suelo reflejan el intenso azul celeste del cielo; o bien al afectar nuestra noción de la escala de lo que vemos, como en Escaleras al cielo, donde seis escaleras hechas a mano por los indios tarahumaras parecen, en efecto, alcanzar el cielo.

Si bien algunas piezas de Di Stefano tienen elementos ecológicos, la obra va más allá del lamento o la denuncia por la depredación del hombre. El artista hace intervenir elementos de paleontología, biología y arqueología en su trabajo y su interés a veces radica más en la evolución que en la preservación. Además, si bien el desierto aparece como un ecosistema delicado y amenazado, a la vez se le muestra como un medio inclemente y feroz, como en Desierto espinado. El artista trata de mostrar cómo el desierto, un espacio de privación sensorial por excelencia, es capaz de llevarnos de la contemplación a la alucinación, del azoro al pánico y del éxtasis al delirio.

Di Stefano se define a sí mismo como fotógrafo antes que nada, por lo que sus instalaciones en la galería —el gusano y las escaleras— tienen como función llevar un poco de ese desierto a la urbe para insistir en la idea de que el desierto avanza sobre nosotros al mismo tiempo en que nosotros avanzamos sobre él. Finalmente, Di Stefano ha ideado el Treefinder, un pequeño vehículo que parafrasea al Pathfinder enviado a Marte y que está equipado con una cámara de vídeo. Este artefacto es parte de un proyecto en desarrollo que, eventualmente, podría consistir de una flotilla de Treefinders dispersos por los desiertos del mundo, que enviarían continuamente imágenes por satélite de su búsqueda de árboles y señales de vida, para ser difundidas por internet.

Técnicamente, el trabajo de Di Stefano es espectacular. Sorprende la manera en que capta diferentes intensidades luminosas y crea una fabulosa paleta de tonalidades celestes. Sus fotos alcanzan tanto un dramatismo fascinante, como en El Costillar, así como el humor negro de La manguera del agua que se fue. Sus fotos son un registro apabullante de las variantes de la arena, la tierra árida y la topografía desértica. No obstante su manipulación del medio es por supuesto provocadora, ya que, en cierta forma, al intervenir se puede decir que Di Stefano viola el propio espacio y desvía la atención de las propias señales de vida a las que rinde tributo y celebra. Pero a la vez se puede argumentar que su intervención es tan sólo una evocación de la manera en que nuestros antepasados han dejado su huella, han transformado el medio para sobrevivir y han moldeado eso que hoy conocemos como la cultura.

NAIEF YEHYA

Alfredo de Stefano, por Naief Yehya | artnexus