La exposición más reciente de Paula Santiago presenta fotografías, esculturas y dibujos impregnados de historias de desesperación, nostalgia y esperanza. Vibrando con la inmediatez de la sensibilidad de un cronista, el salón inaugural ofrece más de 20 aguadas sutiles sorprendentemente creadas con cera color hueso, sangre y cabello humano. Colocadas sobre pálidos papeles y sedas blancas, estas delicadas imágenes esbozan formas de seres vivos, protuberantes, escasamente visibles, que interpretan el cuerpo como un lugar tanto para el dolor como para el placer. La más fascinante es una serie de dibujos titulada colectivamente AMIC (2001), guardada en cajas de madera con tapa de vidrio colgadas en la pared. Sus materiales viscerales, sus formas orgánicas inventadas y sus textos narrativos desarrollan ritos femeninos de transición. AMIC, Number 3, por ejemplo, presenta un rizo de cabello sobre un papel circular colocado sobre seda pura de color marfil. Escrita con sangre seca color marrón, a lo largo de la parte inferior, está la palabra "matrimonio", haciendo alusión al cuerpo femenino y a las iniciaciones sexuales.

En el salón vecino se presenta una instalación de varios componentes titulada Self-Requiem (2001), cuyo tema fue inspirado por la reciente batalla de la artista contra el cáncer. Allí, 40 fotografías cuelgan de las cuatro paredes a nivel de los ojos, rodeando un montaje colocado en el centro. Haciendo las veces de un documento de su terrible experiencia, la escultura está construida con diapositivas de biopsias de cáncer unidas y colocadas en forma de crucifijos rotos. Pero, en lugar de estar escondidas, como lo están a menudo las reliquias religiosas, la moderna y curiosa escultura está abiertamente expuesta y rodeada de fotografías que detallan aún más su importancia. Aunque parecen pinturas abstractas, las fotografías son en realidad imágenes microscópicas de células tumorales humanas fotografiadas con filtros de colores. Al investigar el mundo microbiológico en términos poéticos, las fotografías hacen comentarios sobre la ironía que distingue a artistas y científicos, en el sentido de que los dos emplean imágenes para describir e interpretar la realidad, pero llegan a lecturas totalmente diferentes.
El clímax visual de la exposición se presenta en el gran salón del fondo, en donde se encuentran 23 esculturas de cera. Susurrando al mismo tiempo acerca de la sensualidad y lo efímero de la vida, estas obras evocan la vulnerabilidad de la carne, a la vez que expresan temas de renovación y esperanza. Sobre una de las paredes hay 12 esculturas de torsos en cera iluminadas desde atrás con luz eléctrica. Como velas en una iglesia a oscuras, parecen siniestras y benevolentes a la vez. Con colores que van del blanco puro al amarillo vainilla, cada torso tiene incrustaciones de piedras brillantes que sugieren al mismo tiempo puntos tumorales e insignias honoríficas.
El resto del salón presenta esculturas meticulosamente trabajadas que parecen vasos y partes del cuerpo. Septum, por ejemplo, es una estructura de un hueso pélvico moldeado en cera translúcida color hueso con vetas de sangre roja, en el cual se ha implantado un frasquito tal vez lleno de medicinas o hierbas curativas. De igual forma otras obras modelan sólidos y vacíos, empleando con sensibilidad luz y sombra y aludiendo metafóricamente a la precariedad de la existencia corporal. Al explorar las débiles relaciones entre naturaleza y tecnología, esperanza y racionalidad, lo impredecible y lo ordenado, estas obras conforman el clímax indiscutible de la exposición, planteando temas y problemas complejos. Al encarnar un sentido de dolor y placer, estas esculturas le dan un efecto de realismo a la frágil aunque vital naturaleza del cuerpo y su existencia.
