Exposición Individualjul 2002 - sept 2002· Por Joel Weinstein

Rubén Torres Llorca

Locust Projects


Era fácil ver por qué el Locust invitó a un artista de la talla de Torres Llorca a su cerrado reducto. Lo que había allí para Torres Llorca era un poco vago; no porque se haya considerado alguna vez por encima de una exposición, o que no haya querido exhibir en espacios alternativos. En el pasado, él ha demostrado una intensa vena democrática en Cuba, en la década de 1980, cuando esas cosa importaban y, de todos modos, el candoroso escenario artístico de Miami, con su dinámico espíritu, es todavía un poco promiscuo en cuestiones de quién expone dónde.

Exposición Individual: Rubén Torres Llorca — imagen 1
Rubén Torres Llorca. Tan callado aquí dentro, 2002. Instalación, fotografía, papel de trazar y dibujos de pluma y tinta.

Más bien, las obras de Torres Llorca estaban literalmente envueltas en niebla, debido a que había cubierto la mayoría de las instantáneas con un material translúcido o, en unos pocos casos, había superpuesto dibujos sobre ellas.

Torres Llorca ha sido siempre un maestro de la provocación conceptual, colocando citas encontradas y a veces mordazmente alteradas o frases ambiguas escuchadas furtivamente, sobre pequeños tableros y arreglando estos sencillos pero inevitablemente ofensivos fragmentos en medio de juguetes, figurillas, medallones y otras baratijas de apariencia inofensiva. Una pieza de propiedad del Museo de Arte de Miami History Will Teach Us Nothing consiste en dos filas de diminutas sillas escolares colocadas frente a una serie de tableros colgados de la pared, sobre los cuales se leen aparentes citas de grandes artistas fallecidos que en vida se quejaron amargamente de su miserable suerte.

Sus dibujos son tan elementales como ilustraciones de elíxir de finales del siglo XIX y parecen haber sido moldeadas directamente sobre anuncios de remedios para el dolor de muela, bragueros para hernias, herramientas comunes y lencería. Estas obras tienen un aire de nostálgico y melancólico ingenio y se nota el afecto del artista por los caprichos del idioma, y es siempre un poco difícil determinar con exactitud qué quieren decir. Pero, ¡cuidado! A menudo son tan agradables como una puñalada. Las nuevas obras de Torres Llorca Si pierdo la memoria qué pureza, You Don't Know my Heroes, y So Quiet in Here eran de las más familiares, aunque también las más desconcertantes. La más larga y pesada, So Quiet in Here, estaba hecha principalmente de fotografías de lo que parecían ser detalles de varias obras de arte en el estudio, alternadas con líneas de un poema que empieza "Tan tranquilo aquí", y tomas de una cafetera de las que se colocan sobre la estufa, un escritorio en desorden, gabinetes repletos de baratijas del artista, manos que ofrecen puñados de dólares, el ignominioso momento de un fugitivo en el noticiero de las cinco y aparentes estudios casuales de los brillantes y algodonosos cielos de Florida. Ésta fue, a las claras, una obsesiva reflexión del artista sobre lo que ha hecho últimamente y lo que ocurrió mientras él estaba jugueteando con sus pulgares, y un ¡hurra por eso! Como dicen, la vida sin examinar no vale la pena vivirla.

El cliché no es probablemente más falso que el tipo de recíproca que el artista podría presentar no vale la pena examinar una vida no vivida y, además, siendo Torres Llorca quien es, lo obvio era quizás sólo una parte mínima y relativamente nada importante de la historia, si es que lo era.

Un examen más detallado de So Quiet in Here revelaba arreglos de puntos en muchas de las fotografías: Braille, sin duda, pues en la otra sala presentó una hoja en este lenguaje para ciegos. Si uno se tomaba el trabajo de interpretarlo, lo que encontraba no eran palabras, sino una sucesión alfabética de letras en minúscula a, b, c, d, etcétera a modo de notas de pie de página. El arte visual como texto comentado. Lo metafórico cediéndole el paso a lo didáctico. Pero era un didacticismo cuyas lecciones se desperdiciaron con todos, menos con el artista. Para el espectador, los puntos eran en últimas sólo una pulsación visual en las fotografías. Entonces, en otro nivel, Si pierdo la memoria qué pureza, se trataba del lenguaje y sus confusiones, y, en especial, de la traducción, uno de los grandes intereses de Torres Llorca, de quien se sabe que envuelve con minuciosidad modelos de manos y orejas en trozos de textos cortados al azar de la prensa diaria. Éstas fueron algunas de las cosas que cualquier asiduo visitante de galerías podría deducir. La exposición fue, a juzgar por sus imágenes y estratagemas, un tratado sobre la vida de un artista, un hombre calmado, amante del café expreso, tentado por el dinero, distraído, como todos nosotros, por el falso drama de la televisión, soñador de imposibles. La translucidez de las fotografías hacía que incluso sus irregulares y desconcertantes frases se vieran borrosas, permitiéndole tal vez a Torres Llorca un cierto distanciamiento para juzgarlas de nuevo, y, al espectador, ver sus bellezas puramente formales, a veces barrocas.

Pero es importante no confundir al hombre privado, incluso al artista privado, con sus artefactos. Conocer unos cuantos secretos acerca de este trabajo es experimentarlo de manera diferente, pues tiene menos que ver con las fibras del corazón y más con una inteligencia contundente.

El poema había aparecido antes, en una forma un poco diferente, en una obra que Torres Llorca creó en el Museo del Barrio de Manhattan en 1996, titulada también So Quiet in Here. La historia completa detrás de esa exposición es larga, complicada y muy conmovedora, pero se necesitan sólo unos pocos detalles para ver cuán profundamente reflexiva y llena de reproches era en el fondo la actual So Quiet in Here. La exposición anterior tenía que ver con una historia acerca de una familia de africanos exhibidos en un zoológico europeo del siglo XIX, y terminaba con las palabras "Tú no conoces mis dioses; no me conoces a mí". La historia era en gran parte cierta, sólo que Torres Llorca había inventado el final y éste aparecía únicamente en español, sin traducción. El artista dice que concibió esta versión sólo en español como una crítica del museo en el que apareció.

No es difícil entender el atractivo de esta historia para un exiliado en una tierra extraña, un intelectual en una sociedad de zoquetes, un artista en medio de filisteos. Pero retener información y luego hacer reclamos sobre una obra es un pequeño ardid, parte invención creativa, parte engaño que brinda satisfacción personal. Por supuesto, aunque su verdad literal puede estar abierta a interrogantes, es difícil negar su verdad subjetiva y metafórica. Ésta es la clase de paradoja que uno ve que Torres Llorca disfruta al máximo: en realidad, es el mismo tipo de paradoja que la obra quiere ilustrar, con lo cual se duplica su naturaleza paradójica y se ahonda su misterio.

La reaparición del poema en Si pierdo la memoria qué pureza ligó el nuevo proyecto al anterior, y todo esto implicaba lenguaje, memoria y otras inquietudes literarias. Las satisfacciones de una estrategia tan sutil deben ser escasas. Uno corre el riesgo de que se le malinterprete o que no se le entienda en absoluto, como ocurrió con los bantúes en Bruselas en 1879. Tal vez de eso se trata.

JOEL WEINSTEIN

Rubén Torres Llorca, por Joel Weinstein | artnexus